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Y fue duro, ¡claro que fue duro!, que siendo un joven guapo, rubio, 1.80 de estatura, estudiante de Económicas y algo enamoradizo, a los 21 años sus piernas dijeran hasta aquí hemos llegado y lo dejaran tumbado al borde de una cuneta una cálida noche de verano, cuando volvía a casa después de despedir a su novia en el portal. En el torbellino de vueltas de campana del 850 que conducía, el joven Paco rompió para siempre las conexiones nerviosas que permiten andar al ser humano y su vida torció por otra esquina, de repente.
Ya en Madrid, convertido el hospital de La Paz en su hogar durante tantos meses, su corazón juvenil y aún esperanzado oyó de labios del «bueno» del doctor Solera la noticia: tú sabes que no vas a volver a andar, ¿verdad?, y él logró comerse el llanto, como un hombre, hasta la visita por la tarde de sus padres, que abrazaron a un niño desconsolado. «Me costó mucho, sí, pero no muchos años», y mientras pasaban los días y él bebía trago a trago del vaso de la amargura, la vida rebelde se colaba de nuevo en su habiación de hospital y le acercaba tacones de mujer, faldas de novia en retirada y de nuevo el amor en uniforme de enfermera: «Le tiré los tejos», cuenta travieso. Se había salvado.
Pasados los años, ya con dos hijos pequeños y casado con la enfermera, fue el primer presidente la Asociación Nacional de Parapléjicos Aspaym, y cuando abandonó el trabajo en la empresa familiar, en Valencia, recaló en la ciudad de Toledo, donde acababa de construirse el Hospital Nacional de Parapléjicos. Pero los principios fueron duros y esa palabra, parapléjico, impresa en un curriculum, no abría precisamente las puertas. «Mi lesión no me condiciona, os condiciona a los demas», subraya.
De nuevo su tenacidad y lucha por la vida le llevaron muchas veces junto a jóvenes, como él, víctimas de accidentes de tráfico, y su aliento calentó muchos corazones helados de familiares y amigos. «Si este ha sobrevivido, por qué no yo?».
Hace quince años entró en política, primero como concejal de Tráfico, de nuevo rizando el rizo, en el Ayuntamiento de Toledo; más tarde como diputado en el Congreso, donde asesora en materia de discapacidad al Gobierno de Rajoy. Ahora ha escrito un libro: «Perdone que no me levante», un manual de instrucciones para afrontar la discapacidad que cuenta con la complicidad del mismísimo Groucho Marx, al que ha robado epitafio.
Y da un consejo: «Hay que sacarse la silla de ruedas de la cabeza y ponérsela debajo del culo», aunque siempre habrá alguno, como aquel camarero, que le pregunte a su esposa qué va tomar el señor, y ella responda: «Que se lo diga él, que tiene boca».





