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El Gran Capitán: el héroe que triunfó demasiado

Se cumplen 500 años de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba, «el mayor soldado español de la historia»

José Calvo Poyato, con su libro dedicado a El Gran Capitán
José Calvo Poyato, con su libro dedicado a El Gran Capitán - aaron
juan gómez-jurado - Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura

Hay vidas tan grandes, tan enormes, que son capaces de sobreponerse a la época que les toca o el destino que supuestamente les corresponde. La historia de Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar estaba condenada a la mediocridad desde la cuna. Nacido en Montilla (Córdoba), dentro de la noble Casa de Aguilar, el 1 de septiembre de 1453. Segundón y por tanto, heredero de nada más que de la obligación de tomar los hábitos o la espada, sin más esperanza de triunfar en la vida que la oportunidad que le prestase el primogénito de morirse de fiebres. Así era, al menos, para otros, pero no para Gonzalo.

«Debía haber sido un militar de segunda fila, por su origen de segundón. Y, sin embargo, se convirtió en lo que llegó a ser por sus propios méritos, por constancia, inteligencia y por la fuerza de su brazo», afirma José Calvo Poyato, escritor, historiador y autor de la novela «El Gran Capitán» (Plaza y Janés), que salió el viernes a la venta. Una obra necesaria, con la rigurosidad habitual en Calvo Poyato, pero bella, entretenida y magníficamente escrita.

Gonzalo comenzó su vida militar al servicio de la reina Isabel la Católica como soldado raso, de los de mandoble en la mano y matar portugueses y sarracenos. No tardó en demostrar valentía y dotes de mando, subiendo el primero a la batalla a cuerpo gentil en Íllora, el pueblo que conquistó y del que acabaría siendo nombrado alcalde. Su ingenio militar se manifestaba ya entonces, siendo capaz de construir una máquina de asedio empleando solo las puertas de las casas del pueblo. «Su principal prioridad era evitar que sus tropas sufriesen daño, y esto se verá más tarde en la única batalla que perdió en su vida, que fue luchada en contra de su opinión. E incluso entonces colocó a las tropas de manera escalonada, de tal forma que pudiera retirarlas cuando estuviese claro que la victoria estaba perdida. Sus hombres agradecieron eso siempre, y son ellos quienes, tras la batalla de Atella, le ponen ese sobrenombre de Gran Capitán con el que le recordará la historia», afirma el novelista. «Sus capitanes llegaban a retar a las camarillas cortesanas que le difamaban ante el rey, esos de hablar rápido y esfuerzo lento».

Gonzalo Fernandez de Córdoba era, sobre todo, un hombre de una agudísima inteligencia. Él solo es quien, ejerciendo a medias de espía y a medias de comandante, derrota al rey nazarí Boabdil y le arroja a los pies de Fernando. Esa capacidad sobrenatural de anticipación a la teoría militar de su época le acabará llevando al otro lado del Mediterráneo para conquistar Nápoles con una tropa inferior, gracias a una combinación de astucia y de revolucionaria inventiva. «En la batalla del Paso del Río Carellano, Gonzalo compró todos los lienzos blancos que pudo y mandó a las tropas cubrirse con ellos mientras se acercaban al enemigo, porque estaba nevando. Los españoles cayeron sobre las huestes rivales por sorpresa, lo cual convierte a Gonzalo en el primero en emplear camuflaje cuatro siglos antes de que comience a usarse por primera vez». Aunque quizás su mayor logro es el nuevo uso que le da a la infantería, elevándola en importancia a la caballería e inaugurando la teoría militar del Renacimiento. «El Gran Capitán es el que pone la semilla de los tercios españoles que serán imbatidos durante siglo y medio».

Lealtad

Calvo Poyato, egabrense y compatriota de Gonzalo, siente una admiración infinita por el Gran Capitán, al que se refiere por su nombre de pila, con la confianza de haberle acompañado por las 534 páginas de la novela. «Le admiro por muchas cosas, pero sobre todo por su lealtad. Aunque el rey Fernando se porta muy mal con él, y no cumple las promesas que le hace… él no se revuelve contra él. Incluso cuando intenta humillarlo enviándole como alcaide a Loja, ¡a él, que había sido virrey en Nápoles! Gonzalo se mantiene leal a él, a pesar del resentimiento». Un resentimiento causado por la envidia y por las acusaciones de corrupción y de malversación de fondos.

Es este momento del quinto centenario una excelente ocasión para recuperar la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, cuyas hazañas no son del común conocimiento de los españoles. «A la gente valiosa le hacemos poco caso. Todos conocemos y resuenan en nuestras cabezas las derrotas. El fracaso de Trafalgar, la humillación de la invencible, el desastre de Rocroix… Sin embargo nos cuesta mucho reconocer a los ganadores natos. Gonzalo, el Gran Capitán, es un icono, y debemos recuperarlo», termina Pepe Calvo Poyato, con una sonrisa de profesor bueno, de esos que escucharías durante horas. Y no le falta razón, que en España tenemos más clavadas en la memoria popular las veces que arrastraron por el suelo nuestros pabellones que los siglos en los que estos flotaron sin mácula por los campos de batalla del mundo entero. Y al soldado que lo inició todo, un recuerdo se le debe.

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