Cine

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«Caballo de batalla», «El invitado» y «Lo mejor de Eva», entre las críticas de los estrenos del 10 de febrero

Día 10/02/2012 - 11.10h

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«El invitado»

POR O. R. MARCHANTE

Daniel Espinosa es un director sueco de origen chileno y debuta ahora en el cine de Hollywood con una historia muy "made in", una película de espías en la que se exhiben humeantes los trapos sucios de la CIA, ya un subgénero con todas sus reglas. La acción, que es la energía en estado puro del argumento, se centra en un ex agente que trafica con información (Denzel Washington) y en el "funcionario" que tiene que custodiarlo, personaje que interpreta Ryan Reynolds, quien pasa de no moverse en absoluto con Rodrigo Cortés en "Buried (enterrado)" a no parar ni un instante con Daniel Espinosa. Una planificación rabiosa, con secuencias como bofetadas, y un montaje felino que le procura a la historia esa sensación de pistoletazo de salida de los cien metros, al estilo de Liman o Greengrass con el personaje de Bourne, sin apenas respiro ni para el espectador ni para la contemplación del entorno o los personajes, que responden a clichés del género y a lo que uno espera de ellos, lo que impide grandes sorpresas pero también produce esa adrenalina tan beneficiosa para el alma del cine que es su taquilla. Denzel Washington se mueve en su personaje como un cochino en su charca, y el resto del reparto, como Gleeson o Sam Shepard, llevan también el suyo impregnado en los genes. Quien quiera, puede darse a la reflexión con "El invitado", aunque con verla y angustiarse será suficiente.

«El caballo de Turín»

POR O. R. M.

El húngaro Béla Tarr es un cineasta sin molde, que hace un cine que se arrastra lentamente hasta que presiona a su espectador (no tiene, lamentablemente, muchos más) hasta sentir la huella, el impacto imborrable, que produce su imagen y la música que la acompaña. "El caballo de Turín" es un ejercicio extremo de cine en alambique que, tras un arduo recorrido de fermentación, produce una aromática gota, en este caso terrible, una idea, una noción brutal del vacío. En apenas treinta planos condensa los vapores del nihilismo (al fondo, siempre Nietzsche y la anécdota del caballo turinés) hasta que se licúan casi dos horas y media después en una gota amarga; un viejo cochero manco, su hija, una cabaña mezquina, una tormenta de viento, una rutina atroz punteada por una música que cala los huesos y una sensación redundante, de día de la marmota opresivo en el que la idea de futuro es algo que queda muy, muy atrás. En sorprendente blanco y negro, llena de diálogos no dichos, con una temperatura gélida..., empuja al espectador hasta la extrema soledad de su butaca, hasta el límite de su paciencia, para, con suerte, producirle la extraña sensación de que nunca se había enfrentado a una película así; o más aún: de que nunca lo habían acorralado y embestido en el cine como lo hace Béla Tarr.

«The french kissers»

POR J. CORTIJO

Si Warhol, esa autoridad en la materia, sostenía que dos personas besándose parecen peces, mejor no imaginarse si los entrelazados son del género zangolotino. Y ya tendrá mérito esta película, César a la mejor ópera prima en su día, que, a pesar de insistir en esta inquietante estampa a lo largo de sus 90 minutos, consigue ofrecernos un lúcido, antimaniqueo y, a ratos, descacharrante de la tenebrosa etapa teen. Solo con tres o cuatro protagonistas, un puñado de secundarios (algunos, memorables como la madre del truffoniano Hervé o la mismísima Irene Jacob como musa de lencería parda) y algo de atrezzo (un calcetín quitapenas o un codo doble), Sattouf consigue un notable retrato del (artista) adolescente en la fase madura o revienta (aunque sea granos).

«Caballo de batalla»

POR ANTONIO WEINRICHTER

Teniendo en cuenta que Spielberg es Spielberg, y puede hacer lo que quiera, uno siente cierta perplejidad según va al viendo Caballo de batalla. Al principio parece una versión inglesa de El hombre tranquilo y los personajes parecen siempre a punto de arrancarse con algo como “Danny Boy” (no lo hacen, pero sí la orquesta, que no para de sonar en la incesante banda sonora). Luego el modelo parece retrotraerse aún más, a maestros de Ford como Frank Borzage, creador de copiosos melodramas bélicos. Hay otro anticuado formato narrativo que parece invocarse aquí: contar las vicisitudes de un objeto o de un animal a través de sus sucesivos dueños, formato que ha producido obras maestras como Madame De… o Al azar Baltasar. Más elegante pero no más digno quizá que el burro de Bresson, Joey, el purasangre patanegra que protagoniza la ronda de Spielberg presenta un problema similar: no se puede hacer un plano/contraplano entre un hombre y un caballo, si bien este Joey, con su mirada picassiana, un ojo a cada lado, se revela como el actor más sobrio de todo el reparto. Con el pertrecho de este caballo “maverick” (no entrenado) que pasa sin comerlo ni beberlo de la plácida campiña inglesa a la dura trinchera continental, Spielberg nos cuenta la I Guerra Mundial desde todos los frentes posibles. Algunas imágenes resultan memorables (Joey corriendo por una trinchera, o atravesando las alambradas poseido por las furias) y hay hermosos episodios como el de la niña francesa que adopta al equino o su amistad con su hermano de armas Topthorn. Y Spielberg exhibe su ya demostrada maestría para el género bélico ofreciendo al espectador -también por lo que respecta a su larga duración- una experiencia razonablemente épica que confirma, una vez más, que el sentimentalismo es tanto su mejor virtud como su más discutible marca de la casa.

«Lo mejor de Eva»

POR J. M. CUÉLLAR

Barroso tiene crédito, justo el que se ha merecido. Y se ha hecho acreedor a él porque arriesga. Como aquí. No es fácil montar un thriller con aspectos tórridos como este y no caer en la trampa de la carne, celada en la que solemos entrar tan fácilmente aunque esté llena de áridas aristas. El director se ha metido aquí con tres vías de acción que rellenar e intentando salir con bien en este laberinto peligroso que él mismo ha engendrado. Acción para las frustraciones de una mujer que ha renunciado a la vida para acogerse al trabajo y al triunfo de una profesión dura y compleja, acción para la relación entre un macho man y una aficionada del amor, inexperta y ansiosa de encontrar a Proust y su tiempo perdido. Y acción para un tercer sendero, el más logrado: la corrupción y maldad de este país que va a la deriva. Ganan los malos. Punto a favor. Pierden los buenos, por ingenuos y bobos. Dos puntos. Y entra a saco en el sexo lo justo y necesario (con lo de bueno que tendría para los admiradores de Waiting, muchos, y de Silvestre, muchas, pero con el evidente problema que habría generado llenarlo todo de carnaza basta y grosera). Tres puntos. Aun con nimios lastres (el engaño se ve venir y el desenlace está cogido con alfileres) Barroso alcanza un buen nivel, aunque el trabajo no llegue a alcanzar a su hermana mayor «No habrá paz para los malvados».

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