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Guy de Maupassant, adelantando a Freud

Páginas de Espuma publica los «Cuentos completos» del escritor francés en edición y traducción de Mauro Armiño

Día 05/01/2012

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Guy de Maupassant (1850-1893) era un animal literario de complexión atlética y cuello de toro. Gran deportista, practicó el remo, la vela, la caza, la pesca, el tenis, el ciclismo, la caminata, el tiro a pistola, la esgrima; cuanto más violentos eran los ejercicios más parecían gustarle. Tenía una vitalidad fuera de lo normal, porque de otro modo le hubiera sido imposible escribir tanto, acudir a los salones de la Belle Époque, llevar una vida social muy activa y otra amorosa también enérgica y abundante. Nos cuenta el autor, Premio Nacional de Traducción, y doctor en la ciencia maupassantiana, Mauro Armiño, que por una carta de 1877 sabemos que, de su afición a los amores fáciles, cuando no venales, el novelista francés había contraído la sífilis; y parece incluso celebrarlo: «Tengo la sífilis, la verdadera, no unas purgaciones , no, no, la gran sífilis, esa de la que murió Francisco I. Y estoy orgulloso de ella y desprecio por encima de todo a los burgueses. ¡Aleluya, tengo la sífilis!, y por lo tanto no tengo miedo a cogerla». Enfermedad abundante en la época, se trataba con «bromuro y duchas», hasta el descubrimiento de la penicilina; esos remedios no hacían otra cosa más que enmascarar la enfermedad en el organismo externo; pero trabajaba lentamente a través de la sangre y con el tiempo sumía al enfermo en la locura, expone Mauro Armiño; los diez años de trabajo desde 1880 van acompañados de cefaleas, caída del pelo, vértigos, alucinaciones, arritmias cardíacas, que fueron manifestándose con mayor insistencia hasta desembocar en la locura: «Su degradación física y mental es ya patente en 1890, con parálisis general y estados depresivos que le llevan a la famosa clínica para enfermos mentales del doctor Blanche; pasa los tres últimos años en un terrible estado físico y mental que lo lleva a la muerte». Maupassant fallecía en París el 6 de julio de 1893.

Ciento dieciocho años después, ve la luz la edición completa y definitiva de los «Cuentos Completos» de Guy de Maupassant (Páginas de Espuma, 1.472 páginas, en dos espléndidos volúmenes), editados y traducidos por Mauro Armiño.

¿Qué seres y estares, qué pulsiones y pasiones componen el mundo narrativo de Maupassant? Mauro Armiño lo desvela: «En el conjunto de sus relatos pueden verse tres directrices: una crítica de la hipocresía social, centrada sobre todo en la burguesía, formada mayormente por funcionarios; la radiología de unas zonas de Francia arruinadas mental y moralmente por la miseria y el atraso; y por último, la introspección que hace en cuentos como El Horla, de las zonas oscuras de la mente humana Desde la ficción, Maupassant se adelanta a Freud, que en la década de los ochenta dedica sus trabajos juveniles, o primeros, a la neurastenia; faltan diez años para que “invente” el psicoanálisis, y casi veinte para que publique su interpretación de los sueños».

Estos «Cuentos Completos» aparecen fijados, limpios de cualquier tachadura, y esplendorosos. Explica Mauro Armiño: «Maupassant tenía la suerte de escribir para dos periódicos; Le Gaulois y Gil Blas, uno de ideología más avanzada que el otro. Los más osados y realistas iban a parar a Gil Blas; y los más “correctos” al Gaulois».

«La tos» inédita

Incorpora esta cuidadísima edición el relato inédito «La tos». ¿Por qué se dejaba fuera de las anteriores ediciones? «Porque el eje del cuento es escatológico —responde el traductor—: una pareja metida en la cama y a punto de dormir, y la señora tose; pero “la tos de que se trata no viene de la garganta”, sino de otras partes del cuerpo, dando lugar a un jugueteo de palabras al principio hipócrita y luego divertido».

¿Estamos, pues, ante el mejor cuentista de la época moderna? Sostiene Mauro Armiño que en el siglo XIX hay tres grandes autores, y los tres, por distintos caminos, son los padres del cuento del siglo XX: «Poe, Maupassant y Chéjov. Cada uno es el mejor en la dirección que eligieron: mundo de alucinación, crónica social y reflejo de la realidad».

Maupassant no abrigaba muchas ambiciones materiales. Compró algunas casas en el Mediterráneo francés cuando empezó a sentirse mal «para tenerlas como lugar de descanso, junto al mar, que le permitía con los tres yates que sucesivamente tuvo viajar: la tercera de sus pasiones».

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