Monjes de la Orden Cisterciense elaboran chocolate en la cocina del Monasterio de Piedra, en Nuévalos (Zaragoza)
Monjes de la Orden Cisterciense elaboran chocolate en la cocina del Monasterio de Piedra, en Nuévalos (Zaragoza) - Monasteriodepiedra.com

El chocolate y su origen: una historia que viaja de México a Zaragoza

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«Cuando uno lo sorbe, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse». Así novelaba Hernán Cortés algunas de las virtudes que tenía aquel producto descubierto en su expedición por tierras dominadas por Moctezuma en México y que era conocido en la mitología azteca como el «alimento de los dioses», nada menos. De hecho, según la leyenda, el dios Quetzalcoatl regaló a los hombres el árbol del cacao antes de ser expulsados del Paraíso. Con este fruto divino, los hombres adquirían vigor y fuerza. En la cultura española, no aparece referido el cacao antes de una carta con firma del propio Cortés que data del 30-10-1520. En esas líneas se menta a este producto como una fruta con almendras, que en tierras mexicanas «venden molida» y que usan por moneda para algunos pagos, símbolo de la importancia que concedían los aztecas a estos granos.

Con esa moneda se compran cosas necesarias en los mercados y otros lugares; el chocolate es una contraprestación. Algunos, como el propio Moctezuma, bebían en copas doradas aquel manjar de color oscuro; mientras que para Cortés fue un pago a un monje del Císter que lo acompañó en su aventura por México y que tenía por lugar de arraigo un Monasterio, el de Piedra, al oeste de la provincia de Zaragoza.

A los pies de la hoy flamante cascada de la Cola de Caballo, uno de los focos de atracción paradisiacos de este lugar de refugio espiritual, se sitúa la cocina monacal que el visitante recorre en su periplo por este enclave turístico de la localidad zaragozana de Nuévalos. Aquí fue, con exactitud, el primer lugar de todo el Viejo Continente donde se fabricó «oro marrón».

Colón no reparó en la bebida

En la exposición chocolatera que protagoniza en la actualidad la oferta hotelera dentro del recinto religioso se da buena cuenta de cómo fue Fray Jerónimo de Aguilar quien envió el primer saco de semillas de cacao, junto con la receta del chocolate, al abad del Monasterio de Piedra, Don Antonio de Álvaro, encargado junto al resto de monjes del cenobio de fabricar el manjar. Cristóbal Colón no había reparado en aquella bebida cuasi sagrada, a diferencia de Cortés. Se tiene constancia historiográfica de cómo los religiosos de la congregación de Zaragoza sí supieron emplear el poder calórico del chocolate para soportar sus ayunos y conservar aún fuerzas para trabajar. Lo adaptaron a sus necesidades. Principalmente tomaban el amargo -en un principio- brebaje como medicina debido a su gran aporte energético.

Con la introducción por Fray Jerónimo de Aguilar en este espacio museístico y obra de arte medieval construida sobre un espacio donado a finales del siglo XII por Alfonso II de Aragón, quedaba inaugurada así la tradición chocolatera que puso la rúbrica a la Orden Cisterciense. De hecho, en la misma exposición se avala que en algunos monasterios además del insigne zaragozano, existe una pequeña estancia situada sobre los claustros a la que llaman chocolatería por ser el lugar donde los frailes colocaban la fogata para paladear aquel producto llegado de las Américas.

¿Por qué era amargo en un principio?

El nombre original de esta bebida era «xocolatl», del que deriva su denominación actual. Los aztecas elaboraban este líquido a partir del haba del cacao, lo mezclaban y aromatizaban con hierbas, vainilla, pimienta y otras especias como la guindilla y hasta lo condimentaban con chile, con el fin de obtener un líquido espeso, oscuro y espumoso que bebían frío o caliente.

Desde los primeros y remotos tiempos, el conquistador del imperio azteca reseñó que esta bebida generaba a quien la degustaba cierta sensación de bienestar y energía inusitada, aunque era obligado endulzarla con miel, ya que el amargor del achiote que llevaba era complicado de digerir. En Zaragoza los monjes se apoyaron para lograr este propósito dulcificador de vainilla, azúcar y canela.

Tras su introducción en España por la expedición de Cortés, el chocolate tuvo una controvertida historia, fruto de los usos y costumbres de las mujeres refinadas de la aristocracia, que lo quisieron «trasladar» incluso al interior de las iglesias para hacer más llevadero el sermón y para combatir con su candor las frías jornadas de invierno. No obstante, el chocolate no se expandió tan rápidamente por Europa como uno se imagina. De hecho, mientras para la alta sociedad española del siglo XVI constituía un producto selecto y de gran valor, en otras naciones existen reseñas tan peyorativas como las del italiano Girolamo Benzoni en su volumen «La Historia del Mondo Nuovo» (1565): «El chocolate parece más una bebida para cerdos que para ser consumido por la humanidad».

Tardarían varios siglos en explorarse con detenimiento las virtudes medicinales que Cortés no había podido apreciar en esta bebida dulce traída a la Nueva España y que, sin duda, albergaba. Entre los siglos XVI y XIX se populariza como remedio digestivo y estimulante. En nuestro tiempo moderno, hay dietas que recomiendan tres onzas de chocolate negro como bálsamo para el dolor menstrual. También es, cómo no, un claro objeto de deseo.

Mujer tomando una taza de chocolate. Obra de Raimundo de Madrazo. Oleo sobre lienzo (1841-1920)