Hitler prepara su estrategia para la batalla de las Ardenas con el Estado Mayor del Reich
Hitler prepara su estrategia para la batalla de las Ardenas con el Estado Mayor del Reich
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«Ardenas 1944», de Antony Beevor: el plan más ambicioso de Hitler

La batalla de las Ardenas fue, según Antony Beevor, la última apuesta de Hitler. Un proyecto brillante en su planteamiento que al final, sostiene el historiador británico, resultó suicida

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La nueva obra de Antony Beevor ambientada en la Segunda Guerra Mundial coincide con la publicación de otra importante monografía sobre la misma temática: Ardenas. La batalla, del historiador sueco Christer Bergström (Pasado & Presente). Ambos comparten la idea de que los alemanes concibieron un plan brillante, que fue tan cuidadosamente preparado como la exitosa ofensiva de mayo-junio de 1940 casi en la misma zona geográfica.

El relato comienza con el desfile de las tropas americanas por el París liberado, el 29 de agosto de 1944. Por aquel entonces, la capital francesa era, a decir de Beevor, el paraíso de la prostitución y el mercado negro, donde los soldados americanos, «ardientes y a menudo muy emprendedores», despertaban la envidia y la inquina de los franceses.

Eran tiempos de euforia: tras las victorias en el oeste, la Ofensiva Bagration en el este, el atentado a Hitler del 20 de julio y el desembarco en Provenza en agosto, se creía que la inminente descomposición de la Wehrmacht permitiría acabar la guerra antes de Navidad. Sin embargo, el 16 de septiembre Hitler planteó un contraataque en la intersección entre las fuerzas británicas y americanas que permitiera tomar Amberes y precipitar un nuevo Dunkerke.

A pesar de las serias dudas manifestadas por el Alto Mando del Ejército, que esperaba una ofensiva soviética desde el Vístula a comienzos del invierno y recomendó una «solución en pequeño» (envolver a dos cuerpos de ejército norteamericanos), Hitler mantuvo el plan más ambicioso, pero que fue ejecutado con recursos humanos y materiales limitados. El mariscal Model opinaba que la Operación Wacht am Rhein era la peor planteada de la guerra, y que sólo resultaba factible en un 10 por ciento. El Führer mantuvo a todo trance la ofensiva de las Ardenas como un acto de desesperación, en el que el Reich se jugaría el todo por el todo.

Condiciones extremas

Tras la sangrienta conquista de Aquisgrán el 18 de octubre y el comienzo del invierno, los duros combates en el bosque de Hürtgen en noviembre-diciembre fueron el preludio de lo que se avecinaba: una gigantesca sorpresa que empujó a miles de soldados americanos enloquecidos hacia la retaguardia, a pesar de las dificultades del avance alemán por terrenos escarpados, embarrados y luego cubiertos de nieve.

Beevor se detiene en las «hazañas» de dos oficiales y dos unidades siniestras: el «capitán pirata» Otto Skorzeny y su banda de saboteadores de retaguardia disfrazados con uniformes americanos y el Kampfgruppe liderado por Joachim Peiper, que asesinó a 84 soldados americanos en Baugnez (Malmédy) y desató una oleada de represalias contra los prisioneros de las Waffen-SS que duró hasta el final de la campaña. El propio Peiper, liberado de la cárcel, fue asesinado por miembros de la resistencia francesa en 1976.

Beevor hace tres severas reconvenciones a los aliados: en primer lugar, los fallos en los servicios de inteligencia, que no detectaron los preparativos y el alcance de la ofensiva. Eisenhower y Bradley pensaron que era un ataque de diversión frente a las inminentes acometidas aliadas en Lorena o el Ruhr, y el asombrado jefe del XII Grupo de Ejércitos se preguntaba el 17 de noviembre: «¿De dónde ha sacado este hijo de puta [Hitler] esa fuerza?»

En segundo término, el autor reprocha el envío directo al frente de reemplazos inadaptados al combate de la infantería. Según un oficial del VII Cuerpo, los hombres de más de treinta años eran demasiado viejos para resistir las fatigas de la lucha, y los menores de veinte no eran suficientemente maduros, ni mental ni físicamente, para sobrevivir en condiciones extremas.

Por último, recrimina la falta de coordinación del mando supremo, simbolizada en lo que ya viene siendo un clásico de las obras de este autor: el relato pormenorizado de las desavenencias entre Eisenhower y Montgomery, que acabó por asumir el mando del frente norte en detrimento del general Omar Bradley con la ruidosa complacencia de la prensa británica y la indignación de los militares y la opinión pública estadounidenses.

Poder de fuego

En el moroso relato que hace de las operaciones día tras día, Beevor tiende a destacar las victorias norteamericanas en combates singulares sobre el incontestable avance alemán en los primeros compases de la ofensiva. El núcleo central de la obra es el relato de la batalla por el vital nudo de comunicaciones de Bastogne del 19 al 23 de diciembre, precedida de la entrega a los alemanes de dos regimientos de la 106ª División de Infantería al este de Saint-Vith, en lo que se considera la mayor rendición de la Historia militar americana en Europa.

El autor elogia el fulminante redespliegue del III Ejército de Patton hacia el norte el día 22, pero su vanguardia acorazada, que encontró una fuerte resistencia, no conectó con los sitiados en Bastogne hasta cuatro días después. Se puede asegurar que la batalla la decidieron las barreras de artillería y la remataron los bombardeos de la aviación desde que los cielos se despejaron el día 23.

En realidad, los alemanes nunca contaron con suficiente poder de fuego para tomar Bastogne y quedaron muy lejos de conquistar Amberes. En Navidad, el OKW ya daba la ofensiva por fracasada, pero Hitler seguía insistiendo al día siguiente: «Puede que nos hundamos, pero nos llevaremos al mundo entero por delante». La Operación Nordwind al norte de Alsacia (que obligó a los franceses a defender Estrasburgo a todo trance) y la masiva Ofensiva Bodenplatte de la Luftwaffe a inicios de enero no cambiaron la situación. La bolsa se eliminó por fin el 29 de enero, momento en que se dio la batalla por concluida, al precio de las vidas de 2.500 civiles, 80.000 alemanes y 77.000 aliados.

Pulso narrativo

El balance fue claramente negativo para el Reich: la aventura de las Ardenas hizo que el frente oriental aumentara su vulnerabilidad, al desaparecer o quedar gravemente dañadas la mayor parte de las divisiones blindadas. A juicio de Beevor, la mayor equivocación alemana fue juzgar erróneamente «a los soldados de un ejército al que fingían despreciar».

Los generales de la Wehrmacht ya estaban convencidos del fracaso de la ofensiva en la primera semana, por la rápida y enérgica respuesta norteamericana, que obstaculizó los flancos norte y sur de su ataque, y pronto comprometió sus líneas de abastecimiento a lo largo de una red de carreteras inadecuadas y azotadas por un frío extremo, que es el gran protagonista del libro.

La descripción horripilante de las heridas causadas o agravadas por las bajas temperaturas es un buen exponente del pulso narrativo de Beevor, que combina con eficacia el análisis de las grandes operaciones militares, las consideraciones técnicas sobre táctica y armamento y las anécdotas dramáticas y a menudo truculentas, reveladoras de las adversas condiciones de vida y la brutalidad de los combatientes. Un libro que produce escalofríos, muy apropiado para combatir los rigores de la canícula.

«Ardenas 1944»