Entrada del edificio donde se encontró el cuerpo de la joven, en el distrito de San Blas-Canillejas
Entrada del edificio donde se encontró el cuerpo de la joven, en el distrito de San Blas-Canillejas - José Ramón Ladra

Azucena, una vida truncada por inhalación de amoniaco y lejía

Los sanitarios le practicaron reanimación durante más de media hora, pero no pudieron hacer nada por salvar la vida de la joven

MADRIDActualizado:

«No puede ser, tiene que ser mentira», gritaban ayer en las escaleras del número 14 de la calle de San Herculano los familiares de Azucena. La joven, de 30 años y nacionalidad española, había muerto horas antes en su vivienda por una fuerte intoxicación.

Al parecer, era una obsesa de la limpieza, tarea a la que dedicaba varias horas al día. Azucena, que estaba sola en el domicilio, se empezó a encontrar mal tras dos horas fregando la cocina con una mezcla de lejía y amoniaco. Antes de terminar la tarea y hacer lo mismo en el baño, solo le dio tiempo de llamar, ya mareada y en mal estado, a Emergencias.

Cuando los sanitarios del Summa llegaron, la puerta de la vivienda estaba cerrada y nadie contestaba en el interior. Los agentes de la Policía Nacional decidieron derribarla. Fue entonces cuando se encontraron a lajoven tirada en el suelo. Tras más de media hora practicándole reanimación cardiopulmonar, solo pudieron confirmar la muerte.

Según las primeras investigaciones de la Policía y a falta de que se le practique la autopsia, la profunda inhalación del producto hizo que los pulmones se le encharcasen. El potente agente limpiador, combinado con la lejía, origina gas clorhídrico, una sustancia letal para el ser humano y que, en esta ocasión, terminó con la vida de Azucena.

«Mira que le decíamos que no limpiase así, que le iba a pasar algo», comentaban los familiares, sin poder creerse lo ocurrido.

En el piso cuarto derecha del barrio de Canillejas, la joven vivía con su padre, su novia y sus dos hijos fruto de una relación anterior que, en ese momento, no estaban en el hogar. Los pequeños se fueron el viernes de campamento a Albacete. «¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Cómo se lo vamos a contar a los niños?», lloraban, desconsoladas, sus tres hermanas. Azucena era la mayor de ellas. Las aceras de San Herculano se llenaron ayer de la tristeza de los familiares de Azucena, cuya vida se truncó en un instante sin que nadie lo esperase.