Un momento de «Mount Olympus» a cargo de Jan Fabre y Troubleny
Un momento de «Mount Olympus» a cargo de Jan Fabre y Troubleny - Wonge Bergmann
ARTE

Fabre se supera en 24 horas

«Mount Olympus», obra total de Jan Fabre, «performance» de 24 horas que mezcla todos los mitos griegos, se presentó el pasado fin de semana en Brujas (Bélgica). En marzo de 2016 el montaje podrá disfrutarse íntegro en Sevilla

BrujasActualizado:

Tras 23 horas de una «performance» desmesurada, unos actores continuaban entregándose a acciones extremas que les conducían al límite de sus fuerzas; semidesnudos, corrían como posesos, aunque sin moverse del sitio, mientras sobre sus cuerpos caía de todo: confeti, arena, pintura, purpurina.... Se repetían frases que habían ido desgranándose durante la impresionante revisión de las tragedias griegas acometida por Jan Fabre y, en medio del clamor, no podía dejar de resonar la pregunta de Ayax: «¿Por qué ahora no me honráis?».

El apoteósico final no era otra cosa que una entrega sin concesiones al dominio dionisiaco, y el público reaccionó poniéndose en pie y aplaudiendo a rabiar. Si todo comenzó con un baile frenético en el que, desde los blancos ropajes, se desprendían vísceras sangrantes, el cierre era una orgía en la que se imponía descarnadamente que la verdad procede de la locura. Todo lo acontecido desde las cinco de las tarde del sábado 5 de diciembre hasta las cinco del día siguiente tenía el carácter de ritual prodigioso que llegaba a saturar la memoria de todos aquellos que se sometieron a una experiencia temporal y emocional tan intensa.

Sin duda, Jan Fabre es un artista excepcional, capaz de realizar instalaciones en las que domina lo «siniestro» (sus famosas piezas con caparazones multicolores de insectos); singulares profanaciones de lo sagrado (en sus versiones invertidas del motivo de la «pietà»); «performances» inequívocamente radicales, en las que el sufrimiento y la sangre tienen especial protagonismo (como las que hizo con Marina Abramovic provistos de armaduras que les herían); o piezas teatrales y coreográficas de una ambición tal que merecen el calificativo de «obra de arte total».

Provocación espiritual

Si, por un lado, asume el rapto de lo místico, también encontramos en Fabre la peste teatral de Artaud desde piezas como «The Power of the Teatrical Madness» (1984) hasta «The Servant of Beauty» (2010). Con su concepción anti-psicológica del teatro, heredera en alguna medida de las meditaciones de Kleist sobre las marionetas, el belga consigue conmocionar al público. «Nunca –declara– he iniciado un trabajo con la idea de provocar a nadie. Mi motor es la búsqueda, la curiosidad. Lo lógico es que el resultado devenga provocador, pero en el sentido de evocación de la mente. Mi profesión consiste en curar las heridas en el entendimiento de los espectadores. No entiendo la provocación como una acción barata, excitante y sensacionalista, sino como algo muy serio y espiritual».

Lejos de la estética de la trasgresión pactada, Fabre, con sus maquinaciones del deseo, impone nuevas perspectivas sobre la realidad, retornando, como sugiere Stefan Hertmans, al «Homo Cuadratus» leonardesco, esto es: trata en toda su obra de disponer el cuerpo como medida de todas las cosas.

Lo que ha imaginado Fabre, gracias a sus actores, es una prodigiosa tragedia de nuestro tiempo

En « Mount Olympus» tenemos siempre presente esa corporalidad acentuada en la experiencia del agotamiento o en la imposición de contextos sacrificialmente sangrientos. Fabre revisa las tragedias griegas prestando atención a Eteocles, Hécuba, Odisea y Edipo; Dioniso y las Bacantes; Fedra, Hipólito y Alcestes; Hércules, Clitemnestra, Agamenón, Electra, Orestes, Medea, Antígona y Ayax. En un pasaje imponente aparece Penteo, que regresa a la ciudad y trata de poner fin a la locura dionisíaca colocando soldados en las esquinas imponiendo el «estado de emergencia», lo que suscitó una cerrada ovación del público del Concertgebouw de Brujas, que entendió, de forma inmediata, la alusión al presente marcado por las reacciones fóbicas al terrorismo.

Fabre, a la manera nietzscheana, plantea un «retorno de la cultura trágica» ajeno al academicismo «filológico»; lo que él quiere es desgarrar nuestra «idea de seguridad» para ponernos en contacto con el peligro pasional y, sobre todo, con el rapto erótico que está en el origen de la vida en común antes de que se imponga la doma civilizatoria.

«No tenéis héroes»

En esta tragedia de repeticiones y desgaste físico (casi al límite de la tortura, aparentemente placentera, de los actores), los dioses brillan por su ausencia. El coro se protege tras las máscaras y lanza gritos desafiantes a los dioses: «No tenéis héroes». «Vuestros sueños no existen». «Vuestro poder es patético». El miedo aflora en esa soberbia desmesurada y pronto aparecerán hombres cubiertos de líquido blanco, temblando, perjudicados como si hubieran sobrevivido a un naufragio.

No entiendo la provocación como una acción barata, excitante y sensacionalista, sino como algo muy serio y espiritual Jan Fabre

Una y otra vez los cuerpos pierden su entereza y entran en convulsión, sin faltar raciones de vísceras que incluso llegan a ser manteadas en el clímax del furor homicida. Fabre otorga a las mujeres un papel dominante: son hermosas y fuertes, con sus sexos decorados con flores o convertidos en gatos de humor variable. Incluso, en una «performance» que rinde homenaje a Carol Schnemann, unas mujeres extraen textos de sus vaginas en el atroz mundo de Agamenón. El falo está sometido a burla y, por supuesto, es el emblema de una violencia que, si lleva a un «triunfo» que hace que se pueda hacer la «V» de la victoria, no será sino para practicar un simulacro colectivo de cunilingus.

Tras ese momento sardónico, entra en escena Orestes, que cerrará su ciclo de venganza por el asesinato traicionero de su padre con el baile del «syrtaki» de «Zorba, el griego». Cuando escuché la frase que nos recuerda que todo hombre necesita un poco de locura no pude contener las lágrimas: eran las 12,30 de la mañana y en la oscuridad de la inmensa sala se impuso en mi mente el recuerdo de mi padre muerto tras pelear como un verdadero héroe muchos años con una cruel enfermedad.

El poder de la risa

Esa intempestiva catarsis daba paso a una coreografía donde Medea (en la forma de una Maria Callas que era una fascinante «drag queen») y sus asistentes versionaban el video-clip de Madonna «Vogue». Fabre pasa, con una astucia propia de Odiseo (aquel que llegó a identificarse como «Nadie») de lo sublime a lo ridículo, desplegando escenas verdaderamente hilarantes, como la de los filósofos que solamente emplean onomatopeyas, cacofonías o, en el caso de las mujeres, convierten las vocales en un jadeo cuasi orgásmico. En su fabulosa reinterpretación de la tragedia, no deja de subrayar la importancia de la comedia y, así, el poder de la risa lo atraviesa todo, incluso aunque se tenga la certeza, como repite obsesivamente Ayax, que «no hay nada después de la guerra, ningún lugar en el que esconderse».

Al héroe, paradójicamente, le ofende la palabra «héroe», aunque no deja de reclamar su premio: «Dadme todo el amor que tenéis». El coro, como la sociedad, está dormido y prefiere «la hipocresía y la política» al riesgo desgarrador de lo dionisíaco. Cuando quedaba una hora para finalizar los actores todavía tenían fuerzas para luchar con sus cuerpos untados en aceite, deslizándose de la brutalidad a la ternura, de lo bélico a lo erótico. Dioniso hace una última broma entonando «This is the end», de The Doors, y afirma, en el colmo del delirio, que nada termina: «Disfruta tu propia tragedia, respira e imagina algo nuevo». Lo que ha imaginado Fabre y se ha materializado gracias a la energía de sus actores es una prodigiosa tragedia de nuestro tiempo. Un regalo temible, como todo lo que viene de Grecia, que tiene un premio abismal: una visión de la locura que somos.