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Álex de la Iglesia: «Yo prohibiría los domingos y negociaría dos sábados»

Le conocemos un día que, según su testimonio en Twitter, se ha puesto a hacer limpieza, cercado por periódicos de los 90 y calcetines con vida propia

Álex de la Iglesia: «Yo prohibiría los domingos y negociaría dos sábados»
Álex de la Iglesia, en un momento de la entrevista - isabel permuy
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¿ES usted tan guarro como pretende?, preguntamos educadamente. Y educadamente Alex de la Iglesia contesta que sí. Añade que entiende y «perdona mucho» la dejadez aguda en los demás. ¿Entonces es posible mantener una relación íntima con él sin ducharse ni lavarse los dientes?, indagamos. Responde enfático: «Facilita mucho la relación poder ser un cerdo con tranquilidad». Aunque matiza que prefiere ser un cerdo él y que la otra parte se mantenga pulcra.

Bien empezamos, y mejor seguimos: «El domingo es el peor momento de la semana y del hombre, todo se para, todo se cierra, y te encuentras contigo mismo, con todos tus defectos y carencias». Vaya. ¿Y eso es malo? «Pues sí, para mí no es un día de descanso sino de angustia y depresión; yo prohibiría los domingos, e intentaría negociar a cambio dos sábados».

Le recordamos que la tarde del domingo es el momento elegido por muchos españoles para ir al cine… «Lo sé, y me parece fantástico, pero yo prefiero ir el viernes por la noche», se enroca. A los diez años dejó asimismo de ir los domingos a misa, aunque a veces lo echa de menos. No por la misa en sí sino porque «antes de ir mi padre ponía música clásica y góspel, y esto era una costumbre sana, como ir a por pasteles para la comida».

Sin misa, sin góspel y sin pasteles, Álex de la Iglesia se hunde a plomo en el terror dominical a la nada. Sobre todo al caer la tarde, cuando acaece el «encontronazo con el no-ser, con el máximo sinsentido». ¿Se refiere al fútbol?, preguntamos en alas de la intuición. Pues sí: «No entiendo el fútbol». Lo considera «un espectáculo absurdo», particularmente visto por la tele, y acrecienta su angustia más aún si cabe «saber que no participo en algo en lo que participa todo ser humano, en especial todo hombre, es como un hándicap muy grande a mi heterosexualidad». Se debate entre lamentarse por no ser como los demás y presumir de que «en gran medida soy lo que soy por no haber jugado al fútbol de pequeño». Asegura que en su clase solo había tres niños que no jugaban al fútbol, y que los otros dos se suicidaron.

Resumiendo, que odia los domingos por todo. Lo único que salva son los ratos que pasa con sus hijas de 8 y 10 años en fines de semana alternos (es padre divorciado) y alguna salida nocturna, «aprovechando que esa noche está todo vacío y no te encuentras a nadie».

Ahora que Álex de la Iglesia ya nos ha revolcado todo lo que ha querido en el estruendoso tsunami de su personaje, buscamos un momento de calma para decirle que en conjunto nos parece una persona muy feliz. Se ríe como un niño pillado en falta. Le arrea un manotazo a su teléfono móvil cuando suena, que por cierto suena con la música de «Psicosis». Poco a poco sus ojos (los tiene hermosos y serios, como la voz y las manos) se aquietan y ahondan. Asoma un ser tan gamberro como trascendente.

«Yo es que me angustio muchísimo», matiza lo de ser feliz, «y lo peor es que me angustio con tonterías». No tiene problema con las desgracias verdaderamente graves, «a ese nivel lo llevo bien, soy bastante sensato» -¿como la protagonista de «Melancolía», de Lars von Trier?-, en cambio se puede desmoronar «ante un simple comentario, una mirada o un tuit, algo nimio».

Reflexionamos juntos si esa hipersensibilidad a la microdesgracia no será un daño colateral de la empatía. Uno da de sí películas e historias porque ve lo humano con mayor definición que otros, y sobre todo porque se proyecta constantemente en ello, pero claro, vivir así, tan proyectado, agota. Te hace más vulnerable a la geometría variable de los demás. «Alguien hace un solo gesto y yo inmediatamente construyo un mundo», gime, «a veces me emparanoio yo solo hasta niveles muy, muy obsesivos».

«Entonces cuidado conmigo, por favor no me habléis, no me toquéis ni me digáis nada, que hay explosiones en cadena en mi interior», concluye, no resignándose a no acabar dando miedo. Tranquilo, le decimos: usted no es satánico -ni de Carabanchel-, es la vida, que es así. Y él, suspirando con toda su alma: «Ya».