El Evangelio según San Mateo, y según Pasolini

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Si la Iglesia se ha visto sacudida por la renuncia de Benedicto XVI, hace 50 años se agitaba ante «El Evangelio según San Mateo», película rodada en los míseros pueblos del sur de Italia, dirigida por Pier Paolo Pasolini y dedicada a otro renovador, el Papa Juan XXIII. Una cinta sincera, con escenas desnudas y sin adornos, ante las cuales uno tiene la sensación de ser observador directo de la predicación de Cristo.

El Concilio Vaticano II, en el año 1964, cambió también la forma de acercarse a la figura de Jesucristo en el cine. El Evangelio según San Mateo fue estrenado durante su celebración. Con un austero tratamiento fílmico —muchas escenas fueron rodadas con una cámara al hombro—, logró una inmediatez conmovedora y un marcado sentido dramático. Por guión se utilizó la transposición exacta del texto de San Mateo. Los diálogos se alternan con el silencio, donde destaca con fuerza la fotografía en blanco y negro, sólo interrumpida por el viento que arrecia en muchos de los pasajes. O fragmentos de algunas arias de La Pasión según san Mateo, de J. S. Bach, además de los extáticos cantos de las voces Gospel.

La tensión dramática se refleja en los rostros de los apóstoles, la ruda boca de Judas o en los bellos ojos de un adolescente Santiago. También en la sonrisa alegre de los muchos niños que aparecen. La timidez de Jesús en el encuentro con el Bautista, el descarnado retrato de la vida de sus discípulos conducen al espectador a la experiencia del desierto. Entre luces y sombras, los escenarios se precipitan hacia la Pasión a través del Sermón de la Montaña o el Padre Nuestro con una intensidad de vértigo, que sorprende al tratarse de un largometraje que dura más de dos horas (137 minutos). Con gran sentido de lo real y de compromiso con la verdad en un sentido cinematográfico, Pasolini filma los interrogatorios en un estilo directo, como si la cámara no hubiera podido entrar al patio donde están Pilatos y los sacerdotes. Se ve el ajusticiamiento desde lejos, con el objetivo intentado subir por encima de las cabezas de la gente que no dejan ver con claridad lo que sucede.

Realmente conmovedores son la negación y lágrimas de Pedro. Seguido por las callejuelas de la aldea de Matera con una cámara al hombro, se ve a un hombre de espaldas, deshecho, que huye sin consuelo hasta encontrarse solo, para derrumbarse y romper a llorar. Filmada sin crueldad, el dolor se vuelca en la figura de la Virgen, interpretada por la propia madre del director, Susanna Pasolini. Ella sufre y llora mientras Cristo muere, pero se elude en todo momento la cursilería de las estampitas. Por otra parte, el austero vestuario está inspirado en la pintura italiana del primer Renacimiento (siglo XV), especialmente en los frescos y telas de Piero della Francesca.

La grabación

El reparto de la película se nutre de actores no profesionales. Como intérprete de Jesús conoció a un joven sindicalista catalán de madre italiana, que estudiaba literatura y quería centrar su tesis en la obra escrita de Pasolini. Con 19 años, Enrique Irazoqui se convirtió en un Cristo de rostro frágil, que declama el Evangelio con firmeza y gesto sereno. «Yo era el único del sindicato clandestino que hablaba italiano. Decidimos que fuese a Italia a contactar con gente conocida que nos apoyase en la lucha contra Franco. El último día en Roma me llevan a conocer a un poeta de izquierdas. Fui a su casa y le solté por enésima vez el discurso de la resistencia. Al revés de lo que hacía todo el mundo, que era interrumpir, este hombre me escuchó hasta que terminé de hablar y entonces se levantó y me dijo que iría a España, pero que al mismo tiempo yo podía hacerle un favor. Que hacía dos años que tenía en preparación una película sobre Cristo, siguiendo literalmente el Evangelio de San Mateo, y que no había encontrado todavía al actor que pudiera hacer el personaje. Quería que yo lo hiciese. En más o menos cuatro palabras lo mandé a freír espárragos y le dije que tenía cosas más importantes que hacer, como la construcción de la fraternidad universal».

Irazoqui hoy es profesor de literatura en Cadaqués (Gerona). De regreso a España, las autoridades le retiraron el pasaporte por actuar en una película de propaganda marxista, que había ganado dos premios internacionales católicos y se había proyectado en el Concilio Vaticano II. Otro de los actores para la ocasión fue el filósofo italiano Giorgio Agamben, que interpreta al apóstol Felipe.

El reto

La grandeza de la película, aparte de tratarse de una producción poco rentable, fue vencer el reto de imprimir la espiritualidad de Jesús en la materia cinematográfica. Un intento de filmar el silencio o el vacío, porque Dios habla a través del silencio. Representar los actos externos no diría nada. Con sólo la barba y las túnicas se podría hacer correctamente, pero no dejaría de ser una ilustración. Que Dios se encarnó en un cuerpo humano, que pasó por los sufrimientos y dudas del hombre, eso no se puede representar sólo a través de un actor y una escenificación. Hace falta un plan cinematográfico completo para conseguir transparentar a Dios en la pantalla.

El mismo puesto en práctica en otras películas del mismo autor, como Teorema —con su recurso al desierto y la sublimación de la realidad—. O Accattone, un joven napolitano de los suburbios, atrapado por la apatía y más tarde por la violencia social. Protagonista hasta la desesperación, muerto en una cuneta al intentar escapar de la policía por robar mortadela para comer. Cruz de otra muerte, la del Jesucristo de El Evangelio según San Mateo: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». La música de Bach acompaña la escena.