Coetzee, nacido en Sudáfrica y nacionalizado australiano
Coetzee, nacido en Sudáfrica y nacionalizado australiano - EFE
LIBROS

Coetzee pone punto y final a su obra más ambiciosa

Tras «La infancia de Jesús» y «Los días de Jesús en la escuela», el Nobel culmina su trilogía sobre su misterioso personaje

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La trilogía de Coetzee sobre su misterioso personaje Jesús (aunque el protagonista de estas novelas no se llama Jesús, sino David) es uno de los grandes enigmas de las letras de nuestro tiempo. En La infancia de Jesús, David es un niño que llega a la ciudad de Novilla después de cruzar el mar. Todos llegan a Novilla de este modo, y nadie recuerda de dónde viene ni quién es ni cómo se llama. Un hombre llamado Simón le adopta, y pronto conocen a una mujer, Inés, que decide ser su madre adoptiva, aunque Simón e Inés nunca llegan a ser una verdadera pareja. Este es un mundo muy, muy extraño. La lengua que se habla es el español, por lo que los tres tienen que ponerse a estudiar ese idioma. Lo hacen leyendo el Quijote, el único libro del que se hace mención en la entera trilogía, que en ese mundo no es obra de Cervantes (un nombre que no se menciona jamás), sino de un tal Cide Hamete Benengeli.

Los días de Jesús en la escuela cuenta la experiencia de David en la escuela de Juan Sebastián Arroyo («arroyo» = «bach»). David sigue siendo niño, por lo que un lector ingenuo como este que les habla esperaba diez o doce libros más donde se nos contara con detalle la vida de David. No es así, y en esta última parte, La muerte de Jesús, David, que sigue siendo un niño, muere de pronto.

El protagonista lee el «Quijote», y esa clave cervantina desentraña el enigma

Estos libros están escritos con un lenguaje de la máxima claridad y austeridad, y se leen de un tirón. Son, por otra parte, irritantes. La ley es ciega y obtusa, el amor o la felicidad parecen imposibles en esta sociedad de imbéciles obsesionados en seguir las reglas de la manera más ciega. Todo es oscuro, triste, gris, tedioso, decepcionante, en este mundo de amnésicos. Estamos en una especie de Bardo, esa región intermedia a la que van los que han muerto. Todos los que están aquí volverán a nacer en el mundo real, y entonces David será un gran maestro «con barba» y con muchos seguidores.

Pero David, al que muchos consideran ya un maestro, no es un personaje positivo. Es un niño raro e intratable que parece tener uno de esos síndromes que impiden comprender las emociones o establecer empatía con los demás. Está obsesionado con hacer su voluntad, jamás escucha, jamás contesta a lo que le dicen, utiliza las palabras de forma literal y es manipulador y maligno. ¿Por qué este niño del demonio será Jesús en su siguiente vida? Uno de los problemas, quizá, es que David, que se ha aprendido el Quijote de memoria, lee este libro como si fuera verdad. Cuando acusa a Simón (no sabe hablar sin acusar) de no creer en el Quijote, nos encontramos con el gran tema cervantino: que creer en la realidad de lo que se lee es una forma incorrecta de leer. Leer al pie de la letra, dice Cervantes (y lo dice en todas sus obras de una forma o de otra), es volverse loco, es no entender lo que son los libros.

David lee el Quijote pero cree que es obra de Cide Hamete Benengeli. No sabe que en realidad es obra de Cervantes, un escritor, y que la novela es una obra de ficción. Posiblemente sea la clave cervantina la que nos permita, finalmente, desentrañar algo del enigma que constituyen estos tres libros de Coetzee. Quizá esa sea la solución: que no hay enigma porque los libros son solo juegos, no significan nada y no transmiten ningún mensaje.