Sociedad

Especies exóticas invasoras: «Alien» ya está dentro

Casi 200 animales y plantas se han introducido en España, amenazando nuestra biodiversidad y nuestra salud

alejandro carra - Actualizado: Guardado en: Sociedad

Las especies exóticas invasoras constituyen la segunda causa de pérdida de biodiversidad en el mundo después de la destrucción de hábitats. Y la primera en las islas, donde son culpables del 55% de la desaparición de los animales autóctonos. Desde que en 1993 la ONU llamó a evitar la introducción de especies fuera de sus ecosistemas naturales, el problema no ha hecho más que aumentar. De hecho, en Europa se ha duplicado su número en los últimos 40 años.

Laura Capdevila-Argüelles y Bernardo Zilletti, del Grupo de Especialistas en Invasiones Biológicas, ubicado en León, alertan de un peligro para el que «no estamos preparados» porque ya está dentro. «Especies exóticas que ahora no parecen tener impactos negativos apreciables podrían convertirse en invasoras con el tiempo si se producen condiciones favorables», explican los dos investigadores.

Por qué unas explotan demográficamente y otras no es una incógnita que tratan de despejar no pocos expertos en España. Daniel Sol, investigador del CSIC en el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF, por sus siglas en inglés), trabaja con modelos de probabilidad de riesgo de que un animal se convierta en invasor y lleva años estudiando las características de las especies que dan ese salto. «Lo normal -explica- es que los animales extraídos de su entorno y soltados en otro desconocido no sobrevivan a la competencia con los autóctonos. El cambio es demasiado dramático. Pero hay un reducido grupo que tienen éxito».

¿Cuál es la clave del triunfo de los invasores? «Hay varias hipótesis que explican ese éxito -continúa Daniel Sol-, pero ninguna resuelve la ecuación por sí sola. Nos encontramos con animales que son muy competitivos y desplazan a los nativos. Pero no en el caso de aves y mamíferos, para los que se impone la hipótesis de la oportunidad ecológica, que no es otra cosa que su capacidad para utilizar los recursos que hay en el nuevo entorno. El hombre, con su actividad, genera nichos ecológicos en los que se enquistan estas nuevas especies, bien por generalismo ecológico porque son capaces de alimentarse de gran variedad de recursos, bien por la plasticidad de su comportamiento, porque son más listas y desarrollan nuevas técnicas de alimentación que los autóctonos no han sabido».

La prevención, clave

Para evitar que esas especies potencialmente destructivas den el salto es fundamental trabajar la predicción y la prevención. Porque si algo sí está claro, es que cuando ha estallado, ya es imparable. Joan Pino, también del CREAF, es tajante. «Una vez que se han establecido con éxito, bajar su densidad es muy complicado. Ahí tenemos los casos de la caña vulgar, del ailanto, de la falsa acacia, del jacinto de agua o de la hierba de la pampa, que ya ni siquiera son controlables».

Para los legos, es inevitable pensar que tampoco debería ser tan malo que otras plantas o animales se instalen en nuestro territorio. Pero entre los doctos, no hay fisuras respecto al peligro de los «experimentos» con la biodiversidad. Daniel Sol explica que «especies que durante años no han dado problemas pueden empezar a causarlos, y graves, por eso es crucial tener preparados protocolos de riesgo». Y ahí están las enormes molestias que causan las cotorras argentinas o la introgresión genética que está causanso la malvasía americana al hibridarse con la europea y producir ejemplares estériles.

Competencia por los recursos

En el caso de las plantas, «las especies invasoras -retoma Joan Pino- compiten por los recursos con las nativas y las desplazan, o bien se establecen en áreas degradadas donde han desaparecido las autóctonas, impidiendo la recuperación del ecosistema original. Ahora mismo está pasando con una planta de uso paisajístico muy común, el aligustre, que produce millones de pequeños frutos que las aves esparcen y está colonizando el sotobosque natural de los encinares, desplazando al lentisco y a los madroños.

Pero los invasores no son solo un peligro para otras especies. También lo son para el hombre. Capdevilla-Argüelles y Zilleti advierten sobre su «riesgo sanitario, bien porque actúen como reservorio de patógenos o porque la especie es un patógeno en sí misma. Los mapaches, por ejemplo, son un vector importante de la rabia, la leptospirosis, la tularemia, la tuberculosis, la listeriosis y la encefalitis; y también pueden ser portadores de un nematodo intestinal que causa signos neurológicos y oculares graves».

Al mapache se le ve venir; a otros, menos. Es el caso de la ambrosía común, cuyo polen es altamente alergénico, o del perejil gigante, una planta que -advierte Joan Pino- ya se ha detectado en el Pirineo navarro y catalán y que es muy tóxica por contacto».

El mosquito tigre

Rubén Bueno, director nacional para España de la Asociación Europea de Control de Mosquitos, previene frente a otro «alien», el mosquito tigre, un artrópodo de dolorosa picadura que apareció en 2004. «Es oriundo de climas subtropicales y tropicales, pero ha sabido aclimatarse al Levante. Es tremendamente antropofílico, o lo que es lo mismo, le gustamos mucho, y por eso pone sus huevos en bebederos de animales, macetas, cubos... o cualquier otro recipiente de agua olvidada cerca de las casas, porque no le gusta alejarse de «su comida». Y las enfermedades que puede transmitir son del calibre del dengue hemorrágico, la fiebre amarilla, la filariasis y el chikungunya (una enfermedad vírica que provoca fiebre alta y fuertes dolores articulares). En Italia ya ha sido el causante de un brote de 300 casos. Pero lo peor de todo es que ya no se puede erradicar, debemos aprender a convivir con él». Con él, y con las casi 200 especies exóticas invasoras del catálogo del Ministerio de Medio Ambiente que ya están entre nosotros, esperando su momento.

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