Raymond Carver junto a su segunda mujer, Tess Gallagher, a quien conoció en 1977
Raymond Carver junto a su segunda mujer, Tess Gallagher, a quien conoció en 1977
LIBROS

Raymond Carver, biografía fotográfica

Un escritor es también sus casas, los bares que frecuentó, los paisajes que habitó. Todos están en «Carver Country», biografía fotográfica que Bob Adelman dedica al maestro del cuento norteamericano. César Antonio Molina recorre su territorio

Actualizado:

Pocos meses antes de morir, Raymond Carver le enviaba una carta al fotógrafo Bob Adelman indicándole ciudades, paisajes, objetos y personajes que habían sido fundamentales en su vida y su obra para que los retratara y compusiera este álbum titulado «Carver Country». La prematura muerte del escritor dejó en manos de su segunda esposa, la poeta Tess Gallagher, la selección de versos y prosas que acompañan a las imágenes, o viceversa. Las fotos de Adelman van más allá de ser únicamente compañeras de los magníficos textos y adquieren por sí mismas un extraordinario valor artístico, sociológico, antropológico y biográfico del autor. También de Estados Unidos.

En la carta de Carver a Adelman, el escritor insistía en los espacios, objetos y personajes relacionados con su juventud en Yakima (Washington); pero tanto el fotógrafo como Tess Gallagher estuvieron de acuerdo en extenderlo geográficamente por el amplio y denso vía crucis que recorrió durante el medio siglo de su existencia. La extrema pobreza y el alcoholismo marcaron su vida. La única salida que tuvo para escapar de ambos fue la lectura y, sobre todo, la escritura.

Carver llama a su hija «borracha hermosa»

Carver nació en Clatskanie (Oregón) en 1938. Su padre era afilador de sierras en un aserradero. De ahí pasaron a Yakima y a Chester (California), donde, muy joven, él también comenzó a desempeñar ese oficio. En el poema «Wenas Ridge» cuenta sus inicios: «Las estaciones pasan. La memoria llamea. / Tres de nosotros, aquel otoño. Jóvenes bribones, / rateros de tienda, ladrones de tapacubos. /Memos. Dick Miller, ya muerto. / Lyle Rousseau, hijo del concesionario de la Ford. / Y yo, que acababa de preñar a una chica. / Cazamos urogallos hasta la caída / de aquella tarde dorada. Seguimos / el rastro de los ciervos, nos abrimos paso / entre la maleza, salvamos / troncos caídos. Alargamos la mano en busca de algo / a qué agarrarnos…».

¡Bellísima! Pero con ojos de tristeza

Con apenas veinte años, Carver tuvo que casarse en Yakima con una muchacha de dieciséis años y afrontar la paternidad de una hija, Christine, y al año siguiente la de su hijo Vance. A Christine, también adicta al alcohol, le escribirá uno de sus más grandes poemas: «[…] Llevas borracha tres días, me dices, / cuando sabes muy bien que la bebida es como un veneno / para nuestra familia. ¿No somos tu madre y yo ejemplo / suficiente? ¿Dos personas que se amaban / vapuleándose sin parar, / arruinando el amor que sentían el uno por el otro, / copa vacía tras copa vacía, / maldiciones y golpes e infidelidades? / […] / Tienes que rectificar. Te lo exijo. /Bueno, te lo digo. Ya sé, nuestra familia / no está hecha para acopiar / sino para dilapidar. Pero haz que cambie esto. / Debes hacerlo, simplemente. ¡Eso es todo! / Hija, no puedes beber. / La bebida te matará. Como acabó con tu madre, / y conmigo [...]». Carver llama a su hija «borracha hermosa». La foto de Adelman (1989) así lo confirma. ¡Bellísima! Pero con ojos de tristeza.

Los personajes de Carver son abejas que construyen un panal para otras

Durante su vida Carver recorrió un sinfín de pequeñas ciudades buscando empleo para mantener a su familia: Paradise, Chico, Eureka, Arcata, Palo Alto, Sacramento. California se convirtió en su principal estado anfitrión. Obrero, celador de hospital, recadero. Se inscribe en cursos de escritura y en la universidad. De la Estatal de Humboldt recibió la diplomatura en Humanidades. Se representan sus obras de teatro, publica poemas y relatos en revistas literarias, en algunas de las cuales trabajará (e incluso las dirigirá). Recibe becas, premios, y es contratado por algunas universidades como profesor. Participa en el taller de escritores de Iowa y en Berkeley trabajaba en la biblioteca.

Conoce a su futuro editor, Gordon Lish, sigue publicando en revistas y Martha Foley incluye su cuento «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?» en «Los mejores relatos norteamericanos» (1967). Redactor de libros de texto, en ese mismo año muere su padre y presenta su primera declaración de quiebra.

En 1968-69 publica su primer libro, el poemario «Cerca de Klamath», y su mujer es becada en Israel. Se van a Tel Aviv varios meses. Luego, de nuevo un peregrinaje por Hollywood, San José, Sunnyvale, Santa Cruz, Ben Lomond (todas localidades de California). Becado en Stanford y profesor invitado en Santa Bárbara en 1974 y 75, tuvo que dimitir debido al alcoholismo y los graves problemas familiares que arrastraba. Deja de escribir y se dedica a leer. Se separa en 1977 y conoce a Tess Gallagher en un congreso de escritores en Dallas.

Criaturas menores

A partir de este momento su vida cambia y se reparte entre las clases en universidades como las de Vermont, El Paso y Siracusa (Nueva York), las publicaciones en revistas y la aparición de sus títulos de narrativa más famosos: «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?», «Estaciones furiosas», «De qué hablamos cuando hablamos de amor» o «Catedral». Se traslada con Tess a Port Angeles (Washington) y viajan por Europa y América del Sur. Ya muy grave, Carver se casa con Tess en Reno. Fallece en 1988 en Port Angeles y es enterrado en el Ocean View Cemetery.

Carver no es tenebroso, sino que está repleto de humor e ironía

Moteles, bares, clubes, paisajes, calles, cabinas telefónicas, buzones, casas, fábricas, el Hospital Mercy de Sacramento (donde limpiaba la sala de autopsias), coches, porches e infinidad de retratos componen gráficamente este recorrido por el «territorio Carver». Un autor fundamentalmente autobiográfico, no solo porque habla mucho de sí mismo, sino porque también habla de las tristes, humildes y pobres vidas de tantos personajes anónimos que le rodearon. Héroes, parias y proletarios entre el campo y la ciudad; entre un mundo donde la presencia de la naturaleza aún es fundamental y la existencia agitada en las ciudades industrializadas que les hace perder sus raíces.

A pesar de lo que pueda parecer, Carver no es tenebroso, sino que está repleto de humor e ironía, de compasión hacia sus hermanos de infortunio. Criaturas menores en la historia de la literatura de su país, secundarios a quienes les ofrece la oportunidad de representar un papel protagonista. Carver, escritor del mundo real.

En una entrevista a «The Paris Review» comentaba: «A mí en absoluto me molesta la narrativa autobiográfica. Antes al contrario. ''En el camino''. Céline. Roth. El Lawrence Durrell de ''El cuarteto de Alejandría''. Y Hemingway en sus relatos de Nick Adams. Y Updike también…».

A punto de pagar todas las deudas

Carver era un gran lector. Su estudio lo presidía una foto de Chéjov. Tess Gallagher escribe que era extremadamente improbable que un escritor nacido en una familia en la que las novelas del Oeste de Zane Grey y los periódicos eran los únicos materiales de lectura llegara a influir tanto en la literatura universal como llegó a influir Carver. Sus personajes desheredados, desempleados, abandonados a su suerte, proletarios, eran muy americanos; de la América profunda. Coincidían con el mundo profundo de la pobreza universal. De ahí la identificación internacional con su obra. Una obra que habla de las clases bajas, pero que se escribe con un estilo original que lo aleja de los realismos y naturalismos del siglo XIX. Peluqueras, azafatas, leñadores, empleados de gasolineras, de talleres de coches, vendedores, camareras y un largo etcétera de seres esclavizados, condenados a labores monótonas, tristes, sin futuro. Abejas que construyen un panal para otras.

El retrato fotográfico de la vieja Ella Carver es de lo mejor del libro

Carver sabía que este camino implicaba un gran riesgo: el de mostrarse demasiado autobiográfico. Por ese motivo partía de una idea aportada por la realidad y le añadía un tanto por ciento mucho mayor de imaginación. Y su estilo estaba despojado de ornamentaciones, sin desvaríos, sin desvíos. Era tajante.

Los textos sobre su padre son magníficos; el dedicado a su madre, extraordinario. Además, el retrato fotográfico de la vieja Ella Carver es de lo mejor del libro, al igual que la misteriosa fachada de la casa donde habitó en Port Angeles. Ella se pasaba los días haciendo y deshaciendo maletas, cambiando de ciudad. Empezó a mudarse cuando su marido se quedó sin trabajo. Vendieron la casa y pasaron a vivir en diferentes lugares: apartamentos, «roulottes» y moteles, fundamentalmente del norte de California. Siempre de un sitio a otro y cada vez con menos pertenencias.

Al morir su marido, la madre continuó este peregrinaje sin meta. Llegó a cambiarse de alojamiento y ciudad hasta tres veces al año. Ese movimiento la hacía sentirse viva. A Carver, cuando estaba a punto de ser feliz, cuando estaba a punto de triunfar, cuando estaba a punto de pagar todas las deudas, le llegó la muerte. Sin suerte, como sus personajes, que no pueden engañar al destino.