Opinión - todo irá bien

Mas humilla a Junqueras

«Cualquier intento de orden fenece ante un partido que cuestiona la propiedad privada y tiene una idea venezolana de la democracia»

El presidente de la Generalitat, Artur Mas, junto al líder de ERC, Oriol Junqueras
El presidente de la Generalitat, Artur Mas, junto al líder de ERC, Oriol Junqueras - efe
salvador sostres - abcespana - Barcelona - Actualizado: Guardado en: España

Convergència ha doblegado a Esquerra de un modo tal que el presidente Mas y sus colaboradores están rogando a su tropa que disimulen la euforia y que sean caritativos en la victoria. Mas ha humillado a Junqueras en público y con dolor. La sensación en ERC es que han vuelto a perder sin tocar el balón.

El complejo de inferioridad que tienen respecto de los convergentes no les permite avanzar y por mucho que parezca que esta vez será la vez, al final llega Mas y les devuelve al corral. Junqueras es el niño que teme que le dejen desnudo en medio de la clase y que sus compañeros se rían de él. La cobardía puede convertir cualquier inteligencia en mediocridad. Fallaste corazón, no vuelvas a apostar.

Convergència se va a poder refundar a costa de Junqueras, Esquerra se disuelve en la candidatura unitaria y Mas recupera el control de la escena. No deja de ser un pacto entre perdedores, como los que cuando se encienden las luces de la discoteca van con el arrastre a por lo que queda de morralla.

CiU y ERC habían visto decrecer, en las últimas semanas, sus expectativas electorales. A los dos les conviene disimularse las vergüenzas: a Mas, para controlar el Govern y el dinero del Govern, porque Convergència no es un partido, sino una trama. A Junqueras para continuar vestido, aunque Esquerra tenga que renunciar a su más profunda razón de ser, que es destruir a Convergència.

Mas acepta no encabezar la candidatura, que liderará, como antídoto contra Podemos, un absurdo comunista buenista, Raül Romeva, convertido al secesionismo en el momento exacto. Le seguirán esas dos señoras de la agitación callejera, Carme Forcadell y Muriel Casals. Pero los tres con el compromiso, ¡alehop!, de que el presidente será Mas. A cambio de concesiones cosméticas, la burla del president ha sido total. Han alcanzado las tropas convergentes sus últimos objetivos electorales.

Pero más allá del tanteo a corto plazo, y de la aventura diaria en la que vive instalada la política catalana, Convergència quedará en manos de la extrema izquierda, con quien se supone que tendrá que pactar el nuevo ordenamiento jurídico de Cataluña. Cualquier concepto de orden fenece ante un partido que cuestiona la propiedad privada y tiene una idea venezolana de la democracia. Eso si las dos candidaturas independentistas suman mayoría absoluta, que con semejante cartel de grotescos personajes, no está nada claro.

Mas gana tiempo, Esquerra pierde la camisa y Cataluña se instala en la incertidumbre asomada al caos. Tsipras a lo lejos es Europa explicada a los independentistas. Las chulerías son estériles y luego la rendición sale más cara.

El camino se estrecha. Al soberanismo se le acerca el tiempo de pagar el precio. La CUP ha dicho que no votará la investidura de Mas. La satisfacción convergente se parece a la euforia en la plaza Syntagma. La realidad espera en las bambalinas del simulacro.

Tal como Convergència es más que Esquerra, España y Europa son mucho más que un trámite.

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