Singular partitura de notación enharmónica, de Luigi Rossolo (1913)
Singular partitura de notación enharmónica, de Luigi Rossolo (1913)
música

Futurismo musical: la cafeína sonora

La Fundación Juan March organiza desde esta semana un ciclo de tres conciertos dedicados al Futurismo musical, un movimiento que por primera vez elevó el ruido al mismo rango que el sonido

stefano russomanno
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No andaba descaminado Filippo Tommaso Marinetti cuando se definía a sí mismo como la «cafeína de Europa». Al alba del siglo XX, su gran invento –el Futurismo– pretendía despertar de su torpor al Viejo Continente con una mezcla descarada de provocación y agresividad. Si la finalidad del arte futurista era «electrizar» a la multitud, el medio más directo para conseguirlo era la bofetada (real o metafórica) al público.

Cuenta Marinetti que la idea del Futurismo surgió en él tras darse un tortazo al volante de su Isotta Fraschini, un coche de casi cien caballos de potencia. El episodio resume muchos de los valores que quedarían plasmados en el «Manifiesto del Futurismo» (1909), visionaria y estrambótica acta de nacimiento de un movimiento que pregonaba la audacia y la rebeldía, el culto a la velocidad y el gusto de vivir peligrosamente, junto a un deseo de lucha permanente en contra del pasado y de todo academicismo.

Para Marinetti y sus acólitos, no había poesía más alta que la de los tiempos presentes. Sus loas no se dirigían a la Naturaleza, sino a la ciudad, con sus paisajes de cemento y acero. Contraponían a la figura humana la fascinación por la máquina, con su corazón de pistones, sus arterias hechas de tuberías y su sangre de gasoil. En vez de recrearse en una actitud contemplativa, exaltaban el dinamismo de la acción y la velocidad.

Luigi Russolo la emprendió nada menos que con Beethoven

El Futurismo es, en un sentido tanto cronológico como espiritual, la madre de las vanguardias del siglo XX. Su credo se propagó a muchos países y contagió todos los campos artísticos. Si en poesía Marinetti declaró la guerra al claro de luna, en música Luigi Russolo la emprendió nada menos que con Beethoven, al que opuso la «nueva voluptuosidad acústica» del ruido: «Disfrutamos mucho más al combinar los ruidos de tranvías, motores de combustión y muchedumbres chillonas, que al escuchar otra vez la Heroica o la Pastoral».

Crujidores, zumbadores, susurradores

Para Russolo, el ruido era algo cercano a la vida, mientras que el sonido (demasiado musical, demasiado conocido, demasiado acotado en sus posibilidades) ya no brindaba al oído la misma sorpresa. Sería tarea del músico futurista sumergirse en la infinita y bulliciosa variedad de los ruidos («que nos llegan confusos e irregulares desde la confusión irregular de la vida») no para limitarse a imitarlos, sino para combinarlos siguiendo el dictado de su fantasía. A tal propósito, Russolo inventó los intonarumori, máquinas que producían una amplia gama de ruidos (silbadores, crujidores, susurradores, gritadores, zumbadores, rasgadores, aulladores… según su variopinta catalogación) y que empleaba en conciertos donde la cacofonía campaba a sus anchas.

También cuando utilizaban instrumentos tradicionales, los compositores futuristas tenían su propia cafeína: la disonancia feroz, las sonoridades inéditas, los ritmos frenéticos que repudiaban el lirismo y la turgencia de la tradición romántica. La música había de ponerse a la altura de la máquina, y así lo demuestran obras como Pacific 231 de Honegger, La fundición de acero de Mosolov, la Sonata «Muerte de las máquinas» de Antheil, o Suicidio en un avión de Orenstein. Eran los mismos años en los que Henry Cowell revolvía el piano y lo convertía en un arpa, George Antheil firmaba un «ballet mecánico» con hélices de avión, timbres eléctricos además de pianos y percusiones, y Edgard Varèse empleaba sirenas de bombero en Amériques.

Con motivo de la exposición dedicada al pintor Fortunato Depero, la Fundación Juan March organiza un ciclo de tres conciertos dedicados a la vertiente musical del futurismo. El primer programa, con la voz de Marta Infante y el acompañamiento al piano de Jorge Robaina, incluye canciones de Honegger, Britten, Eisler y Weill, pero sobre todo el muy poco conocido ciclo Tanka de Franco Casavola, entre los más tempranos y activos protagonistas del Futurismo musical italiano, al que se debe también uno de los primeros jingles radiofónicos (para Campari).

El futurismo pregonaba la audacia y la rebeldía, el culto a la velocidad

En el segundo concierto, Alberto Rosado interpretará obras pianísticas entre las más representativas de la estética futurista como las tres primeras sonatas de Antheil, o Suicide in an Airplane de Orenstein, junto a páginas de Cowell como Aeolian Harp o The Banshee, precursoras del piano preparado de Cage. El tercer programa, a cargo del Cuarteto Danel, se centrará en el área rusa con piezas de Mosolov (su inusitado e infrecuente Cuarteto de cuerda nº 1 es para no perdérselo), Roslavets (Cuarteto nº 3) y Shostakovich (Cuarteto nº 3). Serán conciertos, como deseaba Marinetti, con una buena dosis de cafeína sonora.