Análisis

Y al final no había nada

La escasa manifestación de ayer en el Parlament fue un síntoma más de la demolición política y moral del independentismo, enfrentado y dividido y con la sensación de que cada uno ha intentado salvarse sin preservar ninguna unidad de acción

Salvador Sostres
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La frase exacta cuya fuente no puedo citar es que «Forcadell vomita odio» contra Puigdemont primero porque les hizo creer que la República lo tenía todo preparado para ponerse en marcha y segundo porque con su fuga a Bruselas ha empujado a los que se han quedado en España a la cárcel. Junqueras se enteró el lunes de que Puigdemomt se había fugado a Bélgica, de modo que la supuesta estrategia coordinada a la que el expresidente de la Generalitat hizo referencia es absolutamente falsa. El exconsejero de Sanidad, Toni Comín, nombrado por ERC, tuvo apagado el teléfono todo el fin de semana y el partido se enteró también el lunes de que había salido de viaje.

Desde las votaciones del Parlament del viernes no hubo un guión establecido para nadie y todo el mundo se dedicó a improvisar durante el fin de semana, sobre todo a partir del anuncio del presidente Rajoy de las medidas concretas que iba a tomar bajo el amparo del artículo 155.

Los que creían que las «estructuras de Estado» estaban preparadas para que la república catalana se pusiera en marcha y España dejara de tener capacidad operativa en Cataluña -Forcadell y los demás miembros de la mesa del Parlament entre ellos- se llevaron no sólo un mayúsculo desengaño al ver que por no haber no había preparada ni una simple fiesta de celebración de la independencia, sino el susto de su vida porque constataron que efectivamente tendrían que pagar por sus delitos, de los que tantas veces fueron advertidos por todas las instancias judiciales así como por el Letrado Mayor de la cámara cuya representación ostentaban y todavía ostentan.

La escasa manifestación de ayer en el Parlament fue un síntoma más de la demolición política y moral del independentismo, enfrentado, dividido y con la sensación de que cada uno ha intentado salvarse sin preservar ninguna unidad de acción. No es que el secesionismo haya perdido contra el Estado o que haya sido brutalmente reprimido por la acción violenta de un Gobierno despiadado: lo que ha sucedido es que una insólita mezcla de improvisación, incompetencia y provinciana confianza en el cuento de la lechera les llevó a todos a creer que eran los representantes de un pueblo enardecido, cuando en realidad los catalanes tienen sus vidas, sus familias y su trabajo y lo que alguna vez pudo parecerles simpático, por la promesa de que se basaba en «las sonrisas» y en la total ausencia de conflicto, les ha asqueado hasta el total rechazo cuando le han visto el circo, la boina y el cinismo y han acabado hartos de tanta impostura, de modo que ayer asistieron con mucha indiferencia y bastante alivio a que como siempre los malhechores hayan acabado ingresando en la cárcel.

Cataluña probó la aventura, como la prueba cada tantos años, y el viernes y hasta quizá unos días antes decidimos que ya era suficiente y volvimos a nuestros asuntos como Dios manda. Lo que quede de ruido, será no más que folclore sin importancia.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres