Luis Herrero - Pincho de tortilla y caña

Esplendor en la yerba Luis Herrero

Habrá quien piense que Blesa ha sido víctima del remordimiento personal y quien atribuya su muerte al peso del escarnio público. El resultado es el mismo: el espejo devuelve la imagen de lo que somos, no de lo que quisimos ser

LUIS HERRERO - abcespana - Actualizado: Guardado en: España

El nombre de Miguel Blesa irrumpió el miércoles en el torrente informativo con la fuerza de una tragedia, aún llamó la atención de los titulares del jueves merced al relato de la sangre fría con que encaró una muerte minuciosamente premeditada, y luego se desvaneció como la luz de una bengala que ha chisporroteado con fugacidad fulgurante durante un breve rato. El viernes ya no quedaba ni rastro de su nombre en las portadas. Apenas unas cuantas columnas de humo negro recordaban, en páginas interiores, que ya era historia. Una triste historia.

Le conocí en el verano de 1990, mientras subía los toldos del apartamento que Juan Villalonga le dejaba a Aznar aquellos agostos finiseculares, en las cuestas de Oropesa, y Aznar se asomaba al mediterráneo castellonense tratando de otear la isla del tesoro. Eran días de vísperas. Los tres amigos -Aznar, Villalonga y Blesa- hablaban en aquel apartamento de lo divino y lo humano. Más de lo humano que de lo divino. Del reino de este mundo. Del camino al poder. Oí lo poco que me dejaron escuchar. En todo caso, lo suficiente.

Volví a verle por segunda vez pocos meses más tarde en una arrocería del barrio de Chamartín a la que me llevó Juan Villalonga. Pedro Arriola me contó que Blesa, Villalonga y él comían juntos con cierta periodicidad y que en las sobremesas tramaban estrategias para favorecer el desembarco de Aznar en la playa de La Moncloa. «¿Eso no es más propio de la ejecutiva del partido?», le pregunté. «Las ejecutivas pasan, los amigos permanecen», me respondió el sociólogo aznarista con susurro de asesor palaciego.

Dos años después, tras la caída de Mario Conde, Aznar me contó que Blesa le había ayudado a resistir el asedio financiero que el presidente de Banesto, en compañía de otros, había diseñado para hacerse con el control de Génova. Tuve claro desde entonces que su amigo, a quien había conocido en Logroño quince años antes, estaba llamado a grandes empresas en el nuevo orden político, una vez que el viejo se estrellara en las urnas. En 1996, casi a la vez, Aznar llegó a La Moncloa, Villalonga a Telefónica, Blesa a Caja Madrid y Arriola a la condición de asesor áulico, y no precisamente barato, de los tres.

Logrado el proyecto común -la conquista de la isla del tesoro que Aznar avizoraba en la línea del horizonte desde la terraza castellonense de Oropesa del Mar-, las ambiciones se bifurcaron y la sentencia senequista de Arriola se demostró equivocada: al calor del poder, las amistades son tan efímeras como las ejecutivas de los partidos. Las dos pasan, ninguna permanece. Adolfo Suárez y Fernando Abril hubieran podido atestiguarlo. Y Felipe González y Alfonso Guerra, también. Aznar, en eso, no vivió una experiencia distinta a la de sus predecesores. El mal de altura es implacable: el qué acaba con el quién y los finales arruinan los principios.

Habrá quien piense que Blesa ha sido víctima del remordimiento personal de la culpa y quien atribuya su muerte al peso abrumador del escarnio público que soportaba. En ambos casos, el resultado final es el mismo: el espejo devuelve la imagen de lo que somos, no de lo que quisimos ser. Blesa dejó de respetarse a sí mismo cuando comprendió que no iba a ser recordado como el fiel aliado de quien llegó a la presidencia del Gobierno con ánimo de mejorar las cosas, sino como la eminencia gris de las tarjetas black y de otras negritudes igualmente pestilentes. Y ese fue, a la postre, su error más grave.

Pincho de tortilla y caña, Miguel, a que hubieras vuelto a sentirte orgulloso de ti mismo si te hubieras dado la oportunidad de pedir perdón por tus errores y de pagar por ellos con la dignidad de quien sabe, como Wordsworth, que «aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos porque la belleza subsiste en los consoladores pensamientos que brotaron del humano sufrimiento, y en la fe que mira a través de la muerte». Por cerca que estemos del final siempre podemos regresar al principio.

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