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«La crisis hunde a la mitad de los griegos en la depresión y a la otra mitad en la violencia». El diagnóstico es de Jristos Papanastasis, subdirector del hospital Atena, en Omonia, barrio céntrico pero muy conflictivo de la capital griega. Las enfermedades por estrés, depresión y del corazón han ascendido en flecha. Y los suicidios: «El último en este barrio hace dos días, un muchacho de 37 años». La gente acude a los hospitales no solo para ser tratados de una enfermedad. «A veces lo único que quieren es tener tres comidas diarias y descansar».
En cuanto cae la noche, robos y asaltos son frecuentes a las puertas del hospital. Las peleas en el seno de familias con problemas, también. Aunque el reflejo más alarmante de la simbiosis de crisis y violencia es el auge del movimiento neonazi Amanecer Dorado, cuyos matones se dedican a patrullar las calles en manada y a atacar a los inmigrantes para conminarles a abandonar el país. A menudo con el asentimiento del vecindario que, a veces calla, a veces les jalea.
«La crisis hunde a la mitad de los griegos en la depresión y a la otra mitad en la violencia»
Pero los más desprotegidas, incluida la gran clase media, han caído en una trampa mortal: han visto cómo sus sueldos se han reducido en un 30 o 40 por ciento, al tiempo que los impuestos han aumentado otro tanto y las pensiones han bajado a la mitad. Nadie compra, nadie vende. Quien confiaba en vender la casa, un solar, un huerto, se encuentra no ya con que los precios se han hundido, sino que nadie tiene dinero para comprar. Muchos no pueden pagar sus hipotecas. Y se ven comidos por las deudas, en una espiral de miseria sin salida.
Escasa actividad económica
La Seguridad Social se hunde. Algunas medicinas escasean o han desaparecido. El Estado deja de pagar a los farmacéuticos, que se niegan a seguir fiando sus artículos. Cada vez hay menos dinero para los jubilados. Los ahorradores retiran su dinero de los bancos. Las empresas extranjeras huyen del país como de la peste. El comercio desaparece. Y la actividad económica se apaga.
Los griegos no se sienten rescatados, sino hundidos. Todos os contarán que es cierto que muchas cosas fallaban en su antiguo sistema de vida. Pero no comprenden la absoluta falta de piedad con que les tratan la canciller alemana, Angela Merkel, y las instituciones europeas. La UE contempla a Grecia como una abstracción. No quiere ver la realidad material de una crisis, cuya gravedad se mide por la aparición de un fascismo muy parecido al de los años treinta. Ni un solo alto cargo de la Comisión Europea se ha paseado por aquí. Y en la prensa alemana abundan los discursos morales, pero el reporterismo a pie de calle no es para los germanos. La canciller Merkel tiene a su alcance muchas estadísticas, pero ni el menor asomo de la vida real de este país.











