Bob Dylan, el pasado sábado, en el concierto que ofreció en Barcelona; ayer no permitió la presencia de fotógrafos
Bob Dylan, el pasado sábado, en el concierto que ofreció en Barcelona; ayer no permitió la presencia de fotógrafos - abc

Bob Dylan, solo para creyentes

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Inevitablemente, ver a cualquier gran grupo o artista con una trayectoria larga y cuajada de muchas y buenas canciones supone un cierto grado de decepción. Siempre faltarán canciones favoritas, piezas que cada espectador considera absolutamente imprescindibles, clásicos sin los que más de uno se sentirá irremediablemente huérfano. Con Dylan, el asunto se agudiza hasta límites que serían insospechados si no fuera porque ya le vamos conociendo… Ciertamente, harían falta unas cuantas largas horas de concierto para obtener en sus directos un somero resumen de su inabarcable cancionero. Pero es que, además, a él le gusta ser particularmente esquivo y distante con sus seguidores, y eso suele suponer la elaboración de un repertorio imposible, en el que las canciones más clásicas brillan por su ausencia; una selección sin concesiones, hecha quién sabe si al gusto de su responsable, pero en absoluto al previsible gusto del respetable. Hágase la prueba: cítense las primeras veinte o treinta canciones que le vengan a uno a la cabeza. Ni una de ellas sonó en el Palacio de los Deportes. Bueno, quizá sí estaría en esa lista «Blowin´ in the Wind», para la que hubo que esperar al tiempo de las propinas, y que sonó en una irreconocible versión. Otra de las especialidades del de Duluth es esa de retorcer sus propias creaciones hasta convertirlas en algo que a la mayoría de los presentes les acaba resultando ajeno. O, en todo caso «Tangled Up in Blue», una de las joyas de «Blood on the tracks» (1975) que, hacia la mitad de la actuación, propició uno de las muy pocas ovaciones y en las que se atisbaba algún rastro de emoción.

No lo pone fácil Bob Dylan. Y ayer menos que nunca. El concierto comienza con la espléndida «Things have changed», que no es ni mucho menos uno de sus clásicos, pero sí una de sus canciones más conocidas de los últimos años. El sonido es impecable; Dylan está particularmente bien de voz y su magnética presencia en pie en medio del escenario, con las piernas abiertas en gesto algo chulesco y armado solamente con un micro completa un cuadro prometedor. Pero el asunto se va torciendo. Se suceden canciones de sus últimos discos, que no son las que ha forjado su leyenda.

El concierto empieza a discurrir -y ya no va a cambiar mucho- por cauces algo peligrosos. La banda suena excelsa, con particular protagonismo del fino y elegante guitarra solista. Las canciones no desarman, pero, por supuesto, funcionan. Todo es bonito y agradable. Todo es peligrosamente amable, un poco al modo en que Dylan ha hecho su último disco, esa colección de correctas pero innecesarias versiones de Frank Sinatra que ha enlatado en «Shadows in the night».

Que se puede hacer música poderosa, consistente, sublime y hermosa a años luz del aburrimiento lo sabe de sobra Bob Dylan, pero anoche los que lo hicieron fueron mucho más Los Lobos -magníficos- que el propio Dylan. Él canta y toca para sí mismo y, en todo caso, para la legión de creyentes que le siguen con fe inquebrantable.