La pitonisa gitana que mató por dinero
Momento en el que los agentes hallan el bidón - abc

La pitonisa gitana que mató por dinero

A Ana María Martos la asesinaron tras estafarle 100.000 euros y la enterraron en un bidón. Apareció 9 años después

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«Mucho habéis tardado en llegar». Con estas palabras recibió José María Tarraguel a la Policía en su casa de Lloret de Mar (Gerona) el pasado 12 de junio. Les contó que sentía alivio después de ver cada día desde su ventana la tumba que él mismo excavó para Ana María Martos hace nueve años. La historia que desgranó cerró el círculo de la desaparición de esta enfermera catalana en enero de 2004. Nunca se había vuelto a saber nada de ella. Su madre repetía a quien quisiera oírla que su hija no huyó. «Yo no creo que esté muerta, creo que la tiene alguien». Tenía razón: la asesinaron tras engañarla.

Ana María Martos, enfermera en un centro de salud de San Feliú de Llobregat (Barcelona), tenía 32 años. Se había divorciado, estaba algo deprimida, había vendido su piso y había pedido préstamos a conocidos y a su exmarido (16.000 euros) para ayudar a un amigo especial, un argentino que tenía un concesionario de coches en Barcelona: Diego Ismael Felipoff. Nadie del entorno de Ana María conocía esta relación; también ignoraban dónde habían ido a parar los cerca de 100.000 euros de la venta de su casa. Y, por supuesto, eran ajenos a la peculiar actividad de la madre de Felipoff: Norma Beatriz Kuike, una pitonisa argentina, de etnia gitana, que encandilaba a sus adeptos. Lo hizo con Ana María, con Tarraguel y probablemente con muchas más víctimas.

El 18 de enero de 2004 fue la última vez que la familia tuvo noticias de la enfermera. La Policía de Barcelona la buscó, pero era mayor de edad y se dio carpetazo al caso, hasta que en febrero de este año se produce un hecho inesperado. La asociación de desaparecidos InterSos recibe dos llamadas anónimas desde dos locutorios argentinos. Un varón cuenta que a Ana la estafaron, la asesinaron y la enterraron por la Costa catalana.

«Mi tío está en una secta»

La Sección de Homicidios de la Comisaría General de Policía Judicial recibe la alerta y comienza a reconstruir los últimos pasos de la desaparecida. Averiguan que, tras la venta del piso, los muebles de Ana María se trasladaron a un domicilio de Premiá, que en esa época la vidente argentina compartía con un español. Más tarde, se hace cargo de las pertenencias José María Tarraguel, a quien la pitonisa tenía subyugado desde que la conoció echándole las cartas en Las Ramblas en 1996. Cada vez que le dolía la pierna, el estómago, que se sentía vacío (llevaba 30 años divorciado) Norma Beatriz lo «curaba» por el módico precio de entre 300 y 500 euros. La dependencia era tal que el pequeño constructor donó a la vidente una parcela contigua a su casa de Lloret en 2006 y esta se la vendió a su vez a un sobrino de Tarraguel por 90.000 euros. La argentina también engañó al comprador; no llegó a poner la finca a su nombre y cuatro años después la víctima solo pudo recuperar 30.000 euros. «Mi tío está en una secta», contó a los investigadores.

Fue en esa finca, en un desnivel que se ve desde la ventana de Tarraguel, donde se halló el cadáver de Martos. El hombre, a punto de jubilarse, se derrumbó ante los policías. «Me han arruinado la vida», se lamentó. Una noche de enero de 2004, su vidente llegó con Ana María en coche a la casa de Tarraguel. Él dejó a las dos mujeres en el garaje y un rato después, la chica yacía en el suelo en un charco de sangre. La pitonisa ni se inmutó. «No te preocupes que dentro de unos días vienen a por el cadáver». Dos días más tarde, allí seguía el cadáver de la desconocida.

Encarcelados en Argentina

El constructor le cubrió el rostro para no verla, introdujo a Ana María con su bolso y sus pertenencias en un saco de escombro y luego en un bidón, que rellenó de cemento. De noche, con su excavadora abrió el agujero, a unos metros de su vivienda. No la enterró mucho, aunque poco a poco la tumba se fue cubriendo de tierra: 180 toneladas, dos camiones completos. Ese es el volumen que hubo que remover durante 20 horas hasta dar con la infortunada, una vez que el georrádar de Luis Avial (el mismo del caso Bretón y ahora Marta del Castillo) reconoció el lugar. Horas después, eran detenidos en Argentina la pitonisa y el fingido enamorado: su hijo Felipoff. Ahora están pendientes de ser extraditados.