Wonenburger, durante la entrevista. - PARCERO
ENTREVISTA A CÉSAR WONENBURGER

«Espero que el festival dure más allá de este año»

El director artístico del Xacobeo Classics y del Festival de Amigos de la Ópera de La Coruña hace balance de una temporada marcada por el éxito

SANtiago Actualizado:

2010, un año pleno de música. En primer lugar, para hacer este Xacobeo Classics antes tuvieron que darse algunas premisas. No fue fácil ponerlo en marcha con poco tiempo. Hubo un encargo de la Xunta, hubo una confianza depositada del conselleiro Roberto Varela que fue toda una garantía por ser un político que sabe de lo que habla, y un equipo fantástico en el Xacobeo, de muchos gallegos que han vuelto después de trabajar fuera. Haber podido hacer este programa, contar con esa confianza política y ese equipo tan bueno, ha permitido hacer este festival.

¿Qué balance puede hacerse, a las puertas de que baje el telón de esta temporada? El Xacobeo Classics ha tenido una ambición como yo creo que no ha tenido otro festival de música en Galicia, por la oferta desestacionada, en todo el año, llevada a toda la Comunidad, con tal volumen de conciertos y la presencia de primeras figuras, con las que siempre te la juegas aunque tengas contratos firmados. Y luego darle la configuración general, abarcando estilos y épocas, con una importancia notable para la música gallega, hasta quince obras de compositores de la tierra. Todo ha funcionado muy bien.

¿En cifras redondas? Al final vamos a ofrecer casi 50 conciertos, 35.000 espectadores en toda Galicia y llenos en casi todos los conciertos. Pero sobre todo, lo importante ha sido devolver a la Comunidad al circuito de la música internacional. En la medida de que nos hemos ido dotando de instituciones propias, hemos ido perdiendo el contacto con la música de fuera, sus grandes orquestas y solistas, y ese es un espejo en el que tenemos que mirarnos para saber si estamos en el nivel adecuado.

¿Qué tiempo tuvo para organizar el festival? Tuvimos unas primeras conversaciones en la primavera del pasado año, pero el encargo oficial no surgió hasta septiembre y lo presentamos oficialmente el 4 de enero. Prácticamente, armamos el Classics en tres meses, cincuenta conciertos en ciudades distintas, públicos distintos y administraciones distintas. Uno de los logros del Xacobeo Classics es que hemos podido constatar que a pesar de las miserias cotidianas de la lucha política, hemos sacado adelante un festival que no ha tenido grandes problemas ni zancadillas. Es un modelo que deberíamos tener para todo. Con amplitud de miras se pueden hacer muchas cosas.

Y tenían el listón alto, porque en el anterior Xacobeo estuvo cantando en el Obradoiro un tal Pavarotti. Recuerdo aquel concierto, con mucha pena, porque era un Pavarotti muy mermado, pero había cosas importantísimas en Xacobeos anteriores. Pero entonces se organizaban cosas muy concretas, sin pensar en Galicia como un gran escenario o todo el año.

¿Ha quedado alguien por venir a Galicia? Quedó la posibilidad que barajamos en un principio y lo hablamos alguna vez con él, y lo llegó a meditar, que el «Parsifal» lo hubiera cantado Plácido Domingo. Estuvo a punto de hacerlo, pero tenía compromisos en esas fechas en tres continentes disintos, «Il Postino» en Los Angeles, tenía que ir a la Expo de Shanghai y en Europa coleaban sus «Simon Boccanegra». Era prácticamente imposible. Pero quedan las puertas abiertas para hacer cosas en próximas ocasiones. Le tiene mucho cariño a Galicia. Quizá en el futuro.

¿Hay opción de que Xacobeo Classics perdure más allá del Año Santo? Espero que sí. Una vez se pone en marcha una marca de este tipo y viendo que ha funcionado bien, consideraría una torpeza no seguir apostando por una iniciativa de este tipo. Las conversaciones que hemos tenido en ese sentido, parece que el conselleiro está por la labor, pero no perdamos de vista que el que viene va a ser un año complicado, aunque tengamos el 800 aniversario de la Catedral. Tampoco hay que ignorar que el Xacobeo ha aglutinado buena parte del patrocinio privado, y fuera de él, en Galicia no se si por haber carecido de una burguesía ilustrada pujante y una clase industrial con sentido de país, el mecenazgo privado es difícil de llevar hacia estas iniciativas, a pesar de que este año no tenemos queja. Si se pudiera garantizar unos patrocinios que tampoco deberían ser demasiado cuantiosos, sería una iniciativa a estudiar y seguir apoyando.

Si tuviera que quedarse con un momento de este año de música... Es muy difícil, porque ha habido algunos momentos increibles. Haber tenido la ocasión de traer por primera vez a Cecilia Bartoli, a Anne Sophie Mutter, la Misa en Si Menor de Bach con John Elliot Gardiner... Quizá por la significación, por ser la primera vez que se hacía, por el cariño con que se hizo, puede que el «Parsifal» fuese uno de esos momentos mágicos, y el estreno en España del «Guillaume Tell», con gente emocionada y que ha tenido unas críticas impresionantes en la prensa internacional.

Programar con recursos es fácil, pero sin ellos se exige inteligencia. Tampoco le ha ido mal en el Festival de Amigos de la Opera de La Coruña. Es una tarea heróica, casi. Cada año partes de cero, vamos subiendo un peldaño en la calidad de la programación. Pero de cara a las instituciones, acabas una temporada, por exitosa que sea, y no sabes que va a pasar el año siguiente. Es una cosa insólita que no pasa en ningún lugar de España, y ocurre con el decano de los festivales de ópera de nuestro país. Cada año hay que pelear las ayudas, las subvenciones... Pero eso no nos echa atrás, y siempre hemos tenido algún ángel de la guarda.

Aun sin grandes presupuestos pero traen a figuras de primer nivel. Nuestro plus es el trato cercano con los artistas, que casi pasan a formar parte de una gran familia. Para cumplir con todas los compromisos casi sentimentales que vamos adquiriendo tendría que estar al frente de un teatro que programase ópera todas las semanas. Hay artistas que nos dicen que van al Metropolitan de Nueva York, y se sienten casi como trabajadores de una fábrica, mientras que aquí se sienten tratados de otra forma, con cariño. Y eso tiene un retorno, porque hay proyectos que son los propios artistas quienes nos los plantean. Eso es lo más bonito de este trabajo.

¿Cuánto de ojeador se exige para este tipo de trabajo? Primero hay que confiar, porque hoy en día no puedes estar en todas partes. Tener personas que te puedan ayudar. Hay que contar también con tu intuición, pero también con una preparación musical sólida. Esta gente que nombran con masters en gestión y MBA... Soy muy escéptico. Mi mejor preparación fue haber asistido regularmente a la ópera desde los nueve años (estudiar música, claro), conocer las fuentes del canto como Schipa, Gigli, Ponselle, Muzio, y sobre todo tener curiosidad, estar vivo.

Un director artístico, ¿programa según sus fobias o siguiendo las filias del público? Cuando se programa con fondos públicos hay que ser respetuoso. Tiene que haber un retorno hacia el público. Me ha molestado mucho cuando he oído a personas con cargos de responsabilidad en La Coruña decir que «quien quiera oir a Rigoletto, que se vaya a Bilbao». Si se es un aficionado de a pie, que tiene su abono de tres óperas al año y esperas como agua de mayo esa temporada, como director tienes que medir sus y tus gustos. A veces se habla con mucha frivolidad del repertorio, eso que le gusta a la gente, y es lo que lleva programándose toda la vida. En esto hay también un cierto esnobismo. Para muchos, el repertorio es anatema, cuando es lo más difícil de hacer. Lo importante es la calidad y el equilibrio.

Casi ya no le pregunto por Gerard Mortier... Creo que en Madrid no le está yendo demasiado bien, ha entrado como un elefante en una cacharrería. Le abuchearon el otro día en un concierto de Angela Denoke, algo que no es agradable para ningún director. El concepto que tiene Mortier de la ópera cuadra bien para la idea de un festival, lo fuera de lo común. Pero un teatro que tiene que abrir las puertas todos los meses, tienes que conocer bien al público. Él parte de la base de atraer un público nuevo, joven. Yo siempre lo digo: la mejor forma de iniciar a un joven en la ópera es con una extraordinaria representación de «La Boheme» o «Rigoletto», por dar dos títulos de repertorio. Y a partir de ahí, uno va creciendo y avanzando. Pretender eso con el «San Francisco» de Messiaen o el «Moses und Aron» de Schoenberg, pues yo tengo mis dudas. Veo y palpo desequilibrio en la programación.

O sea, que la pedagogía a martillazos, como que no. No, no. La pedagogía es una cosa de tiempo, que en La Coruña conocemos bien, donde hay una larga tradición de ópera, con el trabajo de la Sinfónica, que acaba de cerrar una Tetralogía de Wagner en versión concierto con una extraordinaria acogida. Y antes de eso hubo un «Parsifal», y un «Lohengrin»... Las cosas hay que hacerlas poco a poco. Luego, uno mismo, como aficionado curioso, verá como se le despierta la curiosidad de conocer, pero eso se hace individualmente, es una búsqueda interior. Desconfío de quien quiere venir a enseñarme. En otros momentos de la historia pudo ser, pero con internet, youtube y la velocidad de circulación de la información, esa labor de pedagogía ya la hace uno por su cuenta.

¿Está suficientemente maduro el tema para fusionar los dos ciclos de ópera de La Coruña y hacer una temporada estable? Hay un punto que no logro descifrar. Tuvimos varias reuniones, hará cosa de año y medio, con José Luis Méndez como director general de Caixa Galicia, porque él veía ya esa opción. Intercambiamos opiniones, había buena sintonía sobre cómo y qué hacer, pero llegó un punto donde no fue posible avanzar. O hay alguien interesado en que no se haga o no lo sé. Igual deberían apartarse los personalismos y dejar que las cosas ocurran de una manera natural. No podemos perder el capital del festival más antiguo de España. Y por otro lado, el Mozart en los últimos años está dando tumbos buscando una personalidad perdida, y no la acaba de encontrar.