El nacionalismo es progresista

El nacionalismo es progresista

Un error «de libro» en el que han caído muchos de los tenidos por progresistas

AURELIO ARTETA
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He ahí una de las necedades de efectos más desastrosos para la ciudadanía de este país. Un error «de libro» en el que han caído muchos de los tenidos por progresistas. Delata una conciencia de culpa por una deuda imaginaria e inextinguible contraída con el nacionalismo a raíz de la represión franquista durante medio siglo.

Me estoy refiriendo al nacionalismo étnico, que es políticamente reaccionario. No parecen progresistas por antidemocráticos los partidos y proyectos que consagran la desigualdad en derechos de los sujetos por razones de tribu o raza. Tampoco lo serán los que defienden la prevalencia política de una comunidad particular de creyentes en su Pueblo sobre la comunidad general de la ciudadanía. O los que, por tanto, pretenden con arrogancia que el territorio que ocupan con otros es más suyo que de nadie y su lengua minoritaria debe ser la de todos. O los que asientan su programa en unos derechos colectivos (y del pasado) contrapuestos a los derechos individuales (y del presente).

Socialmente, ese nacionalismo étnico es conservador o de derechas. Lejos de adoptar por principio posiciones de izquierda, su insolidaridad básica secundará las contrarias cada vez que lo juzgue necesario. Incluso para el nacionalismo llamado radical toda causa de justicia social deberá subordinarse a la causa nacional; cualquier conquista de derechos igualitarios ha de esperar a que su nación conquiste primero la soberanía. Si la expresión «nacionalista de derechas» es una redundancia, la de «nacionalista de izquierdas» entraña una contradicción o requiere un acto de fe.

Aceptemos que, además del catalán o vasco, existe también un «nacionalismo español». Salvo casos contados, se trata hoy de un nacionalismo de carácter estatal, que celebra la pertenencia a un gran Estado, una larga historia unitaria y unas leyes comunes. Cierto que su riesgo radica en exhibir su orgullo frente a los demás Estados más que responder a las demandas de la justicia y la paz internacionales. Pero al menos no causará tantos daños a sus propios ciudadanos como el nacionalismo étnico. Y, sobre todo, frente al alicorto egoísmo de las pequeñas naciones, acierta al ver en nuestro Estado —y mañana en Europa— la comunidad política que encarna los valores progresistas de libertad e igualdad.