José García Domínguez - Punto de fuga

Identidades que matan

Todo sería mucho más sencillo de entender, admitámoslo, si los asesinos de Ripoll no hubieran salido de Ripoll

José García Domínguez
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Todo sería mucho más sencillo de entender, admitámoslo, si los asesinos de Ripoll no hubieran salido de Ripoll. Pero salieron de Ripoll, no de remotas planicies en Irak, perdidas cordilleras en Afganistán o humeantes campos de batalla en lo que aún quede a estas horas de lo que un día fuera Siria. Los feroces asesinos de La Rambla no incubaron su odio contra todos nosotros en otro continente, a miles y miles de kilómetros de la Plaza de Cataluña, sino a media docena de paradas de la ruta del autocar de línea de la compañía Alsina-Graells. Y esa dimensión estrictamente local y doméstica del horror, admitámoslo, complica las cosas. Y las complica porque ya no se puede hablar de choque de civilizaciones ni de ningún otro gran enunciado teórico por el estilo cuando la distancia física que media entre víctimas y verdugos se puede recorrer en un vulgar y prosaico autocar comarcal.

Porque no es fácil comprender cómo todo ese inmenso caudal de ira puede alojarse en unas cabezas donde, en la inmensa mayoría de los casos, no suele haber mucho más que el poso que hayan podido dejar los titulares de la prensa deportiva, unos cuantos cómics y acaso alguna que otra revista porno. Los que no surgen directamente del lumpen, ese submundo suburbial de la pequeña delincuencia asociada al trapicheo con el alucinógeno que se tercie, suelen ser abonados más o menos crónicos a las distintas variantes de la caridad institucional que ofrecen las administraciones públicas. En el mejor de los casos, ocupantes de empleos sin horizonte que nadie más quiere ejercer, los que por norma abocan al último escalón de la pirámide social. No, no son eso con lo que tanto fantasean, airados hijos del Islam en combate contra los cruzados, sino pobres desgraciados en desesperada búsqueda de una identidad personal de la que no tener que avergonzarse. Ferran Sáez Mateu lo ha llamado alguna vez «las identidades tristes» . Tan tristes que pueden matar.

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