Fernando Conde - Al pairo

Margarita

«Ella siempre ha sido una obrera que vota en conciencia a la izquierda, pero así las cosas, en las próximas va a pensárselo…»

Fernando Conde
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Margarita vive en una ciudad de más de cincuenta mil habitantes. Podría ser León, Salamanca, Zamora, Palencia…, pero pongamos que hablo de Valladolid, que diría Sabina. Cuando Margarita accedió al mercado de trabajo, hace ahora doce años, encontró curro como dependiente en una tienda del centro. Lo suyo hubiera sido que también encontrara piso por la zona, pero entonces -ahora también- la zona era prohibitiva y su situación económica -Margarita es abonada vitalicia al mileurismo, salvo «primitiva» que lo resuelva- no le daba para otra cosa que hipotecarse en un pisito de nueva construcción a las afueras de la ciudad, en el extrarradio.

Como el barrio en el que Marga vive no tiene muy buen servicio de transporte público, decidió pedir un préstamo al banco para adquirir un coche de segunda mano. Uno con apenas cuatro años, pequeño para poder aparcarlo con facilidad al otro lado del río -Marga no es residente ni tiene un garaje en propiedad en el centro- y diésel, porque España siempre ha apostado por este combustible y ha fomentado políticas para la adquisición y uso de motores de gasóleo. Y así lleva la pobre mujer más de una década, yendo con su coche a trabajar, aparcando a un par de kilómetros de la tienda y haciéndole los cambios de aceite y ruedas pertinentes a su -también pobre- utilitario, para que le dure muchos años.

Marga lleva tiempo pidiéndole a su jefe un aumentillo de sueldo, pero el jefe dice que con estas políticas municipales el centro cada vez está más desierto, que hay un montón de locales vacíos y que, gracias a que el suyo es en propiedad, puede mantener la tienda abierta… de momento. Pero que no cree que pueda aguantar más allá de 2023 cuando prohíban a la mayoría de los coches acceder al centro. Para entonces ya no habrá contaminación en el centro porque no habrá tampoco quien contamine, sentencia cáustico.

A Marga se le amustia el ánimo cuando escucha las razones de su jefe y piensa eso de virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Pero ella sabe que su trabajo está en la cuerda floja, que con su coche ya no podrá tampoco recoger a su madre impedida, que vive en un apartamento pequeño en la zona de exclusión, y que, salvo milagro, su vida a partir de 2023 será mucho más dura de lo que ya es. Ha pensado escribir una carta al alcalde, pero para qué. Está segura de que a él estos problemas no le afectan. Marga siente que en poco tiempo se verá abocada a la desesperanza. Ella siempre ha sido una obrera que vota en conciencia a la izquierda, pero así las cosas, en las próximas va a pensárselo…

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