Tras una mala experiencia con su primer hijo, Fernando no vacunó al siguiente
Tras una mala experiencia con su primer hijo, Fernando no vacunó al siguiente - ángel de antonio
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«Hay gente que no entiende nuestra decisión de no vacunar a nuestra hija»

Varias familias explican que les llevó a no poner las vacunas a sus hijos

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La alerta suscitada por el niño de Gerona no vacunado y que supone el primer caso de difteria en 30 años en nuestro país ha motivado que muchas familias se planteen la siguiente cuestión: ¿Cuáles son las razones por las que algunos padres deciden no vacunar a sus hijos? Algunas familias no lo cuentan.

Federico Sánchez

Federico Sánchez y su mujer tienen una niña de siete meses. No la han vacunado. Detrás de esta decisión hay una historia de la que la niña es completamente ajena. «En diciembre de 2013 nació nuestro primer hijo y nos sentimos pletóricos cuando nos dijeron que era completamente sano. Decidimos vacunarle tal y como se indica en el calendario médico —apunta este padre—. A los siete meses percibimos que tenía falta de tono muscular, pero no le quisimos dar excesiva importancia, siguiendo las recomendaciones de los médicos. Al poco tiempo de ponerle las segundas vacunas, el niño comenzó a tener espasmos».

Le hicieron pruebas e investigaron qué le estaba ocurriendo. «Fuimos atando cabos de esos pequeños síntomas que sufría y que los médicos no daban importancia y sospechamos que la causa estaba en las vacunas. Nos había tocado "la china". A través de nuestro abogado nos confirmaron que la ficha técnica de la última vacuna que pusieron a mi hijo tenía un 200% más de hidróxido de aluminio de lo declarado. El pequeño murió en octubre de 2013. Tenía dos años y diez meses».

Federico, que ahora es presidente de la Asociación de Afectados por las Vacunas, confiesa que a su segunda hija no la ha vacunado. «Tengo mucho miedo a pasar otra vez por lo mismo que pasé con mi primer hijo. Sé que está expuesta a coger más enfermedades, pero prefiero curar a prevenir, a menos que tuviera la certeza de que con la vacuna no sufriría ningún daño».

Este matrimonio no aconseja ni desaconseja a ningún padre que vacune a sus hijos. «Es una decisión muy personal y en asuntos de salud cada uno debe tomar sus propias decisiones porque los hijos están por encima de todo. Hay gente que no entiende nuestra decisión de no vacunar porque no sabe lo que hemos pasado con nuestro primer hijo». A pesar de lo ocurrido, «sigo confiando en los médicos. Parto de la base de que siempre actúan de buena fe pero, sinceramente, creo que no tienen toda la información necesaria y completa sobre la composición de las vacunas y se fijan en los prospectos, pero no en las fichas técnicas».

Fernando, padre de Daniel

Tampoco lo hizo Fernando. Su hijo Daniel nació sano, y tuvo un desarrollo normal «hasta que recibió la vacuna de los 18 meses», cuenta. «Aproximadamente entonces paró también su desarrollo neurológico. A día de hoy tiene 18 años y una edad mental de dos». Coincidencia o no, fue a raíz de aquella inyección prevista en el calendario vacunal de 1999 de la Comunidad de Madrid cuando el bebé «comenzó a hacer cosas extrañas, a tener la mirada perdida, a sufrir convulsiones, crisis epilépticas... Y se confirmó un diagnóstico, irreversible, de Síndrome de Lennox-Gastault».

Esto fue lo que llevó a sus padres, en connivencia con su pediatra, a no seguir con el resto de vacunas previstas ni con él, ni con su hermana Carmen, dos años menor. «Este profesional no podía asegurar la relación entre un suceso y otro, pero reconoció sus dudas. Le pareció razonable que no quisiéramos correr el mismo riesgo con la niña».

Maricarmen y sus cuatro hermanos, sin vacunas

Tras el caso de Maricarmen también hay una mala experiencia previa. «Mi hermana murió a los pocos días de recibir la vacuna de la meningitis, y mi madre decidió no vacunar a ninguno de los cuatro hermanos que veníamos detrás», cuenta. «A los diez días le empezaron a salir bultitos de pus, y en veinte días se fue», recuerda esta mujer que le contaba su progenitora. «Tras esta pérdida ella decidió no seguir con el calendario establecido en la época con el resto de sus hijos».

A sus 48 años, Maricarmen piensa que ya no tiene sentido ponérselas. De hecho, sólo ha tenido miedo de coger una rubeola cuando se quedó embarazada. Pero, sin embargo, cuando sus hijos nacieron no dudó en cumplir los calendarios establecidos.

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