Hermann Tertsch

La opinión de Hermann Tertsch

La añoranza del bien

Día 11/01/2014 - 06.50h
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HAN vuelto a ser ellos. Se repiten las imágenes en televisión. Unos uniformados, junto a los coches. Otros de paisano, encapuchados, con los petos verdes y las letras amarillas del cuerpo, entran y salen de unos portales de Bilbao. Portan cajas de cartón o escoltan, con perfecta serenidad, con suavidad cabe decir, a algún detenido. Son las últimas imágenes que tenemos de una actuación de la Guardia Civil. En el golpe contra el grupo de abogados que dirigen y controlan a los presos de ETA. Por orden de ETA, como parte de ETA. Ha vuelto a actuar la Guardia Civil con toda la eficacia que le es propia. Una vez más y pese a la torpeza de los políticos. Que habían anunciado su operación con un aviso previo a los malos. Está curtida la Guardia Civil en superar y corregir desastres de la política en España. Y los ha pagado con un altísimo precio en sangre. Muchos centenares de miembros del Cuerpo han caído en el cumplimiento del deber. Y muchos de ellos por errores, culpas y cobardías de gentes ajenas al Cuerpo. De gobernantes que siempre le han exigido el máximo sacrificio, como debe ser exigido. Pero casi nunca han tratado a la Guardia Civil como merece ser tratada. Pioneros en la austeridad desde su fundación, han sufrido siempre la pobreza de este país y sus privaciones. Hoy mismo sufren de unos salarios, prestaciones e infraestructuras que debieran avergonzarnos. Y sin embargo, nunca hemos visto una merma en su entrega y su eficacia. Divisas que la definen como hoy a ninguna otra institución española. Eficacia, honor y vocación de servicio. Y el «Todo por la Patria». ¡Cuán antiguos suenan para la mayoría estos conceptos y lemas! ¡Cuánto esfuerzo por enterrarlos en las pasadas décadas! ¡Cuán obsesivas campañas de desprestigio contra sus valores! Pues ahí la tienen. Como la institución más valorada por la sociedad española. Que solo compite en afecto popular con los otros héroes de esta nación tan desgraciadamente posheroica ya que es España, con el milagroso ejército de Cáritas.

Los que no somos ya jóvenes recordamos los momentos, después de la Transición, en los que quisieron acabar con ella, con la Guardia Civil. Querían desmilitarizarla, sindicalizarla, liquidarla. Como sospechosa reminiscencia de un pasado que todos se empeñaban en criminalizar. Como representante de una España con la que muchos querían acabar. Si miramos hoy para atrás, es un absoluto milagro que esta institución fundada por el II Duque de Ahumada en 1844 haya sobrevivido en su actual forma. Todo sugería que, tarde o temprano, los políticos españoles de la democracia, cada vez más adanistas, fóbicos a las tradiciones e ignorantes esclavos del zeitgeist, acabarían enterrando a este Cuerpo y sus virtudes, muchas militares. No ha sido así y quizá de las pocas cosas que hoy harían levantarse a esta cobardona e indolente sociedad –como se levantan los pueblos cuando les quitan la Casa Cuartel–, sería que algún insensato lo intentara. La admiración que los españoles sienten por la Guardia Civil, como también por Cáritas, es una prueba de que no todo está perdido. Que las campañas del odio y del desprestigio no han podido con una realidad cotidiana en la que responden ambas, la Guardia Civil y Cáritas –Ejército e Iglesia, qué horror, dirán algunos– como representantes y demostración viva de ideales de entrega, probidad, eficacia y honor. Demuestra que esta sociedad tiene profunda añoranza de unos valores que se han despreciado como antiguos y superados. Pero que en realidad son los valores originales y los definitivos. Los valores permanentes del bien.

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