Lars Lindqvist
Lars Lindqvist - DE SAN BERNARDO

El sueco que se quedó a vivir en la aldea más despoblada de España

Lars Lindqvist es uno de los 29 vecinos de la alcarreña Villaseca de Henares

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En el pueblo más despoblado de España vive todos los días del año un ingeniero retirado sueco. Se construyó una casa hace una década, y desde hace tres años pasa allí los días laborables y los fines de semana, la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Lars Lindqvist es un vecino más, uno de los pocos, de Villaseca de Henares, Guadalajara, con 29 empadronados, el pueblo que proporcionalmente ha perdido más habitantes en la última década en España, dentro de la zona con mayor pérdida de población.

A diferencia de sus compatriotas y otros europeos del norte, el señor Lars, como le conocen en Villaseca de Henares, no se instaló en la costa buscando el sol y la playa, sino en un pequeño pueblo alcarreño, en el interior. En el pueblo le preguntan cómo acabó allí, en un lugar que pierde paisanos cada año. «Fue un impulso. Me gusta la naturaleza, me gustan las montañas, me gusta la tranquilidad. Estoy contento de haber elegido esto», responde el señor Lars.

Lars Lindqvist, nacido en Estocolmo hace 75 años, conoció España en los años setenta. Lo trajo la multinacional tecnológica sueca Ericsson para la construcción de la señalización de una vía ferroviaria. «Me gustó la manera de vivir y hacer las cosas de los españoles». Regresó a principios de los años noventa como jefe de ingeniería de la compañía sueca en España. Desde entonces supo que quería tener una casa aquí, aunque el trabajo todavía se lo impedía. Después tuvo que mudarse a Bangkok y Londres. Y otra vez Madrid, instalado en Las Rozas y Tres Cantos. Allí conoció a una mujer y junto a ella, buscando un lugar agradable en el campo, encontró Villaseca de Henares.

Villaseca de Henares está dentro del hemiciclo de alta despoblación que circunda Madrid y que abarca el este de Castilla-La Mancha, el sur de Aragón, Castilla y León y el este de Galicia. La comparación entre el último padrón municipal y el de hace diez años deja a la localidad alcarreña como el municipio que ha perdido más población en términos relativos. Son 29 empadronados, un 67% menos. En los años 50 del siglo pasado, según el censo del INE, llegaron a ser más de un millar.

Silencio y naturaleza

En Villaseca de Henares, el médico pasa una vez cada dos semanas, el bar solo abre en verano, ven pasar de largo y nunca parar a los senderistas del Camino del Cid, y el panadero se desplaza desde un pueblo cercano para venderles dos o tres barras para que nunca se quieran marchar de allí.

«Estoy acostumbrado al silencio, pero a veces en invierno es demasiado tranquilo», explica el señor Lars. «Es una pena, pero entiendo que la gente se vaya o no venga porque no hay trabajo. Tampoco hay muchas cosas que hacer para atraer turismo, y ya hay pueblos cercanos grandes que lo explotan».

El señor Lars pasa el tiempo en su taller y entre la naturaleza. Villaseca de Henares está próximo al Parque Natural Barranco del Río Dulce. Él se crió a las afueras de Estocolmo, en una casa rodeada por 900 metros cuadrados de naturaleza. Después de años viviendo en ciudades, necesitaba campo. Viaja una vez al año a Suecia para visitar a sus hijos y nietos, que también visitan regularmente este rincón del interior más despoblado de España.

Repoblación

Pero él sabe que es complicado que vengan otros suecos. «Ni siquiera que vengan otros españoles». No hay trabajo. Solo hay cuatro personas ocupadas, tres de ellos agricultores y una mujer, Ana, en la treintena, que salta de trabajo en trabajo en los pueblos de alrededor.

«Es un goteo. Uno muere, otro se va con los hijos, hay mayores que se marchan a residencias. Los que nos quedamos nos mantenemos poco a poco», cuenta Rafael Nova, de 63 años, agricultor, ganadero y alcalde de Villaseca de Henares. Su hermano también trabaja el campo de sus abuelos, pero, casado y con hijos a diferencia de él, vive en la cercana Sigüenza. En su pueblo solo queda un adolescente y ningún niño.

En Villaseca, cuentan, no hay trabajo porque en el campo, mecanizado, no se necesitan más brazos y las explotaciones tienen que ser cada vez mayores para poder vivir de ellas. Quienes se quedaron después del éxodo de los sesenta y no vivían del campo se emplearon en las fábricas de los pueblos grandes próximos, pero ya no queda ni eso. Quizá, proponen, una industria se instale en un pueblo cercano, quizá la subida de los alquileres y los pisos traiga algún vecino nuevo.

No se resignan a ver desaparecer Villaseca de Henares, pero saben, como apunta el alcalde, que «para traer a gente no solo harían falta incentivos fiscales, como proponen algunos, sino también unos servicios iguales y tan baratos como los de la ciudad».