La historia de las «Manadas de lobos» (I)

Los asesinos silenciosos de Hitler: así dominaron las aguas los submarinos nazis en la II GM

En 1939 y hasta 1941, los «U-Boote» alemanes iniciaron un bloqueo contra Inglaterra que llevó al fondo del mar a miles de buques aliados

Representación de un «U-Boot» en combate
Representación de un «U-Boot» en combate - FLICKR
MANUEL P. VILLATORO - Madrid - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Septiembre de 1939. La fría noche ciega a los tripulantes de un carguero británico. Sus luces están apagadas y navega en zigzag para evitar los posibles ataques enemigos. De repente, una estela corta el mar en línea recta minutos antes de que el capitán del buque ordene, en medio de un griterío generalizo, virar a estribor. «¡Torpedo!». Pero ya es tarde y, antes de que el pesado navío pueda girar, el explosivo impacta en su popa. Es otra víctima de los «U-Boote» nazis, los sumergibles de Hitler que, durante la Segunda Guerra Mundial, trataron de bloquear la llegada de suministros a Inglaterra enviando a cientos de mercantes al fondo del mar a costa de 28.000 marineros alemanes.

Corría por entonces una época convulsa para Europa, pues Adolf Hitler acababa de iniciar la Segunda Guerra Mundial atravesando la frontera de Polonia con sus unidades mecanizadas. Sin embargo, a la vez que soldados y más soldados alzaban la bandera del «Führer» en tierras centroeuropeas, había también una serie de «cascarones» metálicos que se dirigían a toda máquina hacia el Mar del Norte (entre Dinamarca y Gran Bretaña) portando la esvástica bajo las aguas. Eran los «U-boote», los submarinos alemanes que dieron el pistoletazo de salida a la llamada «Batalla del Atlántico», una contienda que no terminaría hasta 1945.

Los inicios del «U-Boot»

Para entender la «Batalla del Atlántico» es necesario retroceder en el tiempo hasta 1919, año en que Alemania, derrotada en la Primera Guerra Mundial, tuvo que bajarse los pantalones ante las potencias vencedoras y firmar el «Tratado de Versalles», un pacto que la señalaba como la principal culpable de iniciar la guerra. Pero la responsabilidad moral no era la única que pesó sobre el país germano, sino que se vio obligado a abrir la bolsa y pagar a los aliados las llamadas «reparaciones de guerra», una considerable cantidad de dinero en compensación por los daños sufridos.

A su vez, entre los más de 400 artículos del tratado, había varios que se acordaban de la marina alemana, una de las más grandes durante la Primera Guerra Mundial y cuya reducción podía evitar decenas de futuras bofetadas a los aliados en caso de iniciarse una contienda. «Por el Tratado de Versalles, se la condenaba a no disponer de otra cosa que una flota tan reducida como inútil. Sólo se le autorizaron unos efectivos máximos de 15.000 hombres. El material flotante sólo podía estar compuesto por seis antiguos y pequeños acorazados, otros tantos cruceros, doce destructores y algunos buques auxiliares. ¡Ni un solo submarino!» explica el historiador español Luis de Sierra en su obra «La guerra naval en el Atlántico». Y es que, los sumergibles alemanes habían destruido casi 7.000 navíos desde 1915 obteniendo una gran reputación.

Por el contrario, Alemania no tardó en acabar hasta el chambergo de lo firmado en Versalles y terminó tomándose la justicia por su mano. Así, en 1922 inició un programa secreto para desarrollar nuevos submarinos y, poco después, creó la «Escuela de guerra antisubmarina» -cuya finalidad era entrenar discretamente a las tripulaciones alemanas para dominar los mares y océanos si se sucedía cualquier conflicto-. La llegada de Hitler en 1935 puso la piedra definitiva para la creación de una gran flota de sumergibles, pues logró que la «Kriegsmarine» (la «Marina de guerra» del país) recibiera el «sí» internacional para construir una armada mayor.

Craso error por parte del Reino Unido, pues, sin saberlo, acababa de dar rienda suelta a la fabricación de submarinos por parte de los nazis, unas máquinas que iban a provocar en un futuro no muy lejano más de un calentamiento de cabeza a Inglaterra. Después de obtener la luz verde, Hitler (asesino, pero no tonto) inició la construcción de los llamados «U-boot» (la abreviatura de «Unterseeboot» o, en español, «nave submarina»), pues sabía que, en caso de entrar en guerra, sería vital estrangular la economía de enemigos potenciales como Inglaterra a través del mar. Posteriormente, estos navíos se pusieron al mando de Karl Dönitz, un antiguo capitán de submarino que, durante la Primera Guerra Mundial, había repartido más de un mandoble entre las armadas aliadas.

Estrangularles hasta morir

El 1 de septiembre de 1939, cuando la «Kriegsmarine» aún no había logrado poner en funcionamiento más de una treintena de sumergibles, Hitler se calzó las botas y ordenó el ataque sobre Polonia. Acababa de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Casi de forma paralela (apenas tres días después), el Reino Unido se declaró hostil al nazismo. Mala noticia para las fuerzas navales alemanas, pues, como informaron oficiales como Dönitz, hubiera hecho falta más tiempo para construir un mayor número de «U-Boote». Pero la batalla no esperó a nadie y la naviera nazi se enfrentaría ahora a la armada más grande del mundo: la «Royal Navy».

«Al comienzo de las hostilidades, el 1 de septiembre de 1939, Dönitz contaba con un total de 57 submarinos, pero sólo 27 tenían capacidad oceánica. Sus pretensiones iniciales habían sido de 300 unidades, que él consideraba necesarias para estrangular a Gran Bretaña. Realmente, sólo un tercio de las unidades disponibles podría estar operativa a la vez, pues otro tercio estaría yendo o volviendo del teatro de operaciones y el tercio restante realizando misiones de adiestramiento o reparaciones. Por ello, al comienzo de la guerra, apenas siete u ocho unidades estaban en funcionamiento», explica en declaraciones a ABC Juan Vázquez García, autor de «U-Boote. La leyenda de los “Lobos grises”».

Superados ante la imponente flota británica, los altos mandos de la «Kriegsmarine» sólo vieron una salida: no combatir contra la armada enemiga y atacar únicamente a los mercantes ingleses que viajaban hasta América para buscar provisiones. «No quedaba, pues, otra alternativa que atacar el tráfico enemigo (…) llevando la guerra al Atlántico y tratando de yugular allí un tráfico sin el cual Gran Bretaña se vería muy pronto reducida a la impotencia, no solo por falta de combustible líquido para mover sus mercantes y sus aviones, pues ni un solo litro de combustible se extraía en las Islas Británicas, sino por hambre, pues Inglaterra no producía en esos momentos ni el 20% de lo que su población necesitaba consumir», destaca Sierra.

Así pues, desde Alemania partieron regularmente los escasos «U-Boote» existentes con la intención de cañonear hasta hartarse a los mercantes británicos que viajaban hacia las Américas. Sin embargo, y como bien explica Vázquez a ABC, en los primeros años tuvieron una capacidad operativa escasa: «Al principio el bloqueo era más nominal que otro cosa porque no había sumergibles suficientes para llevarlo a cabo». Por ello, en los primeros años de la guerra los submarinos nazis únicamente atacaron cuando sabían que podían enviar a su presa fácilmente al fondo de las gélidas aguas.

La caza a bordo de un «U-Boot»

El inicio de la guerra fue la prueba de fuego para los capitanes de los «U-Boote», los cuales fueron pioneros en descubrir y tratar de solucionar las dificultades de combatir a bordo de un sumergible durante la Segunda Guerra Mundial. Unas de las limitaciones más acusadas eran las técnicas, ya que obligaban a los oficiales alemanes a mantener el submarino en la superficie durante casi toda la misión –algo que «Hollywood» ha distorsionado a lo largo de los años-.

«Realmente, un submarino de esa época estaba casi siembre en la superficie, de hecho, es más correcto llamarles sumergibles, porque sólo se sumergían de manera muy puntual. Para empezar, solo podían estar un tiempo limitado bajo el agua porque las reservas de aire eran limitadas. En segundo lugar, cuando no estaban en la superficie únicamente podían detectar enemigos a través del sonar pasivo y del hidrófono, lo que provocaba que el submarino estuviese casi ciego. Era totalmente diferente a lo que sucede en un submarino actual», explica Vázquez.

A su vez, no podían permanecer bajo el mar durante mucho tiempo debido a dificultades de propulsión. «Llevaban dos motores, uno diesel para cuando estaban en la superficie, y otro eléctrico que se alimentaba mediante baterías para cuando estaban sumergidos. Estos se recargaban fuera del agua, lo que limitaba su autonomía. Además, sumergidos sólo podían avanzar a 8 o 9 nudos como máximo, lo que correspondía a unos 3 o 4 nudos de velocidad media, es decir, muy lentamente», completa el experto español.

Por ello, los «U-Boote» solían perseguir a sus presas durante el día para «cazarlas» durante la noche. Concretamente, procuraban mantenerse al acecho y –en algunos casos- se sumergían para no ser detectados. Luego, salían a cielo abierto para dar de torpedazos a su enemigo. «Atacaban de noche y en superficie debido a que ofrecían un barco muy pequeño y podían navegar a una velocidad media de entre 17 y 18 nudos, casi lo mismo que un buque de escolta», añade el autor de «U-Boote. La leyenda de los “Lobos grises”».

En contra de lo que puede aparecer en las películas norteamericanas, los «U-Boote» tenían además muchas dificultades para encontrar objetivos incluso cuando se encontraban fuera del agua. Y es que, para hallar a los británicos solían necesitar el apoyo de aviones la fuerza aérea nazi («Luftwaffe») que realizaran labores de exploración, algo que no gustaba demasiado a Göring, jefe del ejército del aire alemán.

«Los submarinos alemanes tenían muchas limitaciones. Necesitaban que la aviación explorara los alrededores para informarles de los buques a los que podían atacar. Muchas veces no podían atraparles debido a que se encontraban, por ejemplo, a una distancia de 200 millas y cuando llegaban, después de 12 horas navegando, los enemigos ya se habían marchado. Además, cuando no estaban sumergidos también les costaba encontrar blancos. Si el mar estaba en calma, podían divisar un barco a 10 millas como máximo, pero si había oleaje la visibilidad se reducía hasta las 3 millas. Si hacía mal tiempo se quedaban casi ciegos y no podían avistar nada a menos de 500 metros. No era raro, en esos casos, que un buque pasara cerca suyo y no lo vieran», completa el experto español.

A pesar de todo, lo cierto es que los «U-Boote» se destacaron como una arma temible al haber logrado hundir a finales de 1939 más de 500 mercantes enemigos –lo que suponía un total de dos millones de tonelada de pesos-. Por su parte, y ante la dificultad de defender sus buques comerciales de los asesinos silenciosos de Hitler, los ingleses empezaron a instaurar el denominado «sistema de convoyes», mediante el cual varios navíos militares escoltaban a un gran número de barcos que carecían de armamento.

La llegada de las «Manadas de lobos» y los tiempos felices

El paso de los años trajo consigo buenas noticias para el líder de los «U-Boote» Karl Dönitz, quien vio aumentados sus efectivos en los primeros meses de 1940. A su vez, los nazis dieron un empujón a su guerra submarina gracias a la toma de Noruega y Francia, regiones más cercanas a Inglaterra y donde se construyeron bases acorazadas para que los sumergibles tuvieran una mayor autonomía. La situación pintaba, por entonces, muy bien para los hombres de la esvástica.

La llegada de esta nueva remesa de «U-Boote» permitió a Dönitz mejorar su estrategia de ataque contra los mercantes británicos creando las denominadas «Manadas de lobos». «El indudable éxito alcanzado por los sumergibles alemanes que atacaban a los convoyes aliados en superficie y durante la noche decidieron (…) al contralmirante Karl Dönitz a introducir en marzo de 1940 la táctica de ataque en grupo (…) que pronto sería conocida como la táctica de la “Manada de lobos”. Esquemáticamente consistía en lo siguiente: Toda la inteligencia referente a los convoyes aliados en el Atlántico Norte (…) se centralizaba (…). Tras estudiar la información, se daban órdenes por radio al jefe de la flotilla de submarinos más próxima (a algún) convoy factible de ser atacado. Dicho jefe transmitía sus órdenes a sus unidades que, cuando estuvieran concentradas en las proximidades del convoy, caerían sobre éste durante la noche y en superficie», destaca, en este caso, Sierra.

Esta forma de combatir trajo consigo multitud de victoria para los nazis. «A pesar de los reducidos efectivos alemanes disponibles, esta táctica tuvo (…) un éxito enorme –por ejemplo, en las noches comprendidas entre el 17 y el 19 de octubre de 1940, los seis submarinos británicos que atacaron al convoy británico “SC7” le hundieron sin pérdidas propias, 17 barcos; dos noches después, el “HX79” perdería, por el mismo sistema, 14 barcos», finaliza, nuevamente, el escritor. Tan buena era la situación que esta primera parte de la guerra fue conocida por los nazis como «el tiempo feliz»- Y es que, a finales de 1940 los «U-Boote» habían logrado hundir casi cuatro millones de toneladas de navíos enemigos. Toda cambiaría un año después con la entrada de EE.UU. en la guerra pero eso, como se suele decir, es otra historia.

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