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El día en que le robaron las manos a Perón

Día 29/06/2013 - 03.42h
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En junio de 1987 unos desconocidos profanaron la tumba del presidente argentino y mutilaron su cadáver. Quiénes fueron y por qué sigue siendo un enigma

Trece años después de la muerte de Juan Domingo Perón, el líder del Partido Justicialista argentino Vicente Leónidas Saadi recibía una carta firmada por «Hermes IAI y los 13» que exigía el pago de ocho millones de dólares por un extraño rescate: las manos del general, su anillo y su sable. Se adjuntaba como prueba un fragmento del poema manuscrito de su esposa María Estela Martínez de Perón que había sido colocado en el féretro del tres veces presidente argentino, en la bóveda del cementerio bonaerense de Chacarita. Otras dos cartas similares, con fragmentos del resto del poema, fueron enviadas a otros responsables peronistas.

Los desconocidos habían entrado en la bóveda el 29 de junio y habían sacado el cuerpo embalsamado de Perón del féretro con cristal blindado que lo protegía para cortar sus manos con una sierra eléctrica.

El macabro robo desató todo tipo de especulaciones. «Los memoriosos, puestos a airear la pertinaz necrofilia de este país, recuerdan ahora a aquella banda del siglo pasado, «los caballeros de la noche», que entraban en el cementerio de la Recoleta para sustraer cadáveres y exigir luego rescate a sus deudos. También se habla de los increíbles «paseos» de que fuera objeto el cuerpo de Evita Perón; de su hermano Juan, cuyo féretro fue abierto y se seccionaron partes del cadáver, y del general Aramburu, cuyos restos fueron robados por los montoneros y abandonados posteriormente en plena rúa rústica», contaba entonces el corresponsal de ABC en Buenos Aires.

Se habló de que las manos habían sido mutiladas para acceder a una caja de seguridad en Suiza que solo se abría con la impresión de sus dedos, o con una combinación alfanumérica que estaría grabada en el anillo de Perón.

Una cadena de muertes sospechosas

El Partido Justicialista se negó a pagar el rescate exigido y el juez Jaime Far Suau se hizo cargo de la investigación. Far Suau viajó a España para entrevistarse con la viuda de Perón, pero los apuntes que tomó de aquella charla desaparecieron tras la extraña muerte en accidente de tráfico del magistrado. Claudio Negrete y Juan Carlos Iglesias aseguran en su libro «La profanación» (2002) que el juez fue asesinado.

Otras muertes contribuyeron a alimentar las sospechas. El sereno del cementerio de Chacarita falleció de un paro cardiorrespiratorio poco después de denunciar que le querían matar, la peronista que llevaba flores a diario a la tumba murió de una paliza al parecer días después de intentar hablar con un investigador para describir a un sospechoso. También el comisario general Juan Ángel Pirker murió en esas fechas de un ataque de asma en su despacho y el comisario Carlos Zunino se salvó milagrosamente de un atentado.

Una línea de investigación emprendida por los periodistas David Cox y Damián Nabot en su libro «Perón, la otra muerte» (1997) apuntó a Licio Gelli como el hombre que ordenó robar las manos de Perón. Según esta hipótesis, el jefe de la logia italiana P2 (Propaganda Due) arrastraba un largo rencor contra Perón por una deuda millonaria que consideraba impagada y la firma «Hermes lai y los 13» de las cartas tendría que ver con creencias egipcias y esotéricas que sostenía.

Para Adrián Busto, autor de la novela «Las manos de Perón», el robo no fue más que un intento de cobrar un rescate. Sin embargo, la investigación llevada a cabo por Far Suau y la que continuó el juez Alberto Baños coincidieron en señalar que los profanadores contaron con algún tipo de apoyo oficial. El cristal blindado que protegía el féretro había sido perforado 15 centímetros, pero habían necesitado las doce llaves de las cerraduras del marco de metal para poder mutilar el cadáver. De hecho, Baños había reabierto la causa en 1994 al encontrar en una comisaría de Buenos Aires una copia de dichas llaves.

En 2008, el juez denunciaba el robo de los expedientes de los últimos nueve años de investigación sobre el caso. Baños explicó que tenía la causa en su domicilio porque preparaba un escrito en el que iba a pedir de nuevo al Gobierno toda la información que tuvieran los organismos de inteligencia del Estado.

«¿De qué sirvió atentar contra un cadáver como el de Perón? ¿A quién benefició? Mutilar el cuerpo del expresidente no fue un objetivo en sí mismo. Fue un medio para recordar que existen pactos implícitos y condiciones que deben cumplir quienes habitan la cara visible del poder», señalan Iglesias y Negrete en su libro.

Seis hombres fueron detenidos dos meses después del robo, una semana antes de las elecciones argentinas, pero ninguno fue acusado formalmente. Las manos de Perón nunca aparecieron.

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