Menchu Gutiérrez, autora de «Siete pasos más tarde»
Menchu Gutiérrez, autora de «Siete pasos más tarde» - Amaya Orbegozo
LIBROS

Menchu Gutiérrez: «Unos días morimos de hartazgo de horas y otros de inanición»

En «Siete pasos más tarde» (Siruela), la escritora madrileña nos ofrece una luminosa indagación sobre el tiempo

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Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es una de las voces más personales de nuestra literatura. Poeta, novelista, ensayista y traductora, en su producción los géneros se difuminan en aras de una escritura exigente, de múltiples sugerencias. Como la propia autora señaló en cierta ocasión: «Todas las palabras están muertas y la tarea de escribir es la de despertar palabras a la vida». Ha publicado varios poemarios, entre otros, «El grillo, la luz y la novia», «De barro la memoria», y «La mordedura blanca» (Premio de Poesía Ricardo Molina, ), y novelas como «Basenji», «Viaje de estudios», «La tabla de las mareas», «La mujer ensimismada», junto a una biografía de san Juan de la Cruz -no es fortuito su interés por el gran escritor místico-, y el ensayo «Decir la nieve». A este género pertenece su último título, «Siete pasos más tarde» (Siruela), que encierra también mucho de poesía y narración, ofreciéndonos una luminosa indagación en la poética sobre las medidas del tiempo.

-¿Qué le impulsó a escribir «Siete pasos más tarde»?

-Yo creo que en gran medida el libro se pone en marcha por ese tiempo que crece dentro o fuera del tiempo, por el tiempo estancado, diluido, expandido, robado, ganado, perdido, por el décimo tercer mes del año o la esfera de un reloj sin agujas. ¿Qué es una fecha? ¿Qué es un aniversario? ¿Qué es la primavera? ¿Qué es un lunes o un domingo? ¿Una vez que los días encuentran acomodo en los cuadrados o los rectángulos de nuestras agendas, quién puede sacarlos de ahí? Como sucede con los animales criados en cautiverio, el tiempo del reloj y del calendario apenas sabe vivir fuera de su jaula. La poesía se encarga de ahondar en la naturaleza de esos barrotes.

-¿Su propósito es similar al de «Decir la nieve», en ese caso una exploración sobre ese fenómeno y ahora sobre el tiempo?

-Ambas obras comparten el interés por la metáfora: no sólo sobre lo qué se dice, sino sobre cómo se dice. En ese «cómo» se dicen la nieve o el tiempo hay muchos tesoros de sentido. Por otro lado, no se trata de obras de erudición, quiero pensar que estos libros son más bien invitaciones a compartir una experiencia.

-«El tiempo no es una línea recta sino más bien un laberinto», reflexión de Tomas Transtömer que recoge en su libro. ¿Cómo un laberinto lo definiría usted, o de qué manera?

-La experiencia del tiempo es un hechizo: a veces, lo que parece una línea se convierte en un laberinto, otras, lo que parece un laberinto adquiere una fisonomía amiga y otras, cualquier rasgo que pudiéramos otorgar al tiempo se desvanece. Escribía Pessoa sobre «la sucesión nunca igual de las horas iguales». La experiencia del tiempo no es el tiempo: unos días morimos de hartazgo de horas y otros de inanición.

«Las preguntas de la literatura son siempre las mismas. Son las de la vida»

-«El reloj del corazón es el reloj de los relojes», leemos también en su obra. Varias son las formas para medir el tiempo que analiza. ¿Cuál le resulta más asombrosa?

-Hay relojes sorprendentes en el color, en el sabor o el tacto. He querido escribir sobre ese tiempo que se cuenta sin necesidad de acudir al cómputo oficial de los relojes: en la ceniza, en la naftalina, en las arrugas; también, sobre la deuda que el sonido de la campana o el tambor guardan con ese tic tac inicial del corazón. O sobre el tiempo que se lee en un texto antiguo, en el lenguaje que también envejece. En este libro he intentado actuar como una especie de zahorí del tiempo.

-Asimismo, por sus páginas desfilan numerosos autores. ¿A cuál destacaría en relación con el asunto central de «Siete pasos más tarde»?

-El libro es una voz de voces. Hay un autor que cuenta el tiempo con la ayuda de una clepsidra, otro que elige un reloj de arena, otro que pisotea el reloj, otro que se ríe de él; hay autores a quienes el tic tac les produce taquicardia y otros a quienes ese mismo tic tac adormece, como una canción de cuna. Por otro lado, mi propia voz dialoga con la de todos ellos. Diría que no hay un centro, y que todas las metáforas responden a una experiencia profunda en la que no puede establecerse una jerarquía.

-La elección del número siete en el título, y en otros momentos -«el reloj, siete pupilas más tarde», «siete rosas más tarde», «siete tazas más tarde»…-, no es, evidentemente, casual…

-No, no es casual. Decía Sloterdijk que el calendario babilónico es el gran triunfador del tiempo, y que el mismo Dios de los judíos necesitó siete días para la Creación. Ese siete acaba introduciéndose en las medidas más insospechadas. En un poema de Paul Celan hay un verso que me impresiona muchísimo: «Siete rosas más tarde». Te invita a pensar en un tiempo que no se cuenta por días sino por rosas, en una semana de siete rosas, como si cada rosa fuera un sol que se levantara y se pusiera en el horizonte. La poesía inventa nuevas medidas de tiempo o de espacio-tiempo. Ese guion es la metáfora que actúa como pegamento de la poesía.

«Celan escribió ‘siete rosas más tarde’. La poesía inventa nuevas medidas de tiempo»

-Las referencias a la muerte surgen en diversos momentos. Muy curioso es, por ejemplo, cuando se nos cuenta esa especie de «muerte programada» a la que se sometían los monjes del budismo «shugendo». Al final, ¿es el tiempo el asesino de nuestra vida? Ya sabe usted lo que había escrito en un reloj que tenía Pío Baroja: «Todas hieren, la última mata».

-Para algunos el tiempo es una enfermedad mortal, para otros, como Marco Aurelio, la muerte es como el nacimiento de los dientes, el crecimiento de la barba o la eyaculación. Es decir que la muerte no tiene por qué contemplarse como un interruptor absoluto, y podría ser como el rellano de la escalera en el que se descansa para tomar impulso antes de iniciar una nueva metamorfosis.

Señala que san Juan de la Cruz, sobre quien ha escrito usted una biografía, encontró consuelo en su confinamiento en la experiencia poética. Y cómo, en «En busca del tiempo perdido», «el interés de la lectura, mágica como un sueño profundo», borra el reloj. «El poeta es un revolucionario que cuestiona las jerarquías oficiales del tiempo» o «solo la imaginación tiene el poder de darnos de alta del hospital que es la vida, de transformar el tiempo», apunta usted. ¿Es la literatura, la poesía, nuestra única defensa contra el tiempo y nos da otro más auténtico? ¿En este sentido, su última obra es también una reivindicación del poder creador?

-Yo creo que la literatura vive en una profunda ambigüedad: por una parte busca y por otra huye de lo mismo que está buscando. El poeta del silencio muere cantando.

-Usted vivió durante veinte años en un faro. Supongo que allí el tiempo se experimentaba de otra manera.

-He vivido en el faro a una velocidad vertiginosa y también he contado el tiempo con un exasperante cuentagotas, algo que también he experimentado en una habitación de hotel o en espacios muy diferentes, porque el reloj es un órgano invisible que llevamos alojado en nuestro interior y es sensible a multitud de cambios. Pero es verdad que el faro, ayuda a ampliar la mirada y a reconcentrarla a la vez, y que el tiempo interior se acompasa también, de forma inconsciente, a ese ritmo de destellos y ocultaciones de la luz de su linterna, que es otra clase de reloj.

«Vivimos instalados en una cacofonía permanente. El silencio es también pausa, un antídoto de la bacanal informativa que se apodera de todo»

-Y ahora reside en un caserón apartado, en un pueblo de Cantabria. ¿Cómo lo siente ahí?

-Mi casa no está llena de candelabros, ni el tiempo se mide en velas, pero, igual que sucedía en el faro, el material con el que está hecha una casa comunica algo a su interior, y la piedra parece empujar a una reflexión sobre el espejismo de lo duradero: las fechas que escribimos en piedra, los epitafios que se escriben en una lápida… como si lo que se inscribe en ella se contagiara de ese sueño de eternidad. Por otro lado, en el medio rural hay, sin duda, una invitación a afinar los sentidos, a prestar mayor atención a los distintos relojes de la naturaleza. Los gallos no compiten con el despertador.

-¿Qué le ha llevado a alejarse de «el mundanal ruido»? ¿Estar apartado favorece la creación, escuchar nuestra voz interior?

-Pues, precisamente, el ruido. Vivimos instalados en una cacofonía permanente. El silencio es también pausa, un antídoto de la bacanal informativa que se apodera de todo.

-¿Cuál es la chispa que motiva su escritura? Una imagen, una reflexión, un recuerdo…

-La verdad es que he empezado a escribir por cosas como las que me sugiere. A veces ha sido una imagen: como si debiera desentrañar lo que ésta lleva adherida de manera invisible. También una reflexión o un recuerdo: una puerta entreabierta o una habitación cerrada. Siempre realidades incompletas

-En su producción hay en general una puesta en cuestión de los géneros establecidos. ¿Cree que estos tienen mucho de artificial?

-Lo que escribo nace de una necesidad personal, nunca me he propuesto cuestionar la vitalidad de los géneros o ser original; por el contrario, siempre he creído que la originalidad surge cuando la única preocupación de un autor es escuchar el latido interno de su propia escritura. En cualquier caso, sí creo que vivimos en una superabundancia de fórmulas y de lugares comunes, que terminan en muchos casos por matar el valor de las palabras, por secarlas. Aunque las preguntas de la literatura sean siempre las mismas y no puedan dejar de repetirse, porque son las preguntas de la vida, si quieren comunicar algo, deben encontrar el modo de que suenen y nos zarandeen como por primera vez.

-¿Está embarcada ahora en algún otro libro?

-Si un libro fuera una casa, en este momento me encontraría sentada en una silla junto la puerta, esperando que llegue la noche para entrar.