Historia

El lado más humano de Felipe II, ¿cómo se tomó en realidad el desastre de la Armada Invencible?

La actitud del español frente a la tragedia contrasta con la mezquindad de la inglesa Isabel I. La defensa de las islas dejó a 9.000 marineros víctimas de sendas epidemias de tifus y disentería

Felipe II por Antonio Moro
Felipe II por Antonio Moro - ABC

La frase más famosa atribuida a Felipe II al conocer la suerte de «la Grande y Felicísima Armada» es simplemente falsa: «Yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos» (la cita apareció en una biografía de Felipe II escrita por Baltasar Porreño 40 años después de la derrota). La noticia resultó un fuerte golpe para el rey, que incluso aseguró que prefería morir que «ver tanta desdicha», pero también es cierto que los reyes no tienen tiempo para llorar ni para pronunciar frases tan lapidarias. Pocos días después, Felipe II ya se encontraba inmerso en una nueva empresa y disponiendo que los hombres heridos recibieran el mejor de los tratos posibles. Dentro de su visión mesiánica del mundo y de sí mismo, Dios ya encontraría la forma de compensarle más adelante.

La visión mesiánica de sí mismo costaron al Imperio español varias derrotas, puesto que, como en la Empresa Inglesa, el Monarca dejaba muchos factores a la asistencia divina

Sin ser el fanático religioso que ha trazado sus enemigos, su profunda religiosidad y la visión mesiánica de sí mismo costaron al Imperio español varias derrotas, puesto que, como en la Empresa Inglesa, el Monarca dejaba muchos factores a la suerte y a la asistencia divina. Dentro del primer imperio global de la historia, los fracasos solían ser compensados por victorias. Así, por ejemplo, el resurgimiento de la revuelta en los Países Bajos en 1571 fue compensado con la resonante victoria en Lepanto y la matanza de San Bartolomé en Francia, donde la facción católica masacró a buena parte de los líderes hugonotes.

Las noticias del fracaso a cuentagotas

El mesianismo no salvó a Felipe II del disgusto de 1588. Como explica Geoffrey Parker en su libro «Felipe II, la biografía definitiva» (Planeta), el rey y sus ministros se convencieron de que el éxito de la Empresa Inglesa resolvería todos los problemas estratégicos a los que se enfrentaba el Imperio español. El plan pasaba porque «la mayor flota jamás vista desde la creación del mundo», dirigida por el Duque de Medina-Sidonia, viajara a algún puerto de Flandes a recoger a la infantería que combatía en los Países Bajos a las órdenes de Alejandro Farnesio. Una misión que ni las comunicaciones de la época –los Tercios de Flandes no estuvieron preparados a tiempo– ni los ágiles barcos enemigos permitieron llevar a efecto.

Los ingleses no pudieron hundir prácticamente ninguno de los galeones españoles, auténticos castillos flotantes, pero Medina-Sidonia no alcanzó a «darse la mano» con los ejércitos hispánicos en los Países Bajos y se vio forzado a bordear las Islas Británicas. Los arañazos alcanzados por los buques ingleses y las tempestades fueron transformando los barcos en ruinas flotantes. La defectuosa cartografía portada por los españoles fue el golpe de gracia para una travesía a ciegas por las escarpadas costas de Escocia y de Irlanda. Allí ocurrió la auténtica catástrofe.

Retrato del Duque de Medina-Sidonia
Retrato del Duque de Medina-Sidonia- ABC.ES

Se hundieron un tercio de los 130 barcos que partieron de España y solo la mitad de los hombres que habían zarpado regresaron con vida. Murieron más de 15.000 hombres en total, entre ellos los integrantes de la mejor generación de marinos de la historia de España (Juan Martínez de Recalde, Miguel de Oquendo, etc.). No en vano, Felipe II tardó varios meses en darse cuenta de la gravedad de la derrota. Como señala Parker, los primeros informes de encuentros con los ingleses habían sido incluso alentadores. La señal más temprana de que las cosas iban mal llegó con una carta de Alejandro Farnesio, el 31 de agosto, donde reconocía que le había resultado imposible contactar con la Armada y por ello sus hombres se habían quedado en tierra. Al intuir que Medina-Sidonia había seguido de largo, Felipe II le escribió una carta allá donde estuviera pidiéndole que antes de regresar desembarcara unos cuantos hombres en Escocia para aliarse con los católicos y pasar así el invierno.

El 3 de septiembre se concretaba en una carta desde Francia la suerte de esa flota que, desde luego, no estaba para desembarcar en Escocia más que enfermos y heridos. Mateo Vázquez, el secretario más íntimo del Rey, fue el encargado de informar levemente de lo ocurrido, aunque dejando la puerta abierta a que a través de más rezos se pudiera todavía cambiar la suerte de la flota. El monarca contestó hundido: «Yo espero en Dios que no habrá permitido tanto mal como algunos deben temer (...), pues todo se ha hecho por su servicio». Con cada carta la situación era más oscura. Dos meses después de la partida de la Armada, llegaron los primeros galeones maltrechos a La Coruña. «Toda la gente de mi servicio ha muerto, que eran como 60, de manera que con solo dos me he hallado. Sea nuestro Señor Bendito por todo lo que ha ordenado», escribió Medina-Sidonia, enfermo y agotado, nada más poner pie en España.

La actitud inhumana de la Reina inglesa

«Todo esto he visto, aunque creo que fuera mejor no haberlo visto, según lo que duele», escribió en uno de sus billetes Felipe II tras leer los detalles sobre el viaje. El Rey acostumbraba a sufrir indisposiciones cuando recibía malas noticias y este caso no fue una excepción, si bien supo reponerse para atender a sus heridos. Felipe II hizo «cuanto estuvo en su mano para aliviar sus sufrimientos y en vez de recriminar la derrota de Medina Sidonia, le ordenó que regresara a Cádiz y reanudara allí su gobierno», según señala el historiador británico J. F. C. Fuller. Cuando descubrió que eran licenciados algunos veteranos sin sus salarios, el Monarca ordenó que fueran bien pagados y «gratificados en lo que hubiera lugar».

Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg
Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg

La actitud humanitaria del Rey español frente a la tragedia contrasta con la mezquindad de la inglesa Isabel I. La defensa de las islas dejó las fuerzas inglesas al límite de sus fuerzas y 9000 marineros ingleses fueron víctimas de sendas epidemias de tifus y disentería, que estallaron a bordo de los barcos ingleses inmediatamente después del enfrentamiento con la flota española.

A la batalla siguieron todo tipo de disturbios y enfrentamientos políticos provocados por las penalidades pasadas por los combatientes ingleses, que murieron por millares en un total abandono, y que tardaron meses en cobrar sus sueldos debido a que la guerra llevó al borde de la bancarrota tanto a la Corona española como a la inglesa. «Al contrario de Felipe, no había nada de caballeroso ni de generoso en su carácter, y no existe duda alguna de que, de haber sido mujer de corazón como lo era de cerebro, hubiera resultado imposible que dejara morir de hambre y de enfermedad a tan alto número de valerosos marinos luego de conseguir aquella victoria para ella», recuerda Fuller.

«Es lastimoso presenciar cómo los hombres padecen después de haber prestado tal servicio... Valdría más que Su Majestad la reina hiciera algo en su favor, aún a riesgo de gastar unas monedas, y no los dejara llegar a semejante extremo, porque en adelante quizá tengamos que volver a necesitar de sus servicios; y si no se cuida más de esos hombres, y se les deja morir de hambre y de miseria será muy difícil volver a conseguir su ayuda», criticó uno de los contemporáneos de la Reina.

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