Fernando Alonso celebra su segundo título mundial, logrado en 2006
Fernando Alonso celebra su segundo título mundial, logrado en 2006 - EPA

Fernando Alonso: una estrella del deporte-industria

Piloto de carreras. Doble campo del mundo de Fórmula 1

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Para entender la dimensión de Fernando Alonso basta con obtener un pase premium del paddock de la Fórmula 1 y escrutar a los habitantes de los palcos VIP, los motorhome de las escuderías, los pasajeros que lucen palmito, sombrero o turbante por la pista en la salida previa a la carrera del domingo. Emires del Golfo Pérsico, primeros ministros, reyes de cualquier nación del mundo, presidentes de las multinacionales más reconocibles, estrellas de Hollywood y similares. La flora y fauna que domina los hilos del planeta se junta de vez en cuando junto a coches relucientes y vanguardistas que un día serán vehículos de calle para el pueblo, creaciones más adaptables para un quirófano que para un taller. Ese deporte, industria o como quiera llamarse, negocio en cualquier caso, lo dominó con puño firme un asturiano de 24 años que vivía en un cuarto piso sin ascensor.

Sucedió el 24 de agosto de 2003, la primera victoria de un piloto español en la Fórmula 1. Alonso ganó el Gran Premio de Hungría con 22 años a bordo de aquel inolvidable Renault azul. «Fernando Alonso hace historia», tituló ABC.
Sucedió el 24 de agosto de 2003, la primera victoria de un piloto español en la Fórmula 1. Alonso ganó el Gran Premio de Hungría con 22 años a bordo de aquel inolvidable Renault azul. «Fernando Alonso hace historia», tituló ABC.

Hay muchos pilotos de Fórmula 1 predestinados por la cuna. Su majestad el dólar es el sustento de este deporte y también el trampolín de tantos aspirantes a estrella que pasaron por caja para garantizarse un volante (Piers Courage, Pedro Diniz, Ukyo Katayama, Sakon Yamamoto o recientemente Lance Stroll). El padre de Fernando Alonso, José Luis, trabajaba como empleado en una fábrica de explosivos. Y los viernes hacía la maleta. Montaba el kart de su hijo en la ranchera del vehículo familiar, emprendía viaje desde Oviedo hacia Parma (Italia) y consumía los 1.659 kilómetros de un tirón (15 horas de trayecto) sin pestañear, mientras el pequeño Alonso hacía los deberes del instituto en el asiento de copiloto. Y el domingo, la vuelta.

El joven piloto ya había entendido entonces la necesidad que apretaba su proyección deportiva. Si ganaba, podía continuar porque afloraban patrocinadores y podía financiar los costes que exige el automovilismo. Si perdía o al menos no despuntaba, se quedaba colgado de un alambre económico, sin recursos para seguir en los karts. Pero Fernando Alonso ganaba, tocado por la varita de los dioses en unas manos prodigiosas y, sobre todo, dotado de una mentalidad superior. El éxito que llegaría después para el asturiano proviene de su férrea voluntad, su determinación y la seguridad en sí mismo, más allá de sus virtudes como conductor.

Alonso aterrizó en la Fórmula 1 en 2001 con Minardi y ya entonces se adivinó su carácter. «Me ganan los coches, no los pilotos», diagnosticó ante gente como Schumacher, Hakkinen o Montoya. Así llegó a ser campeón del mundo (2005, 2006), a Ferrari y a McLaren, a todos los récords de precocidad y a crear un personaje de partidarios y detractores que están de acuerdo en un punto. Alonso es único.