Richard Ford: «Como Graham Green, yo también tengo una aguja de hielo en el corazón»
El novelista Richard Ford viajó a Barcelona para presentar su última novela, «Canadá». - INÉS BAUCELLS

Richard Ford: «Como Graham Green, yo también tengo una aguja de hielo en el corazón»

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Nacido en Jackson, Mississippi hace 68 años, el novelista Richard Ford envejece bien. No se ha apagado el brillo de sus ojos azules, ni sus dotes de observación, su sentido del humor, su inteligencia y capacidad de invención, como demuestra con largueza en su última obra, «Canadá», que acaba de publicar Anagrama y le llevó hace unos días a Barcelona. Su frente no deja de ganar amplitud, en detrimento de su blanquecina pradera capilar. Luce un tono de piel bien horneado, seguramente porque sabe compaginar las horas de escritorio con los grandes espacios abiertos que son un trasunto de su país, Estados Unidos. Anillo de casado en el dedo correspondiente de la mano derecha, reloj rectangular, clásico, con pulsera de cuero, en la muñeca izquierda. Viste informal, pero confortablemente, con sólidos zapatos con cordones. Comparte con Graham Green la sospecha de que «para ser un novelista tienes que tener una aguja de hielo en tu corazón», y admite: «Yo tengo esa aguja. Yo la tengo. Lo siento».

«Canadá» es la historia de dos mellizos de quince años cuyos padres, un militar retirado y una maestra, se convierten en improbables atracadores de un banco y acaban con sus huesos en la cárcel. La novela es el relato en primera persona de Dell Parsons, el hijo de Bev y Neeva, el hermano de Berner. Se piensa las respuestas. A veces me recuerda a John Berger cuando le veo pelear, en su cabeza, tras su afable rostro triangular, tratando de encontrar la expresión más exacta entre su pensamiento y la voz, entre el cerebro y la lengua. Es la genuina batalla del escritor en toda su íntima verdad, mientras mira a los ojos con una franqueza que no intimida, y eso que, como él mismo ha reconocido, de joven era capaz de enzarzarse a puñetazos: dio muchas palizas, pero reconoce que «cuantos más puñetazos das, más puñetazos recibes». Ahora es uno de los escritores más cordiales con los que uno puede compartir una mañana en Barcelona o una noche en la costa de Nueva Inglaterra, como la primera vez que nos vimos, en el verano de 1992, poco después de que publicara «Incendios», otra novela ambientada, como «Canadá», en Great Falls, Montana, no lejos de la frontera con Canadá.

¿Todavía consigue la literatura atrapar su deseo como al principio? Me refiero a las palabras de Jean Paul Sarte que usted menciona en «Flores entre las grietas», cuando dice que «La obra de arte es un valor porque es una llamada». En otras palabras, ¿le sigue atrayendo la literatura como al comienzo de su carrera?

Ahora leo más de lo que nunca había leídoNo creo que nadie que se dedique a la escritura, con el paso del tiempo represente lo mismo que al principio. He acarreado mucho material, he tenido suerte, he envejecido 50 años... La mejor manera de respoder a esa pregunta es que ahora leo más de lo que nunca había leído, y además disfruto mucho más de la lectura de lo que disfrutaba antes.

¿Más ahora que antes?

Sí. Para mí la literatura tiene mucho más que ver con lo he leído que con lo que he escrito.

¿Cómo ve «Canadá» a través del tren de sus anteriores libros? ¿Cuán diferente, nueva, especial es esta novela?

Es inevitable, para mí, porque hay fórmulas, estrategias, temas en los que empecé a trabajar hace 35 años, y que siguen presentes en mi escritura. Por eso «Canadá» es la combinación de todas esas preocupaciones, formulaciones y estrategias narrativas. Es el resultado porque creo que he sido capaz de combinar al niño y al adulto en este libro como no había sido capaz ni siquiera de pensarlo antes. Primero escribí un relato, después, una «novella», luego una novela corta y finalmente una novela completa. Pensando en todo el proceso que he seguido, en todo el trabajo realizado, creo que por fin está terminado. Esta parte de mi vida como escritor está completa.

¿De dónde le vino la necesidad de escribir exactamente la historia de Dell Parsons desde sus ojos?

Lo primordial era un niño llevado a Canadá contra su voluntadEmpecé a pensar en este libro en 1989, pero cuando finalmente me senté a escribirlo quería asegurarme de que no perdía de vista lo primordial, que era la historia de un niño que era llevado a través de la frontera con Canadá en contra de su voluntad. Primero tenía que entender eso por completo. A continuación tenía también que tratar de comprender todo lo qué había ocurrido antes, y también pensar a fondo en lo que significan las fronteras en todos los aspectos de la existencia. Por otra parte, también quería integrar la vida del niño y la del adulto en una sola pieza, hasta desembocar en la tercera parte, donde quería que confluyeran todas las fuerzas presentes en el libro. Esos fueron mis objetivos.

¿Cómo es de diferente este «Canadá», en su encarnación en forma de libro, desde los días en que empezó a pensarlo y tal vez a soñarlo?

No existía, el final no existía. Al principio solo tenía esta pequeña narración, de apenas 20 páginas, y sobre las que no había vuelto a trabajar.

¿Y tampoco conocía el final de la historia?

Nooo. Pero cuando en 2008 comencé de verdad a escribir la novela entonces sí conocía el final, y el principio. Sabía que la tercera parte sería corta, y sabía lo que iba a meter en la primera parte y en la segunda. Es mi forma de trabajar. Nunca comienzo a escribir un libro si antes no tengo la convicción de que entiendo al final, aunque a veces, como fue el caso de «El Día de la Independencia», cuando me doy cuenta de que el final que había previsto no me satisfacía, lo cambie. Pero en «Canadá» la conclusión era exactamente lo que había pensado que fuera antes de escribirla.

¿Fue Bev Parsons, como muchos otros que combatieron en la guerra, el resultado de un gran malentendido acerca de lo que la vida podría ser?

Sí, pero él fue a la guerra siendo joven y la América que surgió de la Segunda Guerra Mundial había cambiado por completo. Se abrió un gran abanico de oportunidades, pero Bev eligió permanecer en el ejército. Se podría decir que él no fue capaz de adaptarse a ese cambio, a lo que podía haber hecho en esos nuevos Estados Unidos para triunfar después la guerra. A ojos de su hijo, esa decisión contribuyó de alguna manera a su fracaso. De hecho, cuando se ven en la cárcel, Bev le dice a su hijo: «He confiado demasiado en el gobierno». No había sido capaz de encontrar en sí mismo el espíritu de independencia que se respiraba en la América en los años cincuenta.

Tal vez sea una pregunta para sociólogos, pero... ¿Cuán común cree que es en Estados Unidos la enfermedad de hacer a tus padres responsable de tu propio destino?

Es un hábito reflejo.

No solo en América.

Para mí es muy importante vivir la vida en presenteSeguro que no. Es un acto reflejo, no un acto reflexivo. No es producto de un pensamiento racional, porque si utilizas el pensamiento racional tienes que reconocer que debes responsabilizarte de tus propios actos. Para mí es muy importante vivir la vida en presente, y mis padres, como es el caso de la mayoría de los padres, hicieron lo mejor que supieron. Por supuesto que cometieron errores, se arrepintieron...

Tal vez sea una cuestión de madurez, este hábito de hacer a otros culpables de tus errores...

Creo que es más una patología que una cuestión de madurez. Usted mismo lo señaló al decir que es una enfermedad hacer constantemente responsables a otros de tus problemas, de tu comportamiento.

¿Cómo de diferentes son el Great Falls de «Incendios» y el mismo lugar de «Canadá»? ¿Por qué sintió la necesidad de volver allí en su obra de ficción?

Porque me permitía hacer cualquier cosa plausible en Great Falls. No ha cambiado, no es conspicuamente diferente. Es más o menos el mismo periodo de tiempo, y lo que saco a relucir es para mí un espacio familiar, y es exactamente lo que quería utilizar. Es decir, es prácticamente el mismo espacio el de las dos novelas.

El novelista Richard Ford, a comienzos de septiembre en Barcelona.

Sin embargo, en «Flores en las grietas» escribió que en sus historias Great Falls es más como el Winesburg de Sherwood Anderson que el verdadero Great Falls de Montana. ¿Se podría decir lo mismo del Great Falls de «Canadá»?

Sí, creo que es eso, es una suerte de «ciudad provocadora» para mí, desde mediados de los años ochenta. Por diferentes motivos, mi Great Falls tiene en realidad muy poco que ver con el nombre, con su localización geográfica en el planeta, con todas las fuerzas económicas, culturales y sociológicas que convergen allí. Comencé a ir a Great Falls en 1984, hace casi treinta años, y seguro que ha cambiado muchísimo desde entonces, pero para mí sigue siendo ese territorio provocador, y los cambios que haya podido experimentar Great Falls desde entonces no me han afectado en la medida en que las historias que ambiento allí siguen teniendo lugar en los años sesenta.

¿Creo recordar que también le resulta evocadora la sonoridad a la hora de pronunciar Great Falls, el significado, muchas capas...?

En inglés, tú puedes pronunciar Great Falls de diferentes maneras, alargando la 'a' de Great o de Falls, poner el énfasis en una palabra o en la otra. También el significado que tiene, de algo que está desmoronándose, algo que de alguna manera es un cataclismo. Es una palabra que en inglés definimos como onomatopéyica. [El significado literal de Great Falls en inglés es Gran Cascada, y en «Canadá» los personajes ironizan en un momento dado sobre la envergadura de esa cascada en comparación con otras].

Al final de un capítulo, el narrador dice: «No debe obviarse en esta historia. Siempre quisimos a nuestros padres». ¿Por qué necesitó Dell (o Richard Ford) decirlo de forma tan contundente?

Porque la sabiduría convencional dirá que si los padres de Dell y Berner hicieron lo que hicieron [robar un banco] y siempre fueron lo que iban a ser. Estaban destinados a convertirse en criminales. Y para mí ese no era el caso. Por eso era tan importante dejar clara la vida corriente que vivían, la vida amorosa de una familia y luego las cosas terribles que ocurrieron. Porque parece que no encajaban muy bien, y sin embargo todos sabemos que en la vida corriente de mucha gente ocurren cosas que cambian todo de forma drástica y repentina. Por eso para mí es tan importante que la gente no recurra al conocimiento convencional para contemplar a esta familia. Si ve a esta familia a través de la lente que yo le proporciono creo que el resultado es enigmático, y solo una novela, solo una obra de arte, puede de alguna manera solventar ese enigma.

¿Cuánta distancia o cercanía hay entre las personalidades de Dell Parsons y Richard Ford?

Son muy distintos. Podría decir que yo soy mucho más independiente de lo que él es. También diría que yo soy mucho menos cauteloso que él, menos pasivo, más agresivo. Pero amo a mis padres de la misma manera que él amaba a lo suyos y me gustaba el colegio tanto como a Dell.

¿Y el ajedrez?

No, ni el ajedrez, ni las abejas... Le proporcioné esos dos detalles porque me permitirían a mí aprender algo. Por eso los puse en el libro. He estado en situaciones en mi vida, cuando tenía 16 y 17 años, que eran muy diferentes a las que él experimenta, pero recuerdo todo perfectamente, y creo que yo tenía una imaginación mucho más activa en aquella época de mi vida que la que Dell manifiesta, aunque también es cierto que lo quea él pasa es mucho más desagradable, mucho más violento, mucho más difícil.

¿Tiene una memoria muy precisa de esa época de su vida porque fue cuando perdió a su propio padre y su vida cambió por completo?

Mi vida cambió por completo cuando murió mi padreSí, mi vida cambió de la noche a la mañana. Yo sé que la vida puede cambiar, y todo lo que dabas por supuesto de repente desaparece, y dejas de tenerlo. Ahora sé que eso puede ocurrir. Cuando tenía 17, 18 años, estaba trabajando en el ferrocarril, en Arkansas, viviendo solo en pequeñas ciudades en la Arkansas rural, y recuerdo bien que las sensaciones que tenía al vivir solo no eran muy diferentes de las de Dell. Estaba al margen de la sociedad, pero me sentía más a gusto conmigo mismo que él, más implicado en lo que experimentaba. Recuerdo que vivía en una pequeña ciudad y a veces el tren pasaba lentamente a través del lugar y yo saltaba al convoy y seguía hasta la siguiente ciudad. Tenía un espíritu aventurero que compartía con muchos jóvenes de mi edad. Me sentía apoyado por mi familia, pero al mismo tiempo me gustaba lanzarme a la aventura.

Se nota en la precisión con la que retrata el paso del tren, de noche.[«Desde la cama, avanzada la noche, solía oír los vagones de mercancías, el acercamiento rugiente de los grandes motores diésel, el crujir de las ballestas, el aullido de los frenos y las traviesas. Era muy parecido a lo que había experimentado en mi cuarto de Great Falls...»]...

Me pasaba todo el tiempo. Recuerdo esos trenes pasando en medio de la noche. Yo no tenía un sueño profundo, y a veces me levantaba y me quedaba viéndolo pasar desde la ventana...

En el camino hacia Canadá, Mildred Remling le dice a Dell que hay dos clases de personas en el mundo, las que entienden que no sabes nunca lo que te está pasando, y las que creen que lo sabes siempre. ¿Dónde se coloca usted?

Soy de los que nunca saben qué te está pasandoYo soy de los que nunca lo saben. Sí, soy de los que nunca lo saben. Creo que fue algo terrible poner esas líneas en el libro. Las puse. Las quité, y finalmente las volví a poner. Esto es demasiado fuerte. Soy yo manipulando demasiado la escena. Pero pensé que tenía que hacerlo. Lo quería allí. Por eso las dejé.

Además era un largo camino desde Great Falls hasta el sitio donde Mildred debía entregar su paquete...

Tenías que hacer algo... [se ríe].

Las fronteras entre Canadá y Estados Unidos, entre México y Estados Unidos, solían ser porosas. Todo parece haber cambiado por completo en los últimos años. ¿Cuál es el significado de la frontera en este libro?

Las fronteras son siempre artificialesBueno, creo que la frontera es artificial, es una provisión, una manera de diferenciar lo que de otra manera sería indistinguible. Serían similares. Hay muchas referencias distintas en el libro. Creo que probablemente lo más importante para Dell es que consigue establecer diferencias entre las cosas que parecen semejantes y el parecido entre cosas que parecen distintas. Las fronteras son siempre artificiales. Las fronteras nos permiten empezar a entender parecidos y diferencias. Durante buena parte de tu vida, hablando de geografía, las fronteras en realidad no existen. No hay frontera entre Canadá y Estados Unidos. No hay frontera entre Estados Unidos y México. No hay un límite preciso entre ser un criminal y no serlo. Eso puede cambiar en un instante. Puedes trazar una línea que, desde lo alto, te permita reconocer esta experiencia, una línea que artificialmente clarifique las cosas, pero...

Es curioso porque Cormac McCarthy, en su trilogía de la frontera, dijo algo parecido, como que trazamos mapas para tratar de no perdernos, cuando en realidad ya estamos perdidos...

Estamos perdidos, pero hemos sido encontradosBueno, estamos perdidos... Es como decía el evangelista [Lucas], estábamos perdidos y fuimos encontrados. Estaba ciego y puedo ver... Todas estas cosas son temporales. Quizá esa una de las diferencias entre la forma en que Cormac y yo vemos las cosas. Creo que sí, estamos perdidos, pero hemos sido encontrados. Creo que como escritor él es mejor que yo, mucho más complicado. Es mejor que yo. Pero eso es algo que no me importa. [Vuelve a reír]. Siempre hay alguien que es mejor que tú.

Gente de la frontera, o gente yendo en pos de la última frontera fue la manera en que a muchos estadounidenses les gustaba definirse a sí mismos, dentro de un inmenso país. ¿Ya no? ¿Ha llegado también el miedo a impregnar la mente de Estados Unidos?

La frontera fue destruida mucho antes del 11-SSí, porque el borde ha dejado de ser eficaz. La idea de crear una frontera que nos proteja, de dejar a los otros fuera, ha saltado en pedazos tras el 11-S. He escrito un libro acerca de ello, «The Lay of the Land» [traducido en España como «Acción de Gracias», tercera parte de la trilogía protagonizada por Frank Bascombe, tras «El periodista deportivo» y «El Día de la Independencia»]. Esa frontera fue destruida mucho antes de que nos diéramos cuenta de que había sido reducida a cenizas. Fue necesario el 11-S, una calamidad, para que viéramos por fin algo que llevaba tiempo ocurriendo ante nuestros ojos. Y lo que significa es el fracaso de nuestra habilidad como estadounidenses para seguir siendo distintos del resto del mundo.

Parece como si los niños nunca acabaran de conocer a sus propios padres: su vida interior, sus deseos y secretos. ¿Es «Canadá» también la confirmación de ese aserto?

Convertirte en adulto es darte cuenta de que tus padres son seres humanos como túCreo que de alguna manera una de las conquistas de convertirse en un adulto es, hasta cierto punto, darte cuenta algo mejor de que tus padres son seres humanos como tú, están sometidos a las mismas dudas, fracasos e incertidumbres, y tienen los mismos deseos que tú. Creo que convertirte en un verdadero adulto incluye una mayor comprensión de tus padres, y desde luego un mayor grado de simpatía hacia ellos. Somos seres solitarios, con este espacio permanente entre cada uno de nosotros y los demás, que nunca es posible superar del todo. Pero tenemos que intentarlo, tratar de vencer esa soledad a través de nuestra curiosidad y nuestra imaginación para romper esa soledad. Los niños ejercitan eso tanto con sus padres como con el resto de los seres humanos. Para eso es buena la literatura.

Esta pregunta tiene mucho que ver con la anterior, y es algo que se cita en «Canadá», los niños como espectadores de sus propios padres. ¿Hay otra forma de ver esos dos mundos?

Los niños tienen que dejar de ser espectadoresEs lo que Dell dice en el libro, que los niños son como espectadores de sus padres, como gente en la orilla viendo lo que ocurre. Pero ese es un papel subordinado para los niños, un papel que debe ser abandonado, para que dejen de ser espectadores. Deben convertirse en actores de su propia vida y en la vida de tus padres.

La muerte de la familia. Así es como Dell interpreta la crónica escrita por su madre desde la cárcel, donde reconoce que ha descubierto en su interior una frialdad completamente nueva para ella. ¿Podría escribir libros como este sin esa frialdad dentro? Los corresponsales de guerra, quizá algunos de ellos, podrían tener eso mismo dentro como un arma para sobrevivir?

Graham Green decía que para ser un novelista tienes que tener una aguja de hielo en tu corazón. Yo tengo esa aguja. Yo la tengo. Lo siento.

No. No tiene por qué. Puedo entenderlo después de haber estado en varias guerras. No es fácil hablar de ello. Pero es exactamente eso.

La vida comenzó a demandar mentiras para poder ser vivida, es algo que Dell descubre entre Partreau y Fort Royal. ¿Es ese uno de los precios a pagar para convertirse en adulto?

Hay algunas concesiones que tienes que hacer para vivir en el mundoMe temo que sí. Sí, pero no tiene por qué ser la parte más omnipresente de tu vida. He escrito sobre eso en «El periodista deportivo», donde Frank dice: Decirlo todo no es necesario. ¿Puedes decir que una confesión parcial, a medias, es una mentira? Es una forma de guardarte algo para ti, de preservación. Antes que nada porque es del todo imposible exponerte a ti mismo por completo, porque aunque quisieras hacerlo no podrías. Hay algunas concesiones que tienes que hacer para vivir en el mundo con otros: con personas cercanas a ti, con personas alejadas de ti, con personas a las que no conoces de nada. Son concesiones, compromisos a los que tienes que llegar, y no hay nada malo en ello. La noción del matrimonio, su mayor atributo, es que llegas al menor número de arreglos con alguien.

Las experiencias físicas, dice Bev Parsons, son las más profundas. ¿Es esa una idea especialmente americana, experiencias basadas en la acción, en espacios abiertos, o también en habitaciones cerradas, más que en el cerebro? ¿Y eso puede apreciarse en las novelas y las películas estadounidenses?

No, es algo muy griego. Viene de Aristóteles, viene de los clásicos. [Se ríe]. Conocemos a la gente por lo que hace, no por lo que dice. Conocer a la gente por lo que piensa es un fenómeno del siglo XIX.

Pero quizás en sus novelas usted ponga un gran énfasis en ello.

¿Lo que ellos hacen?

Eso creo.

Creo que lo hago porque resulta inconfundible. Si hago esto lo hago, y puedes preguntarte por qué lo hago, o cuáles podrían ser las consecuencias…

Pero lo hizo.

Pero lo hizo. Es un acto. Los griegos fueron muy claros respecto a eso. Y eso se mantiene a lo largo del tiempo, y arruina todo.

Dell dice que Arthur Remlinger [hermano de Mildred, amiga de su madre y a quien Neeva encomienda la protección de su hijo cuando ella y su marido ingresan en prisión] «había dejado a un lado la razón hacía mucho tiempo». ¿Quién es este personaje? ¿De dónde viene?

Arthur Remlinger es el personaje más difícil sobre el que he tenido que escribirOjalá lo supiera. Creo que ha sido el personaje más difícil sobre el que nunca he tenido que escribir. Tengo la convicción de haber dejado perfectamente claro quién había sido, pero no tengo ni idea de cuáles son sus orígenes, de dónde viene.

¿Quiere decir que lo intentó una y otra vez pero al final no lo descubrió?

No, no. Pero sentí de forma tan honda que tenía que ser así… Él es… Luché con todas mis fuerzas y nunca acabé de conseguirlo, y si no fuera por mi mujer no lo hubiera terminado. Hace tres años, en el mes de agosto de 2010, estaba trabajando en ese pasaje, el comienzo de la segunda parte. Así que me fui a Nueva Orleáns, donde estaba Kristina, y le dije: Esto no es muy bueno, hice lo que tenía que hacer, pero no tiene ningún sentido para mí. Me pidió que le dejara leerlo, y me dijo: Esto es verdaderamente bueno. ¿Pero cómo puede ser bueno si yo no creo que sea muy bueno? Si así lo crees, sigue avanzando en el libro, deja este pasaje de lado y en Navidad volvemos a verlo. Y en Navidad volvió a leerlo y dijo que era estupendo. Yo nunca creí que fuera estupendo, y todavía hoy no lo creo…

¿Pero usted confía en su instinto? (Silencio) ¿Como lectora? (Silencio).

Lo intento. [Y se ríe]. Déjeme decirle la verdad: cuando no puedo confiar en mí mismo… Si no estuviera persuadido de que no era bueno no lo habría hecho, pero no estaba seguro, y cuando no confío en mí mismo… confío en ella. Ella no me haría daño, ella no me dejaría publicar nada que pensara que era terrible…

Porque ella le quiere…

Hummm… Sí, ella no dejaría de decirme si algo no funciona…

La elíptica relación familiar. ¿Se trata de una definición, una especie de tendencia en Estados Unidos? ¿Aprecia esa falta de contacto físico, de ausencia de calor y amor entre las familias estadounidenses, en contraste por ejemplo con las latinas?

La ciudad europea y el espacio americano nutren la novela americana No puedo generalizar acerca de estas cuestiones, y desde luego que mucho menos sobre los latinos. Muchas familias americanas no son elípticas, y lo sé de primera mano, de familias que viven en pequeñas comunidades rurales, en pequeñas ciudades, donde se celebran numerosos eventos sociales. Creo que lo he dicho en otras ocasiones, una de las grandes fuerzas de la literatura americana radica en que Estados Unidos fue fundada a partir de tradiciones europeas, tradición de la pequeña ciudad: nacer en una ciudad, permanecer en ella, vivir y morir en tu ciudad. Pero la inmensidad de este país ha hecho que cuando la gente se enfadaba, o se sentía insatisfecha, cambiara de horizonte. Creo que en gran medida se debe a la disponibilidad del espacio, que le permite a las familias expandirse. La potencia de la literatura estadounidense radica en la fuerza que existe entre el modelo de ciudad europea y el de la vida americana que surge en el siglo XVII y la capacidad de moverse en el espacio. Eso creó el drama de la literatura americana.

¿Es Canadá una especie de espejo para Estados Unidos, y si así fuera qué clase de espejo?

No me siento a gusto con el concepto de espejo, me gusta más la idea de apariencia de semejanza pero el hecho de una profunda diferencia. Prefiero eso porque atrapa la imaginación de la gente, que puede ver Canadá como un espejo de Estados Unidos, pero yo no creo que de esa manera vean Canadá de forma muy ajustada a la realidad.

¿Cómo de vivo está el sueño americano si tienes que ir al norte y cruzar la frontera para conseguirlo?

El sueño americano es el sueño de todos los hombresIntacto. Aguanta. Todavía existe. Pero el sueño americano no es el sueño americano, es el sueño francés, es el sueño común.

¿Es el sueño humano?

Quiero vivir mejor de lo que vivo, quiero ser más feliz, quiero estar menos insatisfecho, quiero tener más dinero…

Sin embargo la fórmula es muy atractiva, sueño americano («American dream»), como sintagma…

La verdad es que no suelo escuchar la expresión sueño americano… salvo en Europa. Claro que ahora los políticos, incluso en Estados Unidos, han empezado a utilizarlo, porque tiene que vender su producto.

Richard Ford, el pasado 6 de septiember, en Barcelona.

Las cosas ocurren y tienes que hacerles frente y seguir adelante, sin llorar ni lamentarte. ¿Sería esa su filosofía, si puedo usar esa palabra?

Sí, sí. Lo es. Inténtalo. Eso se lee al final del libro. «Lo intentamos, como mi hermana dijo. Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos».

¿No sé si sabe que esa es también una de las consignas de Beckett? Inténtalo. Inténtalo de nuevo. Fracasa. Fracasa mejor…

No le veo la gracia a Beckett. Prefiero a Groucho MarxNo, no estoy interesado en Beckett. Verdaderamente me aburre. No le veo la gracia. Todo el mundo dice que es divertido, pero si fuera gracioso yo me reiría. Groucho Marx es gracioso [y lo corrobora riéndose con ganas].

¿La escritura es pensamiento? Eso es algo que usted dice en 'Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa', el ensayo con el que arranca «Flores en las grietas»: “escritura-que-es-en-realidad-pensamiento, donde sospecho que tiene lugar la gran invención, la sorpresa y la nueva inteligencia”. ¿Es ese todo el misterio?

Es algo que le leí a Don DeLillo, que la escritura es una forma concentrada de pensamiento.

¿Y comparte esa idea?

El pensamiento funciona sin el lenguajeAlgo de lo que acaba de decir me ha sonado diferente en mi cabeza ahora, porque quizá he llegado a comprender el pensamiento algo mejor de lo que solía. El pensamiento es algo que funciona sin el lenguaje, el pensamiento es algo que va al margen de la escritura. La escritura puede ser la prueba del pensamiento, pero creo que en el curso de mi vida he ido confiando cada vez más en las habilidades no cognitivas, no lingüísticas, no intelectuales, para acercarme a las cosas, y verdaderamente creo que ahora dependo menos del lenguaje para alcanzar un claro entendimiento de las cosas que antes. Confío más en mi imaginación. Ahora llegan a mí las cosas de forma caótica, cosas que antes me parecían inaccesibles.

¿Quiere decir que puede pensar sin palabras?

Exacto. Sí lo creo. Las palabras, las palabras son evidencias, pero como un elemento más de lo que está ocurriendo. Confío más en lo que está ocurriendo que en las palabras que lo cuentan, no sé por qué, quizá porque me estoy volviendo viejo…

Quizá más sabio…

Como dijo Henry James, puedes escribir en la oscuridadQuiero decir que cuando escribes algo no tiene por que ser una forma de pensamiento porque, como dijo Henry James, puedes escribir en la oscuridad, puedes describir escenas que no sabes de dónde vienen, y a eso se parece el pensamiento cuando la escritura avanza a tientas en la oscuridad, cuando no sabes a dónde te encaminas, a dónde vas, qué va a ser de todo eso, y al final todo eso cuaja y se funde en torno a esas palabras, aunque a menudo acaba encogiendo, y perdiendo el dinamismo que traía la imaginación…

¿Hay algún vínculo subterráneo entre este «Canadá» y «Mi madre, in memoriam», el libro que escribió sobre Edna Akin?

Sí, pero no es subterráneo, está usted delante de él, soy yo. [Se ríe]. Después de que mi padre muriera, pensé en mi madre como en alguien con ambición, como alguien que quería vivir una vida que no hubiera podido vivir con mi padre, porque mientras él vivía mi madre vivió una vida mucho más contenida. Y eso que amaba mucho a mi padre. Pero cuando se quedó viuda ella empezó a sentir una especie de anhelo. Cuando recogí sus cosas después de su muerte encontré un cuaderno, con todas las páginas en blanco, salvo en la primera, donde decía, escrito con su propia mano, con su caligrafía: «Les (que era el apodo de mi abuela), una vida». Mi madre tenía aspiraciones, que muchas veces me dejaron asombrado. Vi a mi madre como jamás la había visto antes, con una especie de apetito, de hambre por la vida, que creo que se puede rastrear en Neeva [la esposa de Bev Parsons, la madre de Dell y Berner, en «Canadá»]. Creo que eso es verdad.

En «Mi madre», ese breve pero intenso libro, escribió acerca de la distancia entre padres e hijos, entre ellos y nosotros. ¿Es algo que siempre tiene presente? Tratando de no ser impertinente, o demasiado curioso, ¿fue esa la razón para no tener hijos, para no convertirse usted en padre?

Hay mucha gente que tiene más hijos de los que debieraNo, me gustan los niños, lo que pasa es que no me gusta tenerlos alrededor. No me gusta que me molesten. Hay mucha gente que tiene muchos más hijos de los que debiera, o sea que a mí me parece bien no tener ninguno. [Se ríe]. No es nada filosófico. Es como cuando estás en un restaurante junto a alguien que no deja de hacer ruido y lo que quieres es alejarte. Es eso. No quiero tener que soportar esos ruidos.

Tiene ojos azules, como su padre. Pero en aquel libro escribió que se parece más a su madre que a su padre. ¿Qué tiene de él?

Terrible carácter, una completa incapacidad para manejarme con las cosas manuales. Tengo una incapacidad congénita para arreglar las cosas, pero no para romperlas. Mi padre era muy apasionado, y yo creo que comparto esa pasión. Pero podría decir lo mismo de mi madre. Ella también tenía un carácter terrible. Como familia éramos una banda de torpes. No teníamos ninguna capacidad para andar por el mundo.

¿Cómo de hondas son sus raíces indias y cómo de importantes son para usted?

Eran más importantes para mi madre que para mí. Yo siento una gran distancia respecto a todo eso. Mi madre tenía una placa en la pared en la que se veía a un grupo de indios celebrando una ceremonia, y ella amaba aquella placa. La adoraba. Y si oía algo ligeramente irrespetuoso hacia los indios se ponía furiosa, pero a veces ella tenía reacciones de furia salvaje…

¿Como una india?

Sí [y se ríe]. Creía que los indios eran puros, y si habían recibido dinero del gobierno a cambio de sus tierras en Oklahoma lo dilapidaron. Mi madre y su madre, y su abuela, compartían una suerte de resentimiento por lo que le había pasado a los indios en Oklahoma.

No hay progreso en literatura. Quizá usted no sea la persona idónea para decir qué es lo que ha conseguido con Canadá”, pero al mismo tiempo usted es 'la' persona que lo sabe. ¿Es este 'el' libro que estaba tratando de escribir desde hace mucho tiempo? ¿Es «Canadá» su mejor libro?

No. No pienso en esos términos. Siempre será el próximo libro que escriba. El próximo. Si tuviera que elegir cuándo escribiré mi mejor libro seguramente sería cuando tuviera 68, no cuando tenía 28. Es un largo camino desde los 28 años para no estar escribiendo ahora mi mejor libro [y se vuelve a reír con ganas].

No le gustan los puentes. Hay experiencias detrás de esa aprensión, pero ¿es también quizás una útil metáfora?

Me aterran los grandes puentesProbablemente. Usted sabe, por el libro sobre mi madre, que pinchamos una rueda del coche en medio de un puente sobre un río entre Arkansas y Mississippi y mientras mi padre lo arreglaba mi madre me abrazaba muy fuerte, casi hasta asfixiarme. Tengo ahora más miedo del que solía tener. Me aterran los puentes, no los puentes pequeños, sino los grandes puentes. Hay una línea en Emerson en la que dice que el poder consiste en salvar un abismo, y yo me siento como si me ahogara en esas transiciones, en esos puentes, y creo que probablemente el miedo que siento ante los puentes es proporcional a la cantidad de drama y de esfuerzo que se requiere para pasar de un lado a otro.

Eso es «Canadá».

Lo es.

En «Flores en las grietas» escribió que un mal momento en el mundo es un buen momento para el arte. ¿Lo es este?

Bueno, también se podría decir que un buen momento para el mundo también podría ser un buen momento para el arte. El arte responde a la urgencia de la imaginación, y puede proporcionar simpatía, puede proporcionar comprensión para los terribles acontecimientos que ocurren en el mundo y que desde luego no nos proporcionan eso. Estoy escribiendo una serie de historias ambientadas tras el paso del huracán «Sandy», que fue un suceso terrible, y sin embargo me está permitiendo escribir historias que creo que harán esos acontecimientos terribles más tolerables.

Literatura como un hacha contra el mar congelado en el cerebro (Kafka), literatura como rebelión contra la muerte (Dürrenmat). Grandes palabras, pero muy lúcidas. Y Chéjov, todo el tiempo, en el asiento trasero de su coche, en su cabeza. ¿Por qué escribe? ¿Qué sigue buscando?

Escribo porque leoEscribo porque leo, y porque cuando era joven, y estaba enfangado en la vida, leía novelas porque la vida es la materia de las novelas. Comencé a entender que había algo en la vida que era verdaderamente interesante y que no podía experimentar por completo simplemente estando vivo. Comprendí que la vida tenía consecuencias, incluso cuando las consecuencias de la vida podían ser arte, y que la vida tenía una complejidad, un misterio, un interés que no había conseguido alcanzar estando vivo. Y empecé a sentir algo acerca de la vida que no había considerado hasta que empecé a leer libros. Escribir libros es quizá involucrarse en esa especie de servicio de abastecimiento para los lectores.

¿Quizá la literatura te permite vivir más?

La literatura te da una forma intensificada de vidaDesde luego. Te proporciona un suplemento de vida, te da vida en una forma intensificada, hace que la vida sea tu tema, cura tu desesperanza.

Parece como si los jóvenes se estuvieran alejando de nosotros en lo que respecta a la gran literatura. Quizás es un breve paréntesis. ¿Es todavía para usted la literatura el mejor camino para conocerse a sí mismo, para conocernos a nosotros mismos, quiénes somos, que estamos tratando de hacer aquí, amando, luchando contra la muerte?

Estar vivo es la mejor manera de hacer eso, y justo después, cuando te quedas perplejo, cuando la vida parece un enigma, entonces la literatura tiene un papel.

Creo que esta es nuestra cuarta entrevista, y le he planteado esta pregunta en otras ocasiones, pero quiero ver cómo de diferentes son sus respuestas a lo largo del tiempo. ¿Quién es Richard Ford?

Todavía intentándolo. Todavía intentándolo.