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Un Ferrari de 1962, el coche más caro del mundo

Día 06/06/2012 - 18.16h
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Un magnate estadounidense que colecciona clásicos paga 28 millones de euros por este vehículo del que se hicieron 39 unidades

Cuando uno es capaz de poner encima de la mesa 370 millones de euros por divorciarse de su mujer, desembolsar 28 por darse un capricho en forma de coche debe resultar incluso gratificante. Al multimillonario Craig McCaw (Washington, 1949) no le suele temblar la mano a la hora de estampar su firma bajo cantidades que aturden al resto de los mortales.

Este magnate de las telecomunicaciones acaba de convertirse en el propietario del coche más caro del mundo después de haber abonado el equivalente a unos 4.700 millones de las antiguas pesetas por un Ferrari 250 GTO de 1962. La transacción se llevó a cabo a finales del pasado mes y el nombre del comprador, que en esta clase de operaciones suele quedar en el anonimato, ha salido a la luz de la mano de la agencia Bloomberg.

Un Ferrari de 1962, el coche más caro del mundo
warren mell
Craig McCaw

A sus 62 años, McCaw es uno de esos estadounidenses que desconciertan por su capacidad para encadenar éxitos empresariales y también por su falta de pudor a la hora de exhibirlos. Hijo del dueño de varias estaciones de televisión por cable, empezó vendiendo puerta a puerta el servicio que ofrecían las empresas de su padre. Intuyó las posibilidades de la telefonía móvil, entonces una tecnología aún balbuceante, y se metió de lleno en el negocio fundando su propia firma. En 1990 ya era el gerente mejor pagado de los Estados Unidos. La empresa familiar -McCaw trabaja siempre con su hermano menor, Bruce- prosperó de una forma tan meteórica que en 1994 la multinacional AT&T les ofreció por ella nada menos que 9.300 millones de euros.

La oferta era tan generosa que no la pudieron rechazar y a partir de entonces los McCaw empezaron a jugar en otra liga. Se aliaron con Bill Gates para poner en marcha Teledesic, una compañía para explotar servicios de comunicación vía satélite, y fundaron un conglomerado de empresas vinculadas a internet y telefonía móvil que les ha llevado a convertirse en uno de los clanes familiares más ricos y poderosos de todo el planeta.

Craig, que es el patriarca y cabeza visible del imperio, se ha revelado un hombre de impulsos capaz de hacer cosas tan aparentemente antagónicas como financiar con dos millones de dólares una campaña para que Willy, la orca que protagonizó la exitosa saga cinematográfica que llevaba su nombre, abandonase su cautividad, o aportar fondos para sufragar la carrera a la Casa Blanca de George W. Bush.

Aviones, islas y barcos

Los ingentes beneficios de sus empresas, además de haberle hecho ingresar en la lista Forbes de los más ricos, le han permitido también ejercer de magnate en el más amplio sentido de la palabra adquiriendo reactores para su uso particular -es un consumado piloto-, yates de dimensiones colosales y posesiones inmobiliarias por todo el mundo. La semana pasada «The Wall Street Journal» desveló que había puesto a la venta una isla de su propiedad cerca de Vancouver, en la Columbia Británica canadiense, por 75 millones de euros. La isla tiene, entre otras cosas, un campo de golf diseñado por Jack Nicklaus, una mansión, seis casas para invitados y varias playas de arena.

A McCaw, como se ve, no le van mal las cosas, así que puede permitirse el lujo de dedicarse a coleccionar coches, otra pasión que se ajusta a su condición de multimillonario. Los que saben de su afición dicen que ha llegado a tener hasta 400, pero que en los últimos años ha decidido prescindir de algunos de ellos y centrarse en los que son verdaderamente excepcionales. Calidad en vez de cantidad. Eso explica que en los últimos tiempos haya adquirido piezas únicas como un Mercedes-Benz 300 SL que ganó en 1952 en Le Mans o la más reciente operación del Ferrari 250 GTO.

El que a partir de ahora es el coche más caro del mundo fue fabricado en 1962 para que el británico Stirling Moss, uno de los grandes de todos los tiempos, corriese las 24 Horas en el circuito de Le Sarthe aunque un accidente previo del piloto dio al traste con el plan inicial. El bólido, que equipa un motor de doce cilindros de unos trescientos caballos, llegó a competir en Le Mans aunque manejado por otro piloto, el escocés Innes Ireland. Ferrari solo fabricó 39 unidades de este modelo, convertido en el más cotizado de la factoría de Maranello. Puede que el coche de Moss ya no sirva para ganar en los circuitos, pero se ha puesto en cabeza de otra carrera bien singular, la del automóvil más caro de la historia.

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