Roger Chartier, fotografiado poco después de la entrevista en un hotel de Madrid
Roger Chartier, fotografiado poco después de la entrevista en un hotel de Madrid - ISABEL PERMUY
FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Roger Chartier: «La idea de que la cultura debe ser gratuita es absurda»

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España ocupa el puesto 19 entre los 20 países con mayor índice de lectura del mundo. En nuestro país, según la UNESCO, se lee, de media, 5,8 horas semanales. Sin embargo, ese buen hábito lector no se corresponde con las cifras del sector, que acumula seis años de pérdidas millonarias. De este presente, pero sobre todo del futuro de la industria editorial (la más importante de todas las ramas culturales para el PIB español) reflexiona en esta entrevista Roger Chartier (Lyon, 1945), gran experto en Historia de la Lectura, que la semana pasada visitó España para ofrecer un taller en la Casa del Lector.

- Para abrir fuego, voy a plantearle una cuestión que todo buen lector se hace en este momento: ¿cuál es el futuro del libro en papel?

- Bien, podemos parar aquí la entrevista, porque no lo sé. Evidentemente es una cuestión obsesiva. Recuerdo una conferencia de Umberto Eco en la que decía que estaba harto de esta pregunta, porque no sabía qué responder, pero como él estaba pensando en su propia muerte consideraba que era una cuestión importante. Tal vez ahora sea más difícil responder a esta pregunta que hace cinco o seis años. Algunos casos muestran que la coexistencia no sobrevive, que la forma electrónica es la dominante. Con la multiplicación de otros soportes para el formato electrónico se produce un mayor uso del texto electrónico. Además, en Reino Unido y Estados Unidos, ha crecido el porcentaje del libro electrónico en los últimos año, frente a España o Francia, donde no supera el 5%. Esto dibuja un porvenir posible en el que la forma electrónica va a abarcar cada vez más. No puedo decir más. La incertidumbre tal vez se puede reducir con estudios más precisos, particularmente sobre las prácticas de los jóvenes. Porque finalmente el porvenir está presente en las prácticas de los jóvenes. La inmediatez colectiva de su práctica va a hacer que la coexistencia sea duradera… o no.

- Este futuro que acaba de dibujar, ¿qué efecto cultural tendrá?

- Muy importante, porque hay que considerar que no hay equivalencia entre un texto, incluso si es el mismo texto, en la forma impresa y la electrónica. Los límites y las posibilidades de una lectura y de otra son diferentes.

- Osea que considera que la lectura digital y la lectura en papel son experiencias distintas.

- Claro. Por dos razones. La primera es que la inscripción del texto es radicalmente diferente. En un libro impreso o un diario, esa inscripción nunca se separa de la percepción de la totalidad de la obra que está dentro del material. Esa operación, que es casi inconsciente, es completamente diferente en un formato electrónico, porque el fragmento puede estar totalmente separado de la totalidad textual. La segunda razón es que la lectura frente a la pantalla es más segmentada, fragmentada, estrellada, hipertextual…

- ¿Qué influencia tiene el libro impreso en la actual sociedad?

- Aquí depende de un análisis sociológico de los distintos medios, países, clases e instituciones. No hay una verdad general, faltan estudios, una reflexión histórica para contribuir a establecer este diagnóstico que huye, es como el libro de arena.

- Según la UNESCO, España está entre los 20 países con mayor índice de lectura del mundo, con una media de 5,8 horas de lectura a la semana.

- Es un indicio particular. La base de estos estudios es lo que responde la gente a un cuestionario. El problema es que a veces hay una discrepancia entre las prácticas y el discurso sobre las prácticas. Esto se ha visto claramente en los jóvenes, particularmente los varones, en un mundo en el que presentarse como lector no se valora, lo que es diferente para las mujeres. Todas estas estadísticas tienen un grado de incertidumbre.

- Y, sin embargo, solo el 32% de los lectores paga por los libros electrónicos.

- Ah, otro problema.

- Sí, el problema de la piratería, que en España provoca pérdidas anuales para la industria editorial de más de 350 millones de euros.

- Estos debates, al menos en Francia, a veces son un poco decepcionantes para el sector del libro, porque siempre se centran en la música y el cine

- Pero la piratería es un problema muy importante para el sector del libro.

- Sí, claro, sin duda, para todas las industrias culturales. Evidentemente es una flagrante violación de la ley. Más allá del acto, que es ilegal, la discusión es qué tipo de castigo, de multa, de dispositivo legal que lo impida. El problema es que, sobre todo entre los más jóvenes, se ha instalado la idea de que la cultura debe ser gratuita.

- Y eso es una falacia.

- Evidentemente, porque la cultura supone, en los criterios tradicionales, intervenciones técnicas, derechos de los autores, un proceso material… Es una idea absurda, pero que se ha instalado, el acceso gratuito y directo a todas las producciones culturales. No debemos olvidar que en el siglo XVIII toda una corriente de la Ilustración pensaba que la propiedad literaria no era legítima, que si las ideas son útiles para la humanidad, nadie puede decir que es el propietario de esto. Esta idea se ha mantenido en algunas comunidades científicas, que quieren establecer un acceso libre y gratuito a los resultados de las investigaciones. Ningún estado ha encontrado la respuesta a la piratería.

- ¿Sigue siendo el libro el centro de la educación en Europa?

- Había cierta tendencia a alejarse, si no necesariamente de la forma impresa, de la idea del libro como totalidad textual y existe la tendencia de las fotocopias, los apuntes, yendo a una utilización más de los extractos y fragmentos que de imponer en el centro de la pedagogía el libro como narración que empieza y acaba. El libro, como totalidad, debe ser reubicado en el centro de la enseñanza, desde la primaria hasta la universidad.

- Alessandro Baricco sostiene que ya no tiene sentido escribir libros de mil páginas porque no hay lectores que los lean. Es decir, que la experiencia lectora cada vez es más fragmentada, más breve.

- No estoy de acuerdo, porque los libros que ocupan los puestos de más vendidos no son de mil páginas, pero sí de 500 o más. No es una ley general, la gente no se está alejando de las obras que tienen esta forma libresca. Depende de los contextos, de los géneros…

- Lo que sí es cierto, y es un matiz que se ha deslizado a lo largo de toda la conversación, es que no es lo mismo comprar libros que leerlos.

- Sí, es algo que se ha notado, sobre todo en las lecturas de los adolescentes, un mercado particularmente activo de las editoriales. Se pueden leer libros que no se compran y se pueden comprar libros que no se leen. La posibilidad de las bibliotecas públicas es una alternativa que funciona. ¿Usted no ha comprado nunca un libro que no ha leído?

- Sí, me temo que sí.

- Yo tengo centenares en mi biblioteca. Es un momento de encuentro con algo que parece atractivo y después se olvida. Hay libros que desaparecen en la biblioteca, sin ser de arena.

- ¿Llegará la lectura digital a ser un vehículo de transmisión cultural tan poderoso como en su día lo fue la lectura impresa?

- Este tipo de acceso abre posibilidades absolutamente originales y poderosas. Por ejemplo, si hablamos de libros científicos y de historia, en la forma digital es posible una demostración original gracias a los vínculos hipertextuales, y al mismo tiempo el lector, si quiere hacerlo, puede comprobar más fácilmente que en un libro impreso lo que dice el historiador. Se abre toda una nueva dimensión a la posibilidad de leer y escribir, que conlleva una nueva forma de transmitir lectura. Pero, al mismo tiempo, esta forma también puede desafiar los criterios que hemos construido para definir lo que es un libro. No es un diagnóstico ni apocalíptico ni utópico, más de transformación morfológica, tanto de lo que se lee como de cómo se lee. Son los jóvenes lectores los que definirán el porvenir.

- El futuro depende de ellos.

- Así es. Y espero que sigan leyendo.