La acusada de asesinar a su hijo y encerrarlo en una maleta no padece trastornos mentales
Los abuelos maternos de César, el día del entierro de este menor - MIGUEL MUÑIZ

La acusada de asesinar a su hijo y encerrarlo en una maleta no padece trastornos mentales

Mónica llegó a avisar en Facebook de la comunión de César cuando ya el niño estaba muerto

ANA MARTÍNEZ
SANTIAGO Actualizado:

Cuatro pruebas periciales, las complementarias, e informes psiquiátricos. Es el compendio de la instrucción. El segundo examen practicado a Mónica Juanatey Fernández concluye que la joven distingue perfectamente entre el bien y el mal, es mentirosa compulsiva, no padece desequilibrios mentales ni trastornos, y sigue sin dar muestras de arrepentimiento. El abogado defensor, Carlos Maceda, deberá perfilar la estrategia que ejecutará en el juicio por el supuesto asesinato de un niño de 9 años, hijo de esta chica. La historia de su fallecimiento, con los datos que han trascendido, deja el vello como escarpias.

El pequeño era gallego y «otaku». Así se definía. En la maleta roja que guareció durante dos años y medio el cadáver de este crío, apareció un cómic de Naruto, el número 28; y un estuche (debajo del espacio reservado para la goma de borrar, había una inscripción, «ces r» seguida de dos iniciales, j. f.). Dos excursionistas encontraron el bulto en 2010. Agentes adscritos al Grupo de Homicidios introdujeron en las bases operativas que se emplean para estos casos la edad aproximada, a fin de comprobar si existía alguna denuncia de un menor desaparecido con estas iniciales y esos años, en España o el extranjero. No dio resultado. El enigma lo resolvió el SAF (Servicio de Atención a la Familia) de la Comisaría de Vigo. Un menor natural de Noia no tenía renovado el DNI y había estado escolarizado de 2002 a 2008. Llamada a los abuelos maternos: «Está con su madre en Menorca». Telefonazo a la madre: «Está con su padre y sus abuelos en Galicia». Con 30 años, Mónica estaba escribiendo el primer renglón de su vía crucis.

Último año en su pueblo

El curso 2007-2008 fue el último que César pasó en el colegio Felipe de Castro del municipio coruñés de Noia, donde estudió desde 2002. No se perdía las clases, salvo por causas de fuerza mayor. Todas las veces que el centro había requerido la presencia de sus tutores legales, para hablar de su rendimiento escolar —un procedimiento habitual— allí estuvieron su abuela materna, la madre y, al menos en una ocasión, el joven que lo reconoció legalmente como hijo. En vacaciones, él sabía que se acababa madrugar. A sus 9 años, dado su carácter alegre y pizpireto, solo quería jugar y dedicar tiempo a sus hobbies. Como sus compañeros.

En ese momento, vivía con María y Víctor, los padres de Mónica Juanatey Fernández, la joven que le dio la vida en un hospital de La Coruña. Su día a día en este domicilio era normal, en un ambiente estable, ordenado, sereno. Antes había residido con Alberto, el chico que lo registró, y, por esas fechas, el último novio oficial de su madre, con el que incluso llegó a tener planes de boda aunque al final se truncasen. El 1 de julio César voló solo a Mahón. María, la abuela, que muchas veces pensó en pedir la custodia, siempre entendió que con quien mejor debería estar un crío es con su madre. En Mónica veía que no estaba preparada, que debía modificar su comportamiento y que no atendía a razones. Pero Mónica reclamó al crío.

Se lo llevó a la casa en la que convivía con su recién estrenado compañero sentimental, Víctor, al que había conocido por internet. «Tita, tita, tía». Así reclamaba César su atención. Tenía órdenes estrictas de comportarse como si fuese «el sobrino». Allí no hubo discusiones ni malos tratos. El chiquillo veía la televisión con ellos y, en sus ratos de ocio, disfrutaba con sus tebeos, juegos y cromos. Víctor, natural de Andalucía y de profesión guarda jurado, no sabía que su chica era madre soltera. «Ella era alegre y cariñosa con él, lo trataba bien. Yo sabía que ya había estado bajo su cuidado en Galicia y no sospeché nada. Lo quería», contó cuando todo saltó a la luz. Pasó doce días con César, luego ya no lo encontró al volver a su hogar. Fue entonces cuando preguntó. Ella le contestó que había vuelto con los suyos. Él siguió interesándose por el chaval, hasta que apareció la mentira: «No me preguntes más porque murió en un accidente».

Cambio de domicilio

Una serie de circunstancias y de casualidades convergieron para hacer posible que el asesinato no fuese descubierto en mucho tiempo. En el colegio donde había estudiado César no encontraron sospechoso que ningún centro escolar de Menorca hubiese reclamado su expediente. Lo habitual, cuando un alumno deja una escuela, es que cuando se matricula en la siguiente, ésta se ponga en contacto con la anterior para solicitar todo el papeleo. Pero no siempre se hace, principalmente los privados. Los abuelos maternos tampoco presagiaban nada. Seguían enviándole regalos a César, desconocedores de la verdadera y trágica realidad. Nunca hubo una devolución expresa. Sí casos en los que llegó el envío, con el aviso «desconocido». Mónica se había mudado, sin comunicarlo. Tampoco era extraño, dado que había decidido cortar lazos con su familia. Cuando estaba con ellos, únicamente la presencia de su padre mitigaba las peleas y discusiones. Así que este percance no sirvió para conjeturar.

Por Facebook, contaba esta gallega como los dos iban pasando el verano. Escribía a su prima y a una amiga: «Yo ando bastante liada preparando nuestras cosas para irnos a Mallorca. Cuando esté allí ya mandaré fotos de los dos», «César está yendo a clases de verano, y así me ahorro un poco la pasta de la canguro. Nos vamos para la semana. Cuando esté allí ya te avisaré», «El niño está bien, aprendiendo catalán para que no coja mal el curso». En noviembre de 2008, se inventó su Primera Comunión. Y al siguiente invierno, el de 2009, a su casa de Noia llegó, a través de su prima y confidente, una foto del niño riéndose y pasándoselo en grande. La cara se veía poco, tal y como estaba sacada.

Engaños constantes

En Baleares, Mónica trabajó en una panadería, en el aeropuerto y en una empresa de limpieza. A sus últimos compañeros les había relatado una experiencia terrible, según explicaron ellos mismos, «que sus padres habían muerto con su sobrino en un accidente». Intentaron apoyarla, parecía muy sensible con el tema. Ella salía con ellos a tomar cafés, pagaba, y les daba consejos. La veían una persona «sensata». No lo creían así algunos de sus parientes: «Siempre fue a su bola, miraba por su interés, lo primero era que ella estuviese bien. Tuvo varios novios, llegó a rumorearse incluso que había tres posibles padres, su ex Iván; el siguiente, Alberto; y un restaurador noiés», cuenta uno de ellos a ABC. ¿Nunca aclaró esta duda? «No —responde—, podías preguntarle pero... Depende como la pillaras. Decía que era su hijo y punto, y que nadie tenía que saber quién era el padre. Se reía, le divertía eso», alega.