tribuna abierta

La Europa que quieren los nacionalistas

Queremos una Europa expurgada de los nacionalismos insolidarios que son capaces de abandonar a los más cercanos por motivos inequívocamente rastreros

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Si teclean en Google “contribuyentes netos” en catalán, les salen un gran número de entradas. Nacionalistas de todo tipo coinciden en que los criterios económicos y pragmáticos se impondrían en la disyuntiva de aceptar o no en el seno europeo a una Cataluña independizada. Más que las leyes, más que los principios. De alguna manera, es la expresión de esa convicción tan asumida por algunos catalanes de que “quien paga manda”. Podría decir que es el espíritu mezquino del botiguer, que se mueve moralmente a ras de suelo. Pero me guardaré mucho de decirlo pues entre botiguers hay tantas diferencias como en el resto de colectivos y ciudadanos. Lo sabré yo, hija, hermana y mujer de pequeño empresario y de botiguer. Muchos de ellos le darían una lección al encorbatado jurista de traje a medida que asegura convencido (¡y contento!) que la pertenencia del “nuevo estado catalán” a la Unión Europea dependerá de “criterios políticos” y de “intereses económicos” por encima de los “argumentos jurídicos”. Loor y honra para Pi i Sunyer, que en tan alta consideración tiene a las leyes y a los principios éticos que deberían regir en cualquier sociedad avanzada y democrática, ya no digamos en este proyecto ilustrado y de ejemplaridad que la gran mayoría pensamos que es y será la Europa que estamos construyendo.

Dejando aparte ese curiosísimo y recién descubierto orgullo de opositar a paganos en Europa (¿no querían irse de España por este motivo?), esta actitud es un reflejo más del fracaso moral del nacionalismo, que no desea otra Europa que una asamblea de territorios (ni siquiera ya de estados, sino de ¡pueblos!) que se relacionan entre ellos para defender intereses puramente materiales y de conveniencia. Es decir, los nacionalistas están tan convencidos de que la Unión Europea no les rechazará porque dan por sentado que sus dirigentes y las personas que les han votado no son más que la reunión de un conjunto de comunidades con un espíritu tan miserable como el suyo.

Cierto que, en gran medida, la Unión Europea es aún una institución donde los políticos acuden para mejorar las posiciones de sus respectivos estados. Seríamos unos ingenuos si no contásemos con que eso sigue siendo así para algunos. Pero no es, definitivamente, la Europa que queremos, ni pensamos que tenga viabilidad si no avanza hacia un futuro integrador y de ciudadanía, en un propósito insobornable de defensa de los ideales de progreso y solidaridad que han sido la clave para el desarrollo de los países que la constituyen. Una Europa expurgada, precisamente, de los nacionalismos insolidarios que son capaces de abandonar a los más cercanos por motivos inequívocamente rastreros y que conjeturan desenfadadamente que recibirán un reconocimiento inmediato de gentes a las que ofenden suponiéndolas de su misma condición moral.

María Teresa Giménez Barbat es candidata a las elecciones europeas por UPyD