el burladero

Muros de ayer y hoy

Cuando Europa celebra que hubo muros que cayeron, otros se empeñan en reverdecer tenebrosos pasajes de su historia más sombría

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Parece mentira, pero hace de aquello veinticinco años. Creo que en Europa sólo De Gaulle había sido lo suficientemente valiente para anticipar el fracaso del comunismo y la caída, ladrillo por ladrillo, de los regímenes del Este, en los años sesenta, que es cuando tenía mérito, y no cuando se veía la carcoma de los sistemas absurdos, dictatoriales e inútiles de más allá de Berlín. Hermann Tertsch lo ha descrito a lo largo de todos estos años con precisión de relojero. Recuerdo cada una de sus crónicas sobre el derrumbe de los fantoches socialistas que manejaron al capricho de Moscú las vidas de los pobres desgraciados de aquellos lares. Los relatos acerca de la caída y muerte de los Ceauscescu, por ejemplo, desde los tumultos de Timisoara hasta las revueltas de Bucarest, son historia del periodismo europeo, español. Muchos creían en su buena fe que aquello no iba a ocurrir nunca: estaban convencidos de la viabilidad de sistemas centralizados, liberticidas, planificadores de la realidad como si esta no dependiese del libre albedrío de los hombres. Eran artificiales operativos de felicidad programada que sólo fueron capaces de distribuir miseria y terror a partes iguales. Como es sabido, el error de un portavoz alemán oriental precipitó la masiva presión de berlineses sobre las inexpugnables y asesinas fronteras de cemento con las que se simbolizaba la división de Europa. Egon Krenz, sucesor agónico del malvado Honnecker, no tuvo más remedio que autorizar la apertura de lo que ya estaba abierto por la presión popular, con lo que la llamada República Democrática de Alemania se disolvió como un azucarillo en el caliente café de la libertad. Todos los que apenas unos meses antes seguían defendiendo la rocosa firmeza de los sistemas comunistas del Este no tuvieron más remedio que aceptar a regañadientes su derrota; buscando, eso sí, todo tipo de excusas para justificar el fracaso palmario de sus ideales.

Veinticinco años después nadie en su sano juicio quisiera volver a aquella tragedia colectiva que fue el comunismo en la Europa sojuzgada por Stalin y sus continuadores en el Oriente continental. Un puñado de nostálgicos reivindica cada cuanto la vida placentera que para ellos significaba un régimen de privilegios, pero nadie les hace caso. Es la Europa occidental, la que se libró del martillo socialista gracias a los soldados de la libertad, americanos, franceses, ingleses fundamentalmente, la que alberga el renacimiento de un leninismo arcaico, una rabia bolchevique, absolutamente paradójica en pleno siglo XXI. La pobre República española, sometida a tensiones extremistas desde ambos lados del arco ideológico, pudo caer del lado estalinista. Ello no ocurrió y sobrevino un régimen como el franquista que, evitando una dictadura comunista al servicio y gloria de la práctica soviética, instauró un régimen autoritario no solventado hasta que la biología hizo su trabajo. La Transición hizo el trabajo pendiente a mediados del siglo anterior y puso en marcha España cuando quedaban veinticinco años para traspasar las fronteras del siglo XXI. Cabe poca discusión acerca de ello.

Hoy, veinticinco después de derribar el hormigón que hería a Europa como una cicatriz retráctil, hay fuerzas políticas empeñadas en levantar muros tanto físicos como ideológicos. Desde aquellos que padecen la ensoñación de un nuevo orden justiciero basado en igualitarismos estériles, hasta aquellos otros que aspiran a elevar hormigones de separación en territorios y personas que llevan viviendo juntos desde hace muchos más años de los que su memoria cultural puede evocar. Resulta sarcásticamente doloroso que cinco lustros después haya quien quiera que Europa viva una extirpación quirúrgica absolutamente absurda y contraproducente en función de aspiraciones decimonónicas y supuestos beneficios delirantes más propios de egoísmos infantiles que de análisis serenos de conveniencia.