ES NOTICIA EN ABC

Peter Jackson, el señor de los Oscar

«El señor de los anillos: el retorno del rey» se llevó a casa las once estatuillas a las que aspiraba, marcando un hito al elevar al panteón del arte y de la industria cinematográficas el cine fantástico

MC>ALFONSO ARMADACORRESPONSAL
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

HOLLYWOOD. Algo inherente al cine, la emoción, la intriga, la sorpresa, el gambito final, la revuelta, la victoria de los descastados faltó el domingo en las cuatro horas que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood dedicó a repartir las estatuillas correspondientes a su 76 edición. «El retorno del rey», espectacular cierre de la epopeya de «El señor de los anillos», un proyecto descomunal inspirado por el neozelandés Peter Jackson, no sólo obtuvo por primera vez en la historia de los galardones un pleno absoluto, los once Oscar a los que optaba, incluidos los de mejor película y mejor director, sino que elevó al panteón del arte y de la industria cinematográficas el cine fantástico.

Sólo dos antecedentes, «Ben-Hur» en 1959 y «Titanic» en 1997, habían logrado formar un equipo de fútbol completo: once oscars, pero ninguna había ganado, como una máquina de precisión, todo a lo que aspiraba. No es de extrañar que el fino y brillante presentador de la gala, Billy Crystal, dijera en una de sus finas estocadas: «Ya es oficial. No queda nadie a quien dar las gracias en Nueva Zelanda». La marcha hacia la victoria final de la tercera parte de «El señor de los anillos», fue la consagración de Jackson como visionario, ya que no sólo embarcó a un relativamente pequeño y joven estudio (New Line Cinema, fundado en 1967) en una insólita aventura de rodar de un tirón a lo largo de casi un año en Nueva Zelanda tres películas que deberían estrenarse en tres años consecutivos la imposible saga de J. R. R. Tolkien, sino que además de convertir las tres películas en un éxito mundial de público y crítica, los 350 millones de dólares invertidos en el proyecto se han multiplicado como los orcos: más de 2.000 dólares han recaudado los tres filmes que ayer permitieron que en torno a Frodo (Elijah Wood) y Jackson se reunieran los principales miembros del elenco, con la significativa ausencia de Viggo Mortensen. Jackson dijo, ante el terror de los que le acompañaban en el escenario (los ganadores de las estatuillas a la mejor música, mejor canción -Annie Lenox-, mejor guión adaptado, maquillaje, montaje, efectos visuales, dirección artística, vestuario y mezcla de sonido) que lo volvería a hacer.

El momento de mayor emoción lo desató el Oscar a Sean Penn por su trabajo en «Mystic River», que puso a todo el público en pie, lo que desarmó al indomable actor, que llegó a la gala escoltado por su mujer y su madre. El más previsible, al margen del aguacero de Oscar sobre la comunidad del anillo, fue el premio a la mejor actriz, que se llevó una espectacular, pero fría, Charlize Theron, por su impresionante recreación de la prostituta y asesina en serie Aileeen Wuournos (ejecutada hace dos años). Pese a que quien le entregó el premio, Adrien Brody, ganador el año pasado del Oscar al mejor actor por «El pianista», se echó un aromatizador en la boca, no pudo repetir el beso de tornillo que le endilgó entonces a Halle Berry: la surafricana Theron le paró los pies sujetándole la cara con las dos manos y dándole un funcional y rápido beso en los labios.

No hizo sangre el presentador con los cinco segundos de demora en el directo con que la cadena ABC se curó en salud ante posibles salidas de tono como el ya famoso pecho de Janet Jackson en la «supercopa» de rugby. Blake Edwards, el gran director de «Días de vino y rosas», «Desayuno con diamantes» y «La pantera rosa», que recibió un homenaje por toda su carrera, hizo una espectacular entrada en una silla de ruedas motorizada que estrelló contra un panel, y luego, ante la prensa, calificó de hipócrita el escándalo del seno de la Jackson, y recordó que su mujer, Julie Andrews, había enseñado los suyos sin mayores complicaciones. Un seno fugaz apareció en el resumen de imágenes de sus joyas como director. Acompañado por otro humorista, Robin Williams, concluyeron que en el duelo por la categoría de más macho, Benicio del Toro vencía a Mel Gibson, «el más religioso». Gibson declinó la invitación de entregar un premio, temiendo, según algunos enemigos, que fuera abucheado, aunque desde luego el domingo rió el último: pese al vapuleo de la crítica, su sangrienta versión de las últimas doce horas de Cristo había recaudado en cinco días 118 millones de dólares. También los matrimonios homosexuales y la Casa Blanca fueron centro de sus bromas: Williams y Crystal comentaron que parecían «una tarta nupcial de San Francisco». La ironía de Crystal también se cebó en el desempeño militar de George W. Bush. El actor agradeció a la Academia que le dejaran ir y venir a presentar los Oscar, que fueran tan gentiles como la Guardia Nacional de Texas, y mostró su extrañeza de que después de 13 años -los años que tenía Keisha Castle-Hughes, la aspirante más joven a un Oscar como mejor actriz- siguiera Bush en la Casa Blanca, hubiera salido el país de una guerra en Irak y la economía estuviera estancada: un eco del padre del actual presidente.

Más afilado estuvo Errol Morris, que se quitó la espina que tenía con la Academia al obtener el domingo un merecido Oscar por su excelente «The fog of war». Para el documentalista que enfrenta al ex secretario de Estado Robert McNamara con los fantasmas de Vietnam, dijo que al igual que entonces, el país se encuentra en el agujero de una guerra ignominiosa. Fue el momento más abiertamente político de la velada, que transcurrió sin grandes emociones, ni siquiera cuando los artífices de «Invasiones bárbaras» obtuvieron con todo merecimiento el Oscar a la mejor película extranjera o cuando Sofia Coppola agradeció su premio al mejor guión original y evocó a su familia y a la inspiración de directores como Antonioni.