Un eclipse solar total
Un eclipse solar total - NASA

Los astrónomos decapitados y el eclipse solar que decidió una batalla

Durante siglos los eclipses despertaron a partes iguales asombro y miedo y algunos cambiaron el curso de la Historia

Actualizado:

Los tintinólogos saben muy bien que disponer de información privilegiada cuando uno está en el patíbulo puede evitar terribles consecuencias para la salud, porque esto fue precisamente lo que le sucedió a Tintín en «El templo del Sol». Gracias a un recorte de prensa el intrépido reportero supo que se iba a producir un eclipse de Sol y cuando estaba a punto de morir en la hoguera dejó boquiabiertos a los incas al ordenar al día que se volviese de noche:

«¡Oh, sublime Pachacamac, yo te conjuro para que manifiestes tu poder y, si no deseas este sacrificio, ocultes ahora, delante de todos, tu rostro deslumbrante!».

Evidentemente, ante esta muestra divina los incas no tuvieron más remedio que liberar a Tintín, al profesor Tornasol y al capitán Haddock. Para ser honestos este guiño astronómico de Hergé no es nuevo, ya apareció en «Un yanqui en la corte del rey Arturo» de Mark Twain.

El eclipse que finalizó una batalla

En un eclipse (del griego ekleipsis, que significa falta, desaparición) solar la sombra de la luna cae sobre la Tierra en una trayectoria relativamente estrecha y la duración máxima suele ser de unos siete minutos y medio. Además de prever cuando va a suceder hay que especificar el punto en el que será visible. Por este motivo predecir un eclipse no es tarea fácil, especialmente en la antigüedad. Sin embargo, Tales de Mileto, un matemático y filósofo griego que vivió en el siglo VI a.C, fue capaz de predecirlo.

El acontecimiento tuvo lugar el 28 de mayo del 585 a.C, momento en el cual, después de quince años de guerras interminables entre medos y lidios, la batalla entre los pueblos rivales se había localizado en las proximidades del río Halys, lo que actualmente es el centro de Turquía. De repente los cielos se oscurecieron y los soldados, atemorizados, abandonaron las armas. La batalla se dio por zanjada. Después de unos minutos de incertidumbre se acordó una reunión de urgencia entre Aylattes, el rey de Lydia, y Cyaxares, el rey de los medos. Decidieron dar por terminadas sus desavenencias y fijar la frontera en el río Halys, allí donde se había librado la «batalla del eclipse solar». En esta ocasión el dios Pachacamac había evitado una carnicería.

En efecto, el eclipse de sol del año 585 a.C fue un eclipse total, que se observó en Anatolia y que duró tres minutos y veinticuatro segundos. Ahora bien, ¿cómo lo pudo predecir el matemático milesio? Posiblemente, empleando el saros, esto es, un periodo de 6.585,32 días tras el cual el sol y la luna regresan, aproximadamente, a la misma posición en el cielo. Este dato se recogía en las tablillas cuneiformes babilónicas, en donde se habían registrado los eclipses sucedidos con anterioridad.

Cuando la astronomía era una profesión peligrosa

Hubo un tiempo que ser astrónomo entrañaba unos riesgos a los que la gran mayoría de los mortales no estaríamos dispuestos a asumir. Corría el año 2136 a.C cuando un dragón hambriento se intentó comer el sol, provocando un gran pavor entre el emperador chino y su pueblo. Al principio le dio un pequeño bocado y desapareció un minúsculo trozo, luego la cuarta parte, posteriormente pasó a la mitad, hasta que súbitamente desapareció en su conjunto y se hizo la noche.

Los chinos lejos de amilanarse se pusieron a hacer un enorme estruendo con todos los adminículos que encontraban para hacer desistir al dragón de su propósito; al final lo consiguieron, el dragón huyó despavorido devolviéndoles la presa antes de devorarla.

Pasado el susto comenzó la indignación. El emperador Tchong Kang llamó a los dos astrónomos imperiales a su presencia –Hsi y Ho- y les acusó públicamente de no haber realizado uno de sus labores profesionales que era avisar de la «llegada del dragón», por pasarse todos los días borrachos. Como castigo ante esta falta de incumplimiento laboral ordenó que fuesen decapitados. Ha llegado hasta nosotros un hilarante epitafio que recuerda esta tragedia:

«Aquí yacen los cuerpos de Hsi y Ho, cuyo destino, aunque triste, era visible: morir por no prever un eclipse que era invisible».

Posiblemente, Hsi y Ho fueron unos de los primeros mártires de la ciencia. Desgraciadamente para ellos, no fue hasta el siglo XVII, con el nacimiento de la mecánica, cuando se pudo predecir con exactitud el momento y el lugar en el que sería visible el momento en el que sol era eclipsado por la luna.

Para finalizar, subrayar que Hergé cometió un pequeño error a propósito del eclipse, ya que debido a que Perú se encuentra en el hemisferio sur este fenómeno debería evolucionar de izquierda a derecha y no de derecha a izquierda, que es como aparece en una de las tiras del cómic.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.