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Roma encumbra al mejor Rafa Nadal, campeón por partida doble en el Foro Itálico. Gana el Masters 1.000 italiano y se eleva hasta los 21 títulos de esta categoría, más que nadie en la historia del tenis. Gana en tierra batida y confirma que nadie es mejor que él en esta superficie, únicamente frenado en el azul de Madrid y por las circunstancias que le borraron la sonrisa. Y gana a Novak Djokovic por 7-5 y 6-3 en lo que supone un alivio, un triunfo que da continuidad al que obtuvo no hace tanto en Montecarlo también ante el serbio. Nadal, en definitiva, rescata su mejor versión y de paso vuelve a ser número dos, un dato a tener muy en cuenta para Roland Garros a la hora de sortear el cuadro. [Narración: Así hemos contado el partido]
Es la victoria de la constancia, el éxito de un tenista infinito que pasea con orgullo el nombre de España ahí donde compite. Nadal lucha contra el hombre que le detuvo en siete finales y que le atormentó en 2011, pero las fuerzas se han igualado y es el balear el que domina desde el diván. Exigido por el peso de la historia, Nadal vence en una final durísima y obtiene su sexta corona en Roma, eternizando un palmarés único sobre arcilla. [Fotogalería: Las mejores imágenes de la final]
La batalla, aplazada al lunes porque el domingo llovió sin parar, se define por matices, inapreciables en según que momentos. Se enfrentan dos estrategas descomunales, cada uno a su estilo, y desde el primer intercambio anuncian que el debate será largo. Nadal empieza mejor, un pelín más entonado y preciso, rápido de piernas e imposible de derrumbar. Le roba un saque a Djokovic en el quinto juego, pero de inmediato se igualan las fuerzas. Es un toma y daca que alegra a los afortunados que acuden a la central de Foro Itálico, despoblada al mediodía de una jornada laboral.
Djokovic, desesperado, rompió otra raqueta en Roma
Nadal gana el primer set desde la trinchera, defendiendo con uñas y dientes cada ataque. Llega a todas las bolas que le lanza su enemigo, descontrolado y menos brillante. En una hora y 16 minutos, cierra con un 7-5 alentador.
Ese resultado da alas al español y rompe a las primeras de cambio en el segundo. Los nubarrones se centran en Djokovic, que sin embargo encuentra un resquicio para disfrutar de cuatro pelotas de break sin que logre recompensa. Es un partido en el que se impone la cabeza y la de Nadal, a estas alturas de la temporada, parece más bien amueblada.
Queda patente en todas las ventajas de las que disfruta Djokovic, delatado por su rostro. Se enreda cada vez que sube a la red y falla golpes incomprensibles, poco habitual en él. Jugando aparentemente mejor en el segundo set, se ve condenado por las imprecisiones en los momentos clave y asume, entre resbalones y con una doble falta final, que esta vez es imposible.
Porque es el lunes de Nadal, más feliz y competitivo que nadie en la tierra. Se revuelve cuando confirma su victoria después de dos horas y 20 minutos y muerde su título 49, tremendo el historial. El balear gana en Roma pensando en París, en su séptimo Roland Garros que ya se ha empezado a jugar. Nadal, ayer y siempre, es un campeón colosal.





