Simon Wiesenthal, el más célebre «cazadror de nazis»
Simon Wiesenthal, el más célebre «cazadror de nazis»
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«Cazadores de nazis», ¿justicia o venganza?

Andrew Nagorski narra las actividades de investigadores que mantuvieron viva la memoria de la infamia

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La desaparición de la generación protagonista de la Segunda Guerra Mundial va despojando de sentido a los cazadores de nazis. Parece llegado el momento de narrar sin tapujos la historia de quienes dedicaron su vida a seguir el rastro de estos criminales. Andrew Nagorski,corresponsal de «Newsweek» en Europa Central y Oriental, narra las actividades de este reducido grupo de hombres y mujeres que mantuvieron viva la memoria de la infamia cuando el resto del mundo -incluidos los vencedores en la contienda- había perdido interés.

Estos cazadores de nazis nunca formaron un grupo homogéneo con una estrategia común. Existe una gran diferencia entre la paciente labor forense de jueces como Jan Sehn o Fritz Bauer, las arduas investigaciones de Simon Wiesenthal o Tuvia Friedmann o el papel de simples ejecutores que desempeñaron el equipo del Mossad que secuestró a Adolf Eichmann o el grupo «El Búho»: supervivientes millonarios del Holocausto que contrataron a los más avezados miembros de los servicios de seguridad israelíes y norteamericanos para capturar y eliminar a decenas de criminales. A menudo se enfrentaron unos a otros, se lanzaron recriminaciones, airearon sus celos y se comportaron como rivales favoreciendo la impunidad de sus potenciales objetivos. No buscaron sólo la justicia, sino la ejemplaridad.

El primer capítulo es un minucioso relato de la ejecución de los jerarcas nazis en Nuremberg el 16 de octubre de 1946. La política de la venganza sin freno ya se había difundido durante las contraofensivas soviéticas. En la cumbre de ministros aliados de Exteriores celebrada en octubre de 1943 en Moscú se acordó poner ante los tribunales a los criminales de guerra más relevantes, pero también se forjaron planes para ejecutarlos sin juicio.

La desnazificación quedó cortada en seco con el inicio de la Guerra Fría, sobre todo tras el bloqueo soviético de Berlín en 1948. La decepción por la limitación de las penas y la autoexculpación de los alemanes se extendió hasta tal punto que incluso los defensores más acérrimos del ajuste de cuentas admitían en privado: «la democracia en Alemania sólo puede nacer utilizando los fórceps de la desnazificación, pero con cuidado de no aplastar al bebé».

Simon Wiesenthal

Los cazadores de nazis perdieron ímpetu al chocar con la indiferencia e incluso la hostilidad de las autoridades de ocupación. El más afamado, Simon Wiesenthal («el detective con seis millones de clientes», objeto de una semblanza muy poco complaciente), se quedó en Austria trabajando para los servicios secretos israelíes en rivalidad con Friedman, que operaba en territorio controlado por los soviéticos. El secuestro en Buenos Aires de Eichmann -cerebro logístico de la «Solución Final»- en 1960 lo cambió todo. Aunque Wiesenthal reclamó su parte de gloria, el criminal fue localizado gracias a la colaboración de Bauer, fiscal general de Hesse, quien al desconfiar del celo de las autoridades alemanas, dejó vía libre al Mosad.

Entre 1945-1995 se pusieron en marcha en Alemania Occidental 172.294 investigaciones por crímenes de guerra y se dictaron 6.756 condenas (sólo 1.147 por homicidio). Considerando la enorme cantidad de víctimas, una ínfima fracción de asesinos pagó por sus crímenes, en buena medida gracias a la labor de los cazadores de nazis, que no fueron intrépidos aventureros, sino en su mayoría burócratas o investigadores que pasaron la segunda mitad de su azarosa vida entre legajos de archivo y sumarios judiciales.