Historia

El secreto más oscuro de Felipe II: mintió a su cuarta esposa y a todos sobre la ejecución de Montigny

Tal día como hoy, 21 de mayo, nació el Monarca en Valladolid

El Consejo de los Tumultos ordenó desde Bruselas que a Floris de Montmorency le fuera «cortada la cabeza y puesta en un palo alto». El noble flamenco habría sido ejecutado automáticamente si no fuera por el aprecio personal que le estimaba Anna de Austria

Felipe II por Antonio Moro (1557)

La leyenda negra presenta a Felipe II como «El demonio del sur», un tirano que encarceló hasta la muerte a su hijo porque mantenía un romance con su tercera esposa y vivía la religión católica con fanatismo. Nada más lejos de la realidad; la propaganda sobre su vida privada está en la misma categoría que otras grandes mentiras sobre el Imperio español. Lo cual no quita que, como otros grandes monarcas a lo largo de la Historia, le tocara moverse a veces en terrenos enfangados. Vida privada y asuntos de Estado confluyeron en su acción más oscura: la ejecución secreta del barón de Montigny.

La rebelión en 1568 de los Países Bajos, territorio bajo la soberanía del Rey de España, llevó a Felipe II a enviar a la zona a su mejor militar, el Gran Duque de Alba, y a autorizar la detención de lo que consideraba los cabecillas de la protesta. La mayoría de los nobles más radicales, con Guillermo de Orange a la cabeza, pusieron rápido pies en polvorosa, mientras que los que se consideraban al abrigo de la Corona permanecían a la espera de los aconntecimientos, como en el caso del Conde de Egmont, otrora héroe de los ejércitos hispánicos, y de Hornes. Pero se equivocaban gravemente, puesto que Felipe II estaba por la labor de cortar por los sano e incluso ejecutar a los nobles ligeramente revoltosos. El 5 de junio de 1568, el Conde de Egmont y Hornes fueron decapitados en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante y las lágrimas incluso de su propio verdugo, Fernando Álvarez de Toledo.

Un hombre de la confianza Habsburgo

En paralelo a estos sucesos, Floris de Montmorency –hermano de Hornes– acudió a Madrid en representación de Margarita de Austria, que fue sustituida precisamente por el Duque de Alba en su cargo de gobernadora de Flandes. Felipe aprovechó su visita para arrestar e interrogar al noble en el Alcázar de Segovia. Las investigaciones descubrieron que, como Egmont y Hornes, su papel en la rebelión de Flandes rozaba en algunos puntos la traición y la sedición. Además, el Barón de Montigny había ofendido al Rey al negarse a acudir a los Países Bajos, en julio de 1566, cuando se lo había reclamado. Y resulta que los reyes rara vez olvidan cosas así.

Nueve meses después de su arresto, Montigny fracasó en un intento de fuga y terminó de incriminarse a ojos del Monarca. Hombres cercanos a la causa rebelde escondieron una carta dentro del pan que se le entregaba a diario al preso para explicarle el plan de fuga. Este consistía en que el reo pidiera al Rey que unos músicos le cantasen y tañasen según el uso de Flandes dentro de su prisión. Los músicos dejarían en la habitación del preso los instrumentos musicales, entre los que se escondían cuerdas para deslizarse desde lo alto de su prisión; pero el plan de fuga fue finalmente descubierto.

En marzo de 1570, el Consejo de los Tumultos ordenó desde Bruselas que a Montigny le fuera «cortada la cabeza y puesta en un palo alto». El noble flamenco habría sido ejecutado automáticamente si no fuera por el aprecio que le tenía Anna de Austria (la hija del Emperador Maximiliano II), que en ese momento se desplazaba a España para convertirse en la cuarta esposa de Felipe II. El noble había acompañado a Carlos V en su viaje a España tras las abdicaciones de Bruselas (1556) y era caballero de la Orden del Toisón de Oro, es decir, que estaba fuertemente vinculado a la Casa de Austria. En consecuencia, Anna se mostró de acuerdo con defender su causa.

Retrato de Anna de Austria
Retrato de Anna de Austria

A este factor familiar se sumaba, como explica Geoffrey Parker en su biografía de Felipe II, que las recientes ejecuciones solo habían servido para enardecer los ánimos de la población moderada de Flandes y puesto sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Cuando fue informado el Monarca escribió en uno de sus billetes que «aunque siempre fue tenida por muy justificada, reparé algunos días en mandar que se ejecutase en la forma que venía, porque se me representó que causaría gran rumor y nuevo sentimiento en esos Estados, y aun en los vecinos». Cabía actuar con precaución.

Un gran fingimiento, una enorme mentira

Podría ser difícil cortar su cabeza si Anna le pedía al Rey que le perdonara la vida –le advirtió por carta el Duque de Alba– antes de aconsejarle ajusticiarlo en secreto y simular después que había muerto de causas naturales. Así procedió Felipe, simulando que Montigny había muerto por una enfermedad antes de que se le aplicara ninguna pena.

Con este propósito mandó que fuera trasladado hasta el archivo fortaleza de Simancas desde Segovia, donde iba a celebrarse la boda. Para justificar que el reo había pasado a un régimen más estricto se fingió que le habían hallado en su dormitorio unas cartas planeando otro intento de fuga. No en vano, un médico de confianza de la Familia Real (en el pasado éste había atendido a Juana la Loca en Tordesillas) participó en la farsa y acudió a atender al noble flamenco de «una calentura de ruin especie» con medicamentos.

grabado de Floris de Montmorency
grabado de Floris de Montmorency

Finalmente fue ejecutado «dándole garrote» el 15 de octubre de 1570, si bien el Rey descartó la opinión de aquellos que le recomendaban que le «diera un bocado o le echara veneno» en la comida puesto que si no había ejecución no se cumplía la justicia. Floris de Montmorency mantuvo la calma y se mostró confiado en «la venida de la Reina Nuestra Señora» hasta el último momento. Pero al darse cuenta de que iba a ser ejecutado allí mismo perdió la compostura y para cuando la recuperó al menos agradeció que no fuera a ser ejecutado en público. Tal vez sin sospechar que iba a ser víctima de una mentira que duraría siglos. Tanto Anna como el mundo católico dio por buena la versión de que había muerto por una enfermedad. Los archivos de Simancas guardaron el secreto del Rey hasta que en 1844 tres miembros de la Real Academia de Historia echaron luz sobre el asunto.

Sin desazón alguna, Felipe y Anna se casaron un mes después y pasaron la noche de bodas en el Alcázar de Segovia, que hasta tres meses antes había servido de prisión al «amigo» de la austriaca.

Toda la actualidad en portada

comentarios