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Berlín, años treinta. En el centro de la ciudad alemana se levanta la Iglesia Bohemia, la Bethlehemskirche, que desaparece del mapa urbano en los años sesenta, demolida, no sin antes haber vivido la Historia europea del último siglo en sus propias entrañas, carne y cimientos: refugio de los checos protestantes que huyen de Praga por motivos religiosos, herida de muerte en la Segunda Guerra Mundial por los bombardeos aliados, punto por cuyas cercanías pasó la línea divisoria, la dañina arteria, del Muro de Berlín... Historias y más historias, cicatrices y más cicatrices, que se acumulan en la memoria de una plaza, la Richardplatz, y que ahora se dibujan en el espacio, emergen a la superficie, gracias al trabajo del artista español Juan Garaizabal (Madrid, 1971).
Desenlace no escrito
Memorias urbanas es el título genérico del ambicioso proyecto –un auténtico work in progress, cuyo desenlace no está escrito– que este creador madrileño puso en marcha hace unos años y que consiste en la recuperación de aquellos lugares –generalmente inmersos en la vorágine de la urbe y el urbanismo contemporáneo, presos de las especulaciones más sangrantes e injustas– por donde ha pasado el manto del olvido como un gigantesco borrador sin dejar ni rastro del pasado, ni del presente más inmediato, por histórico que este haya sido.
El manto del olvido ha borrado los lugares que recupera Garaizabal
Minimalista hasta los tuétanos
Si nos acercamos al último trabajo de Juan Garaizabal, aunque no sea in situ, sino a través de su versión documental en la galería Álvaro Alcázar (dentro de la programación de PHotoEspaña), podemos comprobar aquello que se dice, tan manido y hueco a veces, sobre la materia de la que se componen los sueños. Los sueños de Garaizabal se componen de una materia liviana, pero consistente a la par; resistente e inasequible al desaliento, porque el montaje mental y material que hay detrás de cada uno de estos proyectos en absoluto está pensado para débiles o para personas que no se sientan convencidas hasta la más íntima fibra de que merece la pena meterse donde se van a meter: en el agujero negro de la memoria, por tortuosa que esta sea; por sepultada que se encuentre entre las ruinas, enredada en un cruce de tiempos y épocas.
Los sueños de Garaizabal se componen de una materia liviana, pero consistente
Unos trazos blancos (tubos de led) parecen ser las pinceladas o los trazos finales, los últimos destellos de esa memoria y sus ausencias. Como el mismo artista ha llegado a decir en alguna ocasión, se siente una suerte de cazador de almas errantes, de espejismos, de sueños, hasta de fantasmas. Algo que suena tremedamente literario, y lo es, pero que se escribe con líneas de corte minimalista hasta los tuétanos. Quintaesencia del pasado. Llenar el vacío, escribir en el aire para que sea el propio aire el que grite a los cuatro vientos los sonidos del silencio. La voz de la Historia reconstruida.





