ignacio gil
educación

Escuelas de filósofos para niños de 5 años en adelante

El objetivo es recuperar los valores perdidos trabajando con grupos de alumnos

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Igual que sabemos que los nativos digitales utilizan las nuevas tecnologías mejor que los adultos y que la única manera de ser completamente bilingüe es aprender el idioma desde la primera infancia, también es cierto que los niños son como esponjas con las habilidades que trabajan. Con esta premisa, el Colegio Brains (Madrid) sopesaron ofrecer una clase de Filosofía para niños a partir de cinco años, mucho antes de lo que indica el curriculo como oficial, y se encontraron con una avalancha de solicitudes por parte de los padres. «Nos parece importante que los niños mantengan y fomenten toda su vida cualidades innatas tan valiosas como la capacidad de asombro, la creatividad, la curiosidad y la honradez de sus planteamientos y actuaciones», explican desde el centro.

Así nació esta Escuela de Filósofos, que persigue el ambicioso objetivo de recuperar los valores perdidos a través de la Filosofía, trabajando con grupos a partir de 5 años. «Aun siendo muy pequeños, los niños están capacitados para analizar de forma racional sus expectativas, miedos y sentimientos. A través de la Filosofía y el dialogo con sus compañeros, se plantearán como piensan y actúan los demás, para llegar a sus propias conclusiones. Como a esa edad todo es cuestionable, incluso las personas que son en ese momento, el cambio se produce de forma natural, y les dota de competencias que muchos adultos no llegarán nunca a asimilar», explica Sergio Díez, profesor de esta asignatura del Colegio Brains.

A su juicio, en estas clases los niños aprenden a dialogar desde la honestidad como punto de partida, a ser consecuentes con lo que dicen, a aceptar y valorar las opiniones de los demás como principio de negociación y a aplicar en su día a día competencias como la empatía, la asertividad, el liderazgo o el respeto. «El primer objetivo —comenta este maestro—, es que el alumnado aprenda a pensar por sí mismo. Para ello, trabajamos en primer lugar la observación: debemos aprender a mirar, aprender a ver las cosas tal y como son, despojados de prejuicios impuestos desde el exterior. El código con el que definimos el mundo es aprendido, y con nuestros niños y niñas jugamos (el juego es fundamental) a crear nuestras propias definiciones basadas en la razón y construidas en la argumentación. Aprendemos, como consecuencia, a rechazar dogmas, practicando la escucha y el diálogo».

Valores y competencias para la vida

En este sentido, desarrollan su segundo objetivo: «Estimular en nuestros alumnos el conocimiento de sí mismos y de su entorno», apunta Díez. «Trabajamos infinidad de temas que sirven como punto de partida para trabajar este objetivo; individuo y sociedad, violencia y no violencia, generosidad y egoísmo, felicidad e infelicidad... Tratamos todos estos grandes temas como si acabásemos de despertar de un largo sueño, como si tuviésemos que comprender molécula a molécula, para saber qué son, qué significan, si son o no válidos... y así integrarlos dentro de nosotros de manera honesta y coherente». La clase a la que asistimos estaba trabajando los pensamientos preconcebidos del hombre sobre la mujer, y viceversa, mediante preguntas cómo ¿qué crees que los niños piensan de vosotras? (a las niñas) y al revés, y sus sorprendentes respuestas, a menudo lejos de las que cualquier adulto pueda imaginar.

«El mundo avanza a tal velocidad que únicamente podemos intuir algunas de las exigencias que tendrán que cumplir los que hoy son niños y que representan el futuro de nuestra sociedad», apunta Díez. «Sin embargo, existe un elemento común sobre el que siempre merece la pena invertir y que asegura la construcción de un mundo mejor: los valores y la competencias para la vida», concluye.

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