España

No, en las cárceles no hay duchas colectivas y otros mitos de la vida en prisión

El mundo carcelario ha despertado siempre fascinación y curiosidad, pero también mitos y medias verdades que se mezclan en el imaginario colectivo, ¿cuál es la realidad?

Centro Penitenciario de Lledoners
Centro Penitenciario de Lledoners -  JOB VERMEULEN

Motines, fugas, leyendas o simplemente, su rutina. El mundo carcelario ha despertado siempre fascinación y curiosidad, pero también mitos y medias verdades que se mezclan en el imaginario colectivo. ¿Cuál es la realidad? Francisco Llamazares, funcioanrio de prisiones y secretario de Organización de la Asociación Profesional de Funcionarios de Prisiones (APFP), resuelve algunas de las más comunes.

En las cárceles siempre hay algún chivato:

Realidad. No son muchos y solo hablan con los funcionarios en beneficio propio o cuando peligra alguno de sus intereses. «Si su compañero de celda tiene droga o un teléfono móvil y el interno, que quizá está pendiente de un permiso, cree que puede verse implicado si hay un cacheo en la celda, lo más probable es que se acerque a un funcionario y se lo cuente para evitarse problemas», explica Llamazares.

Los funcionarios de prisiones llevan porras eléctricas u otras armas:

Mito. Nadie lleva ni porras eléctricas (que además están prohibidas), ni pistolas, ni navajas. Los funcionarios de prisiones, estén en patio, módulo u oficinas, llevan solo el uniforme. «Si tienes que actuar porque ves una pelea entre internos, hay que avisar a la Jefatura y solicitar las armas», cuenta Llamazares. En esos casos solo se entrega una porra de goma y unas esposas y, en ocasiones excepcionales, sprays.

Hay «presos de confianza» a los que los funcionarios les mandan tareas y recados:

Mito. En la actualidad esta figura ya no existe, aunque hace 30 años sí que era frecuente. «Cuando comencé a trabajar en prisiones hace 28 años, sí que había presos a los que se les pedían recados, como que fueran a por tabaco o a por un balón, pero hoy todo eso está regulado».

Hay presos que trabajan en la cocina, la lavandería, la biblioteca...

Realidad. Son los propios internos quienes solicitan el destino, explicando por qué lo quieren y sus cualidades. El Consejo de Dirección de la prisión estudia cada caso y lo aprueba o no.Está el destino de comedor, de televisión, de balones, de limpieza, de ordenanza cultural… No tienen remuneración económica, salvo el de cocina y economato, ya que requieren formación acreditada (como el certificado de manipulación de alimentos). En estos casos, se les da de alta en la Seguridad Social.

El lugar más peligroso de la cárcel son las duchas colectivas:

Mito. La razón es simple: no hay duchas colectivas y, en los raros casos en las que las prisiones españolas mantienen estas instalaciones prácticamente no se usan. Los presos suben a sus celdas a ducharse. Tampoco hay pastillas de jabón. Se utiliza gel.

Se castiga a los internos con el aislamiento:

Realidad, pero con matices. El aislamiento se utiliza solo en dos supuestos. El primero, cuando se requiere solventar de manera urgente un incidente. Por ejemplo, cuando dos internos del mismo módulo mantienen una riña y los funcionarios determinan que es necesario separarles durante un tiempo para que se tranquilicen. Como no es posible trasladarlos a otros módulos sin previo estudio y autorización del caso, se les manda a aislamiento como solución inmediata. Al día siguiente se determina si vuelven al módulo o se les traslada a otro.

El segundo supuesto en el que son enviados a aislamiento es previo parte disciplinario. El funcionario elabora un parte explicando la infracción del interno, a los días se le notifica al preso y este elige si quiere declarar por escrito o verbalmente ante la Junta. Tras la declaración, la Junta resuelve mandarlo o no a aislamiento.

Sin embargo, la «privación de paseo» es una de las sanciones más frecuentes, por la que el interno tiene que permanecer encerrado en su celda desde la hora de la comida hasta la cena.

Los internos construyen a escondidas armas afiladas o punzantes:

Realidad. En la jerga carcelaria se denominan «pinchos». «Todos los días se sacan pinchos, pinchos y más pinchos. Siempre han existido y siempre existirán. Es la misión del preso», cuenta Llamazares.

De pronto un día se registran todas las celdas por sorpresa:

Mito. Los cacheos y requisas se hacen todos los días, pero a unas pocas celdas y de forma aleatoria, mandada por el director del centro penitenciario o a raíz de una información proporcionada por un chivato. También se puede cachear a los internos por sorpresa cuando un funcionario sospecha algo, pero después siempre se debe hacer un informe y justificar la decisión.

Los presos hacen grupos en función de la nacionalidad:

Realidad, pero con matices. «Normalmente se juntan en el patio en función de la nacionalidad, pero eso no significa que no se hablen con el resto de compañeros. Ahora hay más mezcla». Según cuenta Llamazares, en los últimos años otro factor aglutinador es el barrio en el que han vivido. «Si se conocen de haber vivido en Vallecas, eso prima más que la nacionalidad», plasma el funcionario.

Hay trapicheos:

Realidad. «Los funcionarios sabemos que existen trapicheos, porque es ley de vida, pero no los vemos». Lo único que se percibe es un grupo de internos jugando a la oca, al parchís o al dominó. Pero entre ellos se acaban debiendo cosas, y no solo drogas: también se negocia con el tabaco, las tarjetas de teléfono [no hay dinero dentro de la cárcel, por lo que lo más parecido son las tarjetas de prepago, con dinero cargado para hacer llamadas] o incluso la limpieza de la celda o hacer la cama. «De ahí también vienen muchas veces los altercados entre internos», explica el funcionario.

Toda la actualidad en portada

comentarios