Courtney Barnett, durante su actuación en Barcelona
Courtney Barnett, durante su actuación en Barcelona - EFE

Courtney Barnett y Erykah Badu, traspaso de poderes en el Primavera Sound de las mujeres

La primera jornada del festival, con artistas como Nas, Guided By Voices o Christine & The Queens, empezó a formalizar el cambio de rumbo de la cita barcelonesa

BarcelonaActualizado:

A mayor velocidad, ya se sabe, mayor riesgo de descarrilar y también de acabar arreándose un sonoro trompazo. Quizá por eso el cambio de piel del Primavera Sound, ese quítame un poco de indie guitarrero de aquí para poner unos ritmos urbanos y latinos allá, no sea tanto un tirarse a la piscina en bomba y con carrerilla como un ir tanteando poco a poco la temperatura del agua antes de sumergirse con cierta cautela. Puede que el sábado, cuando le llegue el turno al ritmo y la sabrosura de J Balvin y Rosalía, al festival barcelonés apenas se le reconozca, pero ayer, en la primera jornada de pago en el recinto del Fórum, lo que se vio fue lo más parecido a una noche bisagra. Un retrato conjunto de lo que fue el festival y de lo que quiere llegar a ser en el que se apiñaron, felices y sonrientes, desde unos despendolados Guided By Voices por los que no parece pasar el tiempo (menos aún por canciones como «I Am A Tree» o «Game Of Pricks») al frenesí rítmico de Danny Brown, todo bajos gomosos y machetazos rap encajados en samples de Lou Reed y Daft Punk.

Detalle de la actuación de Christine & The Queens
Detalle de la actuación de Christine & The Queens - Efe

Antes de eso, Christine & The Queens, embajadora del nuevo chic francés, ya hizo lo suyo por arrastrar al público a la pista de baile con una aeróbica y coreografiada sesión de funk ochentero y espejado. Groove infeccioso con cinco bailarines en escena y lluvia de confeti con el que el festival empezó a parecer, ahora sí, otra cosa. El guante lo recogió a pocos metros (y con algo de retraso) el rapero estadounidense Nas, cuyo regreso a Barcelona dejó pequeño el escenario Ray-Ban y apuntaló esa apuesta por la música negra que viene haciendo desde hace años el festival y desde la que ha empezado a explorar otras latitudes sonoras. Sobre el escenario, y mientras el neoyorquino disparaba rimas, una batería reforzaba las bases, el DJ se entretenía lanzando samples de Eurythmics y todos juntos preparaban el terreno para Erykah Badu y Future.

Erykah Badu, durante su actuación en Barcelona
Erykah Badu, durante su actuación en Barcelona - EFE

Con la diva tejana, de hecho, el festival contuvo el aliento y casi se acaban ahogando a fuerza de esperar que aquello arrancase. Y es que a la autora de »Baduizm», magnético estandarte del neosoul, le costó lo suyo desperezarse mientras la banda se enredaba en pasajes de jazz cósmico. Eso sí: para cuando llegaron «I Want You» y «Love Of My Life» quedó claro porqué la estadounidense se ha convertido en una de las voces imprescindibles del soul contemporáneo. Pinceladas funk y virutas soul que quizá supieron a poco, sí, pero que encarrillaron un cambio de rumbo al que los neoyorquinos Interpol llegaron para oficializar el traspaso de poderes. Se arrancaron con «C’mere», tiraron con ganas de retrovisor y volvieron a hacer valer el sombrío y ceñudo poderío eléctrico de himnos como «Evil» y «PDA». Como siempre, sí, pero en formato XXL y sonando como nunca.

A media tarde, Stephen Malkums se había hecho querer una vez más en el escenario Primavera con sus canciones despeinadas y canosas y ese candor desastrado que viene arrastrando desde los días de Pavement, mientras que, entrada ya la noche, Courtney Barnett firmó una de las actuaciones más memorables de la jornada. A la australiana le bastó con exprimir a conciencia el formato power trio y servir como un cohete canciones como «I’M Not Your Mother, I’m Not Your Bitch», «Nameless, Faceless» y «Pedestrian At Best» para reivindicarse como superdotada y crispada renovadora del rock de autora y aventajada pupila de los Modern Lovers...

¿Más imágenes de este cambio de guardia? Veamos: Big Thief estrenando el césped artificial de la explanada también conocida como Mordor con sus melodías playeras y su suave desgarro; la liturgia pop de Mac DeMarco y su botella de vino; el despendolado y aflautado karaoke de Charli XCX (con visita sorpresa de Christine & The Queens incluída)... El espectro musical, no hay duda, seguirá ampliándose, pero de momento lo que ya ha crecido es el aforo –de las 60.000 del año pasado a las 64.500 de este–, la ornamentación vegetal e incluso los estímulos extramusicales. Ahí están, por ejemplo, la tienda de ropa cortesía de uno de los patrocinadores con la que uno se topa nada más acceder al recinto o los cuatro miniapartamentos creados por otro patrocinador que permiten (sic) «vivir el festival con la comodidad del hogar». Cosas veredes para un festival en clara expansión.