Octavio Paz en un retrato de juventud
Octavio Paz en un retrato de juventud - abc
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Octavio Paz: por el camino del tiempo

Ganar el Premio Nobel no hizo a Octavio Paz más grande. Grande se hizo título a título, desde la poesía al ensayo. El 31 de marzo se celebra el centenario de su nacimiento. El de uno de los pensadores decisivos en lengua española

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Paz recorrió el siglo XX, un tiempo ambiguo, tan lleno de mentiras en lo político y en las artes como rico en verdades y creaciones, y nos dejó el testimonio de una obra lúcida, bien hecha: una poesía de convergencia, y, por otro lado, un ejemplo ético de búsqueda y diálogo.

Nacido el 31 de marzo de 1914 y fallecido el 19 de abril de 1998, creció en Mixcoac. Fue hijo de un abogado, representante de Zapata en EE.UU., y de una descendiente directa de españoles gaditanos. Su abuelo paterno, Ireneo, fue autor de novelas históricas y periodista de incardinación liberal; una figura esencial en su imaginario. En su biblioteca y en el jardín selvático de la casa vivió su infancia.

En 1937 estuvo en España, apoyando a la República, y en Valencia entró en contacto con los poetas de la generación del 27, algunos de los cuales colaboraron posteriormente en las revistas mexicanas que fundó Paz. Contrajo matrimonio con la escritora Elena Garro, autora de un libro memorable, Los recuerdos del porvenir, y desde 1945 a 1968 (fecha esta de su renuncia como embajador de la India, en protesta ante los crímenes de Tlatelolco) fue diplomático en París, Tokio y Nueva Delhi. En la India conoció a Marie-José Tramini, con quien se casó bajo el árbol nin.

Abolir el futuro

Al final de su vida escribió sobre la Historia y algunos aspectos culturales de este país en Vislumbre de la India. Aunque le interesó siempre el budismo, especialmente la tendencia madhyamaka, fue ajeno a la creencia en el karma. Pero sin duda el budismo le ayudó a profundizar en su larga meditación, no ajena a Antonio Machado, sobre la identidad y la otredad.

Ante la pregunta de sus planes para el futuro, Paz contestó en una ocasión: «¡Abolirlo!» No creía ni en el futuro de la teleología judeocristiana ni en el del progreso moderno, inalcanzable por definición y que se resuelve en una valoración insensata del cambio. Pensó que la naturaleza humana es histórica, pero en cambio su poesía propone siempre un ahora que supone una conciencia distinta del tiempo. No es tanto la antigua circularidad, cara a los antiguos, como la plenitud de lo temporal. «Perfección de lo finito», la llamó.

Su rigor literario se apoyó en una larga tradición poética, atenta al ritmo y a la coherencia

Paz, uno de los grandes pensadores que ha dado nuestra lengua, no quiso ser filósofo sino alcanzar el saber, tal vez al estilo de los antiguos estoicos. Heredero de la tradición crítica, y de Nietzsche en primer lugar, desconfiaba de los sistemas y sus simetrías. Creyó en la posibilidad del conocimiento y fue un lector atento de obras científicas (la física y la biología le atrajeron y hay huellas de ello en sus ensayos). Desconfió tanto de la voluntad de sistema (Hegel) como de la palabrería de cierto escepticismo inconsecuente y relativista.

Fue un poeta que sabe lo que ha dicho, no lo que va a decir, y un apasionado pensador crítico, atraído no tanto por el instrumento de observación –que a veces desemboca en una retórica– como por su objeto. Dicho de otro modo: Paz creía en la crítica inmoderada, aquella que involucra a la persona, que habla desde un cuerpo (y alma), no desde una ideología o fe. Montaigne y Baudelaire lo constituyen. Enemigo de los totalitarismos y defensor de la democracia, supo que «sin fraternidad, la democracia se extravía en el nihilismo de la relatividad, antesala de la vida anónima de las sociedades modernas, trampa de la nada».

Rigor literario

Tuvo curiosidad y pasión por muchos temas. En su obra confluyen el teórico de la traducción literaria y el traductor interesado; el estudioso de las artes mexicanas, desde las precolombinas a Rufino Tamayo y José Luis Cuevas, y el pensador que incursiona en la antropología: su ensayo sobre Lévi-Strauss sigue teniendo vigencia crítica.

Paz estudió desde joven los orígenes y características de la poesía moderna y teorizó sobre ello fundamentalmente en El arco y la lira (1956), Los hijos del limo (1974) y La otra voz (1990). Le atrajeron las cosmogonías antiguas, las relaciones sutiles entre el hermetismo y la física contemporánea, porque siempre le inquietó la tradición que va de los neoplatónicos al surrealismo; también se interesó por el historicismo de Dilthey y Ortega.

Su poesía propone siempre un ahora que supone una conciencia distinta del tiempo

Fue surrealista en lo que el surrealismo tuvo y tiene aún de alianza entre la poesía, la rebelión, la pasión y el amor, pero su rigor literario siempre se apoyó en una larga tradición poética, atenta al ritmo y a la coherencia (no estrictamente racional sino lírica). No menor fue su interés por la política y sus universos ideológicos, de los que nos dejó un testimonio lúcido y valiente en El ogro filantrópico. Aunque de joven leyó mucha novela, le acompañó sobre todo su afición al relato y al cuento fantástico. Otra pasión: la Historia y los estudios sobre civilizaciones desaparecidas.

Paz lo mismo hablaba de la lógica de Wittgenstein y Nagarjuna que de la desaparición de los dinosaurios. No solía mezclar los temas, sino enlazarlos. Amaba España (en parte, era español), pero le parecía poco interesante como país: no le hacía pensar. Fue uno de los grandes ensayista literarios de nuestra lengua, con una obra dilatada donde hallamos al intérprete de Sor Juana, Pessoa o el Quevedo de Lágrimas de un penitente, sobre la conciencia de la separación.

El restañimiento de la escisión

Pero Paz apuntó sobre todo a las nupcias de los contrarios, al restañamiento de la escisión: no por la filosofía o la política, sino por la poesía y la pasión creativa. En este sentido, hay que recordar que sus últimos poemas fueron traducciones de poesía erótica kavya, al tiempo que escribía La llama doble, quizás la mayor meditación sobre la naturaleza del amor y el erotismo en nuestra lengua.

Amaba España (en parte, era español), pero le parecía poco interesante como país

Cosmopolita en el sentido goethiano, al menos tuvo cinco países que gravitaron a lo largo de su vida: México, España, Estados Unidos, Francia y la India. Por estos territorios y los otros, que abarcan los imaginarios filosóficos y literarios de vastas tradiciones, Paz fue un viajero de la otredad, ausente o presente. Su diálogo con Oriente se resume en la visión de que «somos el teatro del abrazo de los puestos y de su disolución, resueltos en una sola nota que no es de afirmación ni de negación sino de aceptación».