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Toledo / CULTURA

Crónica de una lectura poética en el Alcázar de Toledo

«Sigo hasta Zocodover y subo la cuesta hasta la Biblioteca Regional. Voy a asistir a un recital poético de los jóvenes poetas Fernando Nombela y Alicia Galán»

Día 31/10/2012 - 21.30h
Crónica de una lectura poética en el Alcázar de Toledo
Amador Palacios

…Sigo hasta Zocodover y subo la cuesta hasta la Biblioteca Regional, en el Alcázar. Voy a asistir a un recital poético de los jóvenes poetas Fernando Nombela y Alicia Galán presentados por Miguel Casado, organizador del ciclo en el que la convocatoria se insiere. En el laberinto de la biblioteca me topo con Alfonso González Calero, director de programación de eventos en la institución. Paso a su despacho, charlamos. Después nos trasladamos al salón donde tendrá lugar el acto. En el fondo del salón hay un piano de cola. Habiendo aún, tan sólo, tres o cuatro personas del público, abro la tapa y toco, bajito, un par de danzas de Béla Bartók y la «Canción fúnebre». Una señora sentada cerca de este piano marrón, que presenta un sobrio timbre algo grave, me pregunta si la canción es un estudio de Chopin, y yo le contesto todo orgulloso: ¡No, de Bartók!

Llegan los poetas, Miguel Casado, el grueso del público. Entre el público se encuentra la hija mayor de Jesús Maroto (no sé si Ágata o Amanda, creo que Ágata); en un primer pronto creo que es su madre, de tanto que la chica se le parece. Monísima. Hermosas largas piernas lucientes y bruñidas bajo el vestidito ajustado. Nos damos un par de besos. Poetas de Toledo, nadie, ni Santiago Sastre, ni Jesús Maroto, ni María Antonia Ricas, ni Antonio Lázaro, ni Jesús Pino, ¡nadie!, sólo yo, que aposta vengo de Alcázar de San Juan, y la representación subliminal de la hija de Maroto.

Empieza el acto. Casado presenta primero a la poetisa, inédita en papel, cuenta con un blog donde publica sus poemas. Es toledana pero trabaja en Madrid como arquitecta. Su poesía, que tiende a ser desnuda de lírica convencional, está dotada de unos buenos, serenos, aires constructivistas. Luego Miguel Casado presenta al chico, que lee fragmentos de su último libro, con poemas que parten de homenajes sentidos a sus autores predilectos, pero que no se quedan en eso, sino que ejecutan una introspección a veces oscura y, claro, dando en la clave de lo auténticamente poético.

Al finalizar el acto, nos saludamos, Nombela me dice que me lee y yo le digo, con la sonrisa de oreja a oreja: ¡Muchas gracias, hombre! Terminamos tomando un vino en la cafetería de la biblioteca, embutida en uno de los pináculos del Alcázar y desde donde, con luz de día, se puede contemplar, gozando, una de las mejores vistas de Toledo, desplegándose ante nuestros asombrados ojos todo un señor barrio de San Miguel descendiendo en un sagrado silencio (festoneado quizá por algún noble sonido metálico o campana), pues estamos tan altos y los balcones están cerrados, que, cañita en mano, no oímos el ruido de los coches, el eco del trasiego consuetudinario ni la rumorosa reverberación anglófila de los turistas.

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