Miércoles, 02-09-09
Alos musulmanes ricos les llamamos árabes y a los musulmanes pobres les llamamos moros. A las dictaduras pobres les decretamos bloqueos y les recetamos democracia y a las dictaduras ricas les vendemos tecnología y les compramos petróleo. A los terroristas pobres los encerramos en guantánamos y a los terroristas ricos les mandamos embajadas y les ofrecemos alianzas de civilizaciones. En Occidente somos así: de un etnocentrismo mercantil y egoísta que reserva los discursos morales y los derechos humanos sólo para aquellos que no tienen con qué pagar el visto bueno a sus transgresiones.
Muhammar El Gadafi fue un conspicuo terrorista cuya cabeza tenía precio hasta que decidió pagarlo él mismo con su chequera. En el cambio de estrategia influyó bastante el hecho de que Ronald Reagan, harto de sus tropelías, le metiese literalmente un misil por la ventana del cuarto de baño. El libio entendió el mensaje, echó mano a la billetera y preguntó qué se debía por los estropicios, y desde el momento en que se hizo cargo de las facturas se convirtió en un tipo respetable cuyas costumbres de tirano adquirieron de un día para otro el tinte benévolo del exotismo. Cuando les apretó las tuercas a los fundamentalistas Europa y Estados Unidos comprendieron de inmediato que tenían con él muchas cosas en común y a cambio de que comprase proyectos y bienes de equipo le empezaron a invitar a desplegar su jaima en sus más nobles solares. El antiguo moro de mierda pasó a ser un amigo leal de cuya buena voluntad incluso se podían aceptar caballos, joyas y demás presentes de la ancestral hospitalidad islámica.
Hoy es el día en que celebra cuatro décadas de dictadura y los próceres del mundo libre acuden con sus mejores parabienes a los fastos con que celebra su despotismo de palmerales. Para que sienta el agradecimiento a su cooperación generosa le han regalado la libertad de un ominoso asesino al que encargó facturar una bomba en un avión. Como Libia ya había pagado las indemnizaciones han permitido a Gadafi que reciba al sicario como un héroe, con la condición de que no lo saque de paseo cuando Moratinos, Berlusconi y otros próceres de la libertad se sienten en una alfombra junto a Hugo Chávez a comer dátiles del desierto y beber leche de camella mientras ponderan el encanto de los tradicionales lazos de amistad. A las familias de los 283 viajeros volatilizados en el frío aire de Escocia les han dicho que sean piadosas porque al fin y al cabo el terrorista tiene cáncer y Dios lo ha condenado a la pena de muerte.
Por el pueblo libio no se esperan preguntas en tan fraternales festejos. Incluso puede que alguien destaque en algún discurso el progreso experimentado por esa nación bajo el liderazgo de tan iluminado guía. Gadafi es un hijo de puta con balcones a la calle, pero es nuestro hijo de puta y conviene taparlo para que no se resfríe.

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